‘La Odisea’ según Rafael Álvarez, ‘El Brujo

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Noches al fresco de julio y agosto, en el teatro resuenan unos versos de La Odisea, poema épico de volver a casa por el camino difícil: Ya llega a la ciudad de Mérida un hombre solo que recita hexámetros en lengua moderna y baila la canción del verano mientras imita el gesto preciso de los dioses. No menos flexible debió haber sido el genio de los aedas, actores y caminantes de oficio que iban por los pueblos contando las grandes tragedias humanas, los chistes con más enredo y las trabajosas hazañas de los héroes, cambiando su palabra experta por regalos merecidos. Ciertos verbos de dicción completan el perfil profesional, verbos como conjurar y predecir, colindantes en los campos semánticos de la magia y la palabra, garantía de que a lo largo de los tiempos aedas como Rafael Álvarez se han ganado justamente la fama de brujos. Un actor podría ser un ilusionista, hijo de Hermes el embaucador, que nunca pone en tierra los dos pies y cojeando graciosamente valora los cuernos de Helena a la par que los altibajos del IVA. Ayudado por el dios que sacó del Hades a niños borrachos, solo un experto enlazador de mundos sería capaz de engañarnos así, con tan dulce engaño, persuadiéndonos de que Grecia queda a un paso en tanto que las modelos son como las ninfas, los presidentes truenan y desaparecen como Zeus de todas las obras, y Poseidón lleva el tridente en la diestra y el iPhone en la siniestra. Divertidos al contemplarnos en el espejo de los clásicos, reflejo esperpéntico de pantalla táctil, los espectadores somos ya el coro que canta los estribillos: Habla, musa, cuenta, dime, ¿qué fue de aquel hombre? Como si la palabra solo pudiera ser cantada, el brujo nos explicó que esta obra exalta la acción pacificadora de la violencia, pues relata cómo en Ítaca llegó a reinar la paz tras el cruento acto de arrancar Ulises las almas a los pretendientes ¿Qué tendrían en mente los padres de la antonimia cuando dejaron a una misma diosa la custodia de la paz y de la guerra? Mucho más transparentes fueron los griegos en su estilo y su prosodia, que tan bien ha logrado reconstruir el aeda brujo: Por si acaso perdemos el equilibrio en la tempestad, mares anchos y negras naves caben en una sintaxis de construcciones distributivas que sitúan una ola a la izquierda y otra ola a la derecha, debidamente enmarcado el torbellino central.