La paciencia de Hillary

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Con la languidez con la que se escucha un chiste malo leo las declaraciones de la secretaria de Estado americana, Hillary Clinton, mostrando su indignación ante la penúltima matanza cometida en Siria, dejando claro, esa mujer que ya ni a su marido puede aterrorizar, que Damasco tendrá que hacer frente a las consecuencias de sus malignos actos. Cansina, hipócrita, repitiendo hasta la saciedad que a su país se le está acabando la paciencia con el dictador sirio.

 

A mí también se me está acabando la paciencia después de una semana de constantes caídas de internet y de cortes imprevistos de electricidad que siempre son culpa de los egipcios, los chipriotas o, por supuesto, de los judíos. Subo los ocho pisos que conducen al piso de una amiga en una escena veraniega típicamente libanesa: un bebé chapotea en una ranita hinchable, la negra le echa cubos de agua por encima, bebemos café turco, nadie sabe porque continuamos en un país en el que nada funciona, la negra, a la que solo le falta aprender a pinchar techno, nos sirve copas, trae hielos, cuida de que el delfín no se rompa la crisma, incluso ya sonríe como lo hacen los esclavos del mundo occidental.

 

Resulta curioso escuchar a la gente. Me fascinan esos extranjeros que tras haber vivido un año en Barcelona, un año en Londres, y un año en Beirut dicen no saber muy bien de dónde son, como se les agitan esos blandos corazones cuando la prensa informa de que en un nuevo accidente de tráfico han muerto tres personas y una srilankesa, mientras carraspeo y asumo que a mí, la niña de los ojos de Satanás, me importa una soberana mierda que se maten 300 tíos que te adelantan por la derecha porque tienen algún chanchullo corrupto en el que mediar.

 

En el calor de la noche una mujer acaba de estrellar su coche contra el vehículo que avanzaba por el otro carril. Ella, nerviosa, se atusa el pelo frente al espejo, se retoca el rímmel, los labios, llama a su marido o a su hermano, cualquiera que pueda arreglarle la papeleta a la espera de que luzca preciosa esa carita de retrasada mental que Dios y la cirugía le han dado frente a los focos de la televisión. En la acera de enfrente, él me recuerda que en el diminuto Líbano existen, afortunadamente, miles de Líbanos que yo desconozco más allá de la calle Gemmaizeh y las colinas de Ashrafieh y a los que mi reconocida indiferencia hacia el árabe me han impedido acceder. Lo sé, respondo yo. Mi propia incapacidad no me ha permitido acercarme a esos libaneses menos privilegiados que, si pudieran, solo desearían comportarse como aquellos a los que critican. Y vuelve a sonar la cháchara eterna de siempre…

 

Desde la terraza contemplo el Mediterráneo, adormecido y caliente como una caldera antes del amanecer, admitiendo que yo también me siento exhausta de vivir en un mundo en descomposición como el de Beirut, tan perdido y hundido en el lodo como un antepasado lejano de esa atroz España que aplaude como en el circo romano ser hoy un poco más pobre, un poco más terrible.