La paellera

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1.

 

Se lo dijo y no mentía: “compré esta paellera nueva para llevarla a tu casa”. Cocinar para ella. Ése era el plan. Pero los planes a veces se trastocan. Esa paellera cambió de casa, pero no estaba ella, en esa casa nueva. Solo esta él; y su hija (la mitad del tiempo). Y no volvió a ir a esa otra casa, donde la promesa de una fideuà, un arroz, un… quedó menos en hipótesis que en desgana.

Y es que no es posible cocinar sin amor. Sucede, además, que el amor no es contagioso (envidiable, sí, pero imposible de transmitir) y le cuesta prender. Y no prendió.

Así que no hubo domingos de vermú y paella. O acaso mediodías entre semana de pasión y fideuà (le asombra la cantidad de mujeres ociosas que hay en esta ciudad, viviendo de dios sabe qué; o sí, sí lo sabe. Mejor dejarlo estar).

 

2.

 

Ahora solo cocina cuando está su hija. En fines de semana alternos, pues. “Donde hay chup chup hay amor”, escribe en twitter, un domingo inusualmente tranquilo. Ha aprovechado también para echarse la siesta. Solo se echa la siesta los fines de semana que está su hija. Algún significado habrá en esto, supone. Una razón práctica, desde luego: con una niña a bordo hay que estar muy descansado para poder afrontar todas las lides del día a día. Pero algo más habrá, piensa. Ese regusto de la familiaridad, del saberse en calma, anclado a la tierra, centrado en el mundo. Con una cierta perspectiva y la tranquilidad de un presente confiado.

 

3.

 

Pasean por la Rambla del Poble Nou. El lunes. Es festivo en Barcelona.

Hay un homeless durmiendo en uno de los bancos. Se cubre con una manta. No hace frío. Es media tarde. Frente a él tiene una paellera, con algunas monedas. En el suelo. Una paellera mendicante; de tamaño medio. De las que se suelen utilizar para las tortillas de patata.

Una paellera mendicante (no particularmente rayada en su aluminio antiadherente; así que no se prevé que haya albergado muchas monedas ni que haya tenido un largo uso).

 

 

4.

 

Llueve, y es martes.

Se ha dejado el paraguas en casa.

Piensa, mientras no para de mojarse (pero no corre), en que la lluvia es también alimento de la tierra. Y lo piensa mientras lleva un sweater sobre la cabeza, mas no camina con ninguna prisa.

Sucederá que este martes de junio estará lloviendo todo el día. Y caminará él igual por la ciudad, como siempre, arriba y abajo, determinado, pero sin ninguna prisa, pensando en que este anticlimático anuncio del verano solo puede ser el preludio de un estío maravilloso.

 

 

 

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José de Montfort (Castellón, 1977) es graduado en Estudios Ingleses por la Universidad de Barcelona, así como diplomado en Literatura Creativa por la Escuela TAI-Madrid. Es miembro de la AECL (Asociación Española de Críticos Literarios) y autor del libro de relatos Fin de fiestas (Suburbano, 2014). Escribe sobre arte, cultura y tendencias en The Objective, Canibaal, Mondo Sonoro y Ruta 66, entre otras.

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