La pasta de un valiente

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Los niños de mi generación –no sé los de ahora- dábamos mucha importancia a la valentía. Desde la cuna te inculcaban que llorar era de niñas y nada resultaba peor ni más humillante que pasar por cobarde o por miedica. En el patio del colegio nos zurrábamos de lo lindo, un día sí y otro también, aunque siempre dentro de un orden, pues uno se cuidaba muy bien a la hora de elegir a sus oponentes. Así, por la cuenta que nos traía, nadie se metía con los alumnos repetidores que fumaban en los retretes, ni siquiera cuando te daban una colleja o se te comían el bocadillo; y, por lo general, solíamos respetar al empollón y a los que llevaban gafitas, aunque no sé si por deferencia o por absoluto desprecio hacia ellos. Los niños de mi generación éramos -pensándolo bien- un poco bestias y en el fondo bastante cobardes.

 

La cobardía es inherente al ser humano, un poco como el hambre, el frío o las ganas de rascarse. Uno nace siempre más cobarde que valiente, porque la cobardía no es sino instinto de conservación, mientras que la valentía consiste, precisamente, en domeñar el instinto que nos hace huir del peligro. El cobarde nace y el valiente se hace o se va haciendo con los años, la educación y el valor que ve en los otros.

 

Yo no sé si la valentía representa una virtud moral, aunque desde luego no puedo imaginarme a un cobarde con principios éticos muy firmes. Quien por miedo no defiende una causa justa no puede ser justo y ni siquiera bueno.

 

Hay, dicen, dos tipos de valor: el físico y el moral. El primero sería, de algún modo, un impulso visceral, mientras que el valor moral es, más bien, un acto premeditado. El valor físico tiene mucho de arranque pasional; el valor moral, en cambio, nos hace actuar por principio y a sabiendas de las posibles consecuencias adversas. La persona que pasea por la calle, ve salir llamas de una ventana y, sin pensárselo dos veces, se lanza a salvar a quien está dentro, muestra valor físico, mientras que el bombero que entra y hace la misma operación muy consciente de que puede morir en el empeño muestra, además de valor físico, valor moral. No hay valor moral sin una buena dosis de valor físico, pero es muy frecuente encontrarnos con personas muy valientes que carecen por completo de cualquier valor moral.

 

La valentía no se puede definir o explicar. Es como la belleza. Se reconoce cuando se ve. Todavía de colegial, en aquel patio de colegio, recuerdo que un tal Lincoln nos había engatusado a unos cuantos para que practicáramos boxeo. Así, de vez en cuando se traía los guantes y nos enseñaba algunos movimientos básicos. A veces peleábamos, aunque muy poco, pues Lincoln insistía en que, antes de pelear, debíamos perfeccionar la técnica. Según él, una vez adquirida, seríamos invencibles ante cualquier novato. Lincoln aseguraba que nadie que no fuera boxeador como él podría aguantarle más de un asalto. Ningún alumno de los cursos superiores le hacía mucho caso y alguno que otro hacía burla de él, pero nadie se atrevía a retarle, ni siquiera Velázquez, que era el repetidor que más collejas daba, con lo cual la reputación de Lincoln iba cada día más en aumento.

 

Un buen día, en un entrenamiento, a Lincoln se le fue la mano y noqueó de un directo al gordo Madueño, que se resintió por ello. Lincoln se excusó, pero no sin alardear antes de sus dotes boxísticas. Madueño dijo que en su barrio de Orcasitas conocía a varios quinquis y que tenía interés en saber qué pasaría si se enfrentara con ellos. Lincoln se encogió de hombros y le contestó que si no sabían boxear, se los merendaría en menos de un minuto. Dos tardes después, ante el revuelo general, Madueño se presentó en el patio del colegio con un tipo mal encarado, de ojos sanguinolentos y un chirlo de diez centímetros en una de las mejillas. Al acercarse al corrillo donde estábamos entrenando, Lincoln lo miró de arriba abajo y, sin perder la calma, dijo que no boxeaba con él. El quinqui se sonrió con desprecio y le cuchicheó algo a Madueño. Los dos rompieron a reír. Lincoln se quitó tranquilamente los guantes, se los entregó a Madueño y fue a sentarse a uno de los bancos que había en un rincón del patio. Yo fui el único que lo seguí y le pregunté si tenía miedo. “¿Miedo? Qué va. No peleo, porque yo soy boxeador, no pendenciero”. Entretanto, Madueño imitaba despectivamente los movimientos boxísticos de Lincoln.

 

—Se están riendo de ti- le dije.

 

—Me da igual, que se rían.

 

En mitad del patio, el quinqui estaba de brazos cruzados, todo chulería, como un petulante conquistador. De pronto, ocurrió algo inesperado. Velázquez, el repetidor que nos martirizaba con las collejas y al que todos despreciábamos, pidió los guantes y dijo que quería pelearse con el quinqui. Se hizo en seguida corrillo. La pelea duró poco más de dos minutos. Nuestro valeroso compañero, dos años mayor que nosotros, tenía cuerpo de albañil y era muy bruto, pero el quinqui se movía con la salvaje frialdad de un asesino a sueldo y no le dio una sola opción. Un puñetazo le partió el labio, otro le hizo un moratón en el pómulo, el último le dejó doblado en el suelo. Alguno se alegró por la paliza que se había llevado el bravucón de Velázquez, aunque la mayoría sentimos su derrota como una humillación más, luego de haber comprobado la cobardía de Lincoln. Como si todavía no tuviera bastante, Madueño le gritó a nuestro boxeador si tenía cojones de decirle algo a su amigo. Hubo un silencio. Lincoln, muy calmado, como si no fuera con él la cosa, contestó desde su rincón que aquello había sido una pelea callejera. El quinqui hizo un gesto soez y con la mano le pidió que se acercara. Lincoln se levantó y se fue aproximando. Por un momento pensamos que habría por fin otra pelea: la pelea. Pero no fue así. Lincoln se puso delante del matón, le pidió los guantes y, sin el menor atisbo de temor o de recelo, los metió en una bolsa de deportes, tras de lo cual, con mirada algo risueña, le entregó un papelito con la dirección del gimnasio donde entrenaba los fines de semana.

 

—Si quieres, podemos vernos allí.

 

—¿Para pelear?

 

Lincoln meneó la cabeza.

 

—No. Para aprender a boxear. Futuro tienes. Podrías llegar a ser un campeón.

 

Antes de que el quinqui pudiera decir o hacer nada más, Lincoln le dio un apretón de manos y se despidió. Madueño farfulló algo, pero el amigo esta vez dijo que aquel Lincoln le parecía un tío cojonudo mientras que con la mirada lo veía alejarse.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.