La perversión del lenguaje y la madera

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Las palabras nos sirven para trasmitir (hechos, opiniones, sentimientos, preguntas…) pero también para engañar, ocultar y retorcer el sentido. Veo cada día publicados ejemplos de la perversión del lenguaje y no sólo en los políticos y personajes públicos en general, sino en muchísimos periodistas que se limitan a repetir –ellos dirían replicar– esa letanía de frases sin sentido también llamada “lengua de madera”. El ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, ha ido mucho más lejos. Velaí que llevamos bastantes años tratando de encarar la violencia contra las mujeres, con más o menos fortuna. Pues ahora resulta que el ministro descubre que la violencia de género estructural es lo que presiona a las mujeres para que aborten, no lo que les impide ser personas libres y seguir vivas. Eso se llama subvertir el significado de las palabras. El ministro sabe seguramente que llevamos toda la vida padeciendo un obsceno escrutinio a la hora de trabajar (¿tiene usted hijos, piensa tener más, tienes reglas dolorosas [¡¡!!], otra vez embarazada?) y no hemos visto ningún fervor por eliminar esa lacra que, señores y señoras, continúa. Ministro, ¡qué buena ocasión hubiera sido la reforma laboral para hacer respetar la ley en las empresas! Como escribió un lector a El País, “la presión estructural sobre las mujeres embarazadas no se resuelve limitando sus derechos [reforma de la ley de plazos del aborto], sino a base de obligar al empresario a respetar su libertad”.

 

De momento, el Gobierno ha suprimido los incentivos en vigor desde 2006 para los contratos por reincorporación de las mujeres tras el permiso de maternidad (un descuento anual de 1.200 euros, 100 por mes), durante los cuatro años siguientes al regreso efectivo de la mujer al trabajo. Más que nada para abrir boca.  

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.