La pesadilla del gran soñador

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El gran soñador duerme sobre el arco iris, como alfombra voladora que lo transporta por los territorios del sueño. La luz de la mañana convierte su cuerpo en piedra. ¿Con qué sueñan las estatuas mientras duermen? «Con los ríos», debería ser la respuesta. Un hombre tendido es un río de carne en movimiento, con sus riberas y meandros, sus corrientes, y el curso de su respiración imparable. Los escultores romanos representaban a los ríos como un anciano yacente -desnudo y barbudo-, que alegorizaba la abundancia de vida que traen consigo los cursos de agua.

 

Desde un principio temió Faba, que el exceso turco de la manta implicase un peligro doble para el cuadro. Demasiado charro podía resultar tanto colorido, o incluso competir (en lugar de potenciar), la presencia del gran soñador, en su primer gran desnudo completo. Sin embargo al pintor le estimulaba el reto técnico que suponía reproducir esa feria encendida, sobre la que reposaban las piernas del durmiente.

 

Aunque por otra parte, tanta profusión de colorido dotaba al conjunto de un aire oriental, que le recordó a ciertos cuadros de los que Matisse pintó en Marruecos, con odaliscas desnudas en los prostíbulos de Tánger. También tenía mucho parentesco con ciertos grandes desnudos de Modigliani, un pintor al que había admirado y copiado desde niño. Ya era hora -concluyó Faba- de que el desnudo masculino se expresase así de libremente, sin necesidad de contar con la excusa de los dioses o los héroes clásicos.  

  

Existía una razón añadida, que le llevó a lanzarse a la ejecución inmediata del cuadro. Al hallarse en penumbra la alcoba donde dormía el modelo, la fotografía que le tomó, salió movida a la altura de su cara. Con tres pares de ojos, tres bocas y tres narices, su faz tenía algo de monstruoso, como un cíclope triplicado, o un Frankestein durmiendo. Seguro que el gran soñador en ese momento debía estar sufriendo pesadillas, por eso se le veía sudado, y por la misma razón se habría salido de la manta.

 

Robar la imagen a alguien que duerme, y no puede -por tanto- dar su consentimiento, es un acto perturbador en sí mismo. Si además la víctima sueña desnudo sobre su cama, el daño se torna aún más severo, casi un delito de intimidad vulnerada. Si todos los escritores son rateros de oído, los pintores de retratos son ladrones de almas y cuerpos prohibidos.

 

El gran soñador. 2

Gabriel Faba. 2006

Acuarela sobre el envés de una cartulina,

sobrante de las portadas del número 4 de la revista Teatra.

42 X 16 cms.