La playa

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Yo vi el otro día, en la toma de posesión de las actas, algo de barbarie porque bárbara acaba siempre siendo la gente. Casi vi al pueblo harapiento entrando en Versalles guiados por Marat y Robespierre y a Rajoy demudado igual que si...

 

Dicen los fieles de Rajoy que está a la espera, mientras sus enemigos (no rivales, y esta es la gran diferencia del presidente con cualquier otro candidato) interpretan a Mr. Bean aprovechándose de ese estatismo tan de guardia Coldstream, haciéndole toda clase de monerías, pintándole bigotes dalinianos y decorándole con florecitas el Bearskin que para el caso podría ser la barba rala y encanecida por la que quizá contemplaba al diputado con rastas, como pensando lo bien que le quedarían esos adornos y no a él.

 

Rajoy debe de estar observando el rastrillo de los pactos, todas esas voces entre escaños de ganga, escaños caídos del camión, creyendo, como Zweig pero sin decisiones drásticas (ni siquiera decisiones), que el mundo se acaba. Pero el mundo sigue, ya veremos cómo, entre otras cosas porque siempre ha sido así. También ha sido siempre así que el candidato más votado ha acabado gobernando en España, pero esto ya debe de ser otra cosa.

 

Está el héroe nacional dejándose la vida en el frenesí de esa gran derrota suya tan valiosa, donde el concepto de diálogo ha trascendido hasta el trueque, un nivel superior, donde todo es posible físicamente; y donde lo que se dijo antaño, ayer mismo, incluso lo que se prometió, no es más que una equidistancia de uno mismo (una idea patentada por Podemos: el futuro) con la que todo es posible, hasta ser presidente del Gobierno con noventa escaños. Imagínese que se podrá hacer con sesenta y nueve.

 

Un relativismo funcional (el moral ya es dogma) que también trasciende (todo tiene que ser más trascendental de lo que hace ver precisamente esta equidistancia tan práctica) a la política, convirtiéndola también en gente. No se tenía suficiente con ella en la calle, con lo molesta que es, y había que ponerla en el Parlamento echando a los políticos (sustituyéndolos) también a la calle. Los políticos a la calle y la gente (y los politólogos) al Congreso.

 

Yo vi el otro día, en la toma de posesión de las actas, algo de barbarie porque bárbara acaba siempre siendo la gente. Casi vi al pueblo harapiento entrando en Versalles guiados por Marat y Robespierre y a Rajoy demudado igual que si los tiempos le hubieran cubierto como a la playa la marea. Yo una vez, desde el paseo marítimo de Zarauz, observé a unos niños construir un muro de arena, una fortaleza, para resguardarse tras él y resistir el empuje de las aguas a sabiendas de que acabarían siendo desbordados por ellas. Fue divertido y emocionante verles. Trabajar, organizarse, mandarse entre ellos, decidir, apremiarse ante la llegada de las olas que no esperan.