La playa (II)

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Así como Terry Malloy se levantaba para estibar luego de la paliza de los esbirros de Johnny Friendly, yo, herido de gravedad, desenfundé la sombrilla y comencé a hendir el palo en la arena por medio de penosos movimientos circulares concéntricos...

 

No recuerdo si fue el tercer o el cuarto día de playa cuando ésta se convirtió, de pronto, en un desierto arábigo. Deambulaba intentando llegar a la orilla y a una duna le sucedía otra. Los pies se hundían en la arena y mis obligadas chanclas (¿por qué existen las chanclas?, ¿quién fue el canalla que las inventó?) se perdían en ella a cada paso. Ante la proximidad de las aguas aceleré el paso y las di por definitivamente perdidas. Las abandoné. A las chanclas. Tenía suficiente con que el pico del apoyabrazos de la silla plegable se me clavara en el costado derecho y la fina correa de cuero del cesto (¿por qué existen los cestos para llevar cosas a la playa?, ¿quién fue el ser diabólico que lo hizo costumbre?) me cortara la circulación del brazo izquierdo.

 

Nada me importaba más que llegar a la orilla, soltar los bultos y arrodillarme. Mi mujer y mi hija, sin embargo, caminaban por delante de mí con una ligereza que parecía fantasmagórica. Trabajo me daba seguirles el paso. Naturalmente, aquella visión debía de tener algo que ver con las alucinaciones. Yo estaba a punto de perecer sepultado bajo la arena y ellas reían, ¡incluso cantaban!, levitando sobre el páramo en una suerte de reverberación de Comala.

 

Cuando finalmente alcancé el mar, con el brazo izquierdo insensible, el hígado perforado por el pico de la silla plegable, con quemaduras de segundo grado en las plantas de los pies y con inequívocos síntomas de deshidratación, caí arrodillado derrumbándose alrededor todo mi cargamento. Unos segundos después, mi hija, toda sonriente y preciosa, se acercó a mí y me metió un dedo en el ojo dejándome momentáneamente tuerto. Luego mi mujer, no tan sonriente pero igualmente preciosa, me apremió a que desplegara lo antes posible la sombrilla señalándome con un dulce y no menos imperioso gesto el sol infame.

 

Así como Terry Malloy se levantaba para estibar luego de la paliza de los esbirros de Johnny Friendly, yo, herido de gravedad, desenfundé la sombrilla y comencé a hendir el palo en la arena por medio de penosos movimientos circulares concéntricos. Todo aquel que haya plantado alguna vez una sombrilla, o al menos que lo haya intentado, sabrá que uno cree haberla hundido lo suficiente hasta que, después del terrible esfuerzo (trabajos más livianos conoce uno que se hayan ejercido en un penal), y después de unir el paraguas con la base, todo se viene abajo con tal rapidez insultante que se siente cómo se escapa, líquidamente, un pedazo de vida.

 

Aún malherido y con el ánimo deshecho retomé la tarea y, al levantar la vista (empezaba a recuperar la visión del ojo derecho), creí ser Lawrence de Arabia al divisar, sobre su camello finamente enjaezado, la negra figura de Sherif Ali Ibn El Kharish que acudía a proteger su pozo. Me levanté poseído por el espíritu del mítico caballero británico con la mandíbula erguida y los puños apretados, cuando al aproximarse la visión comprobé que no era Omar Sharif (ni se le parecía) sino uno de esos Obi Wanes o Skywalkers (ver artículo anterior) de las tiendas láser que llegaba para presumir en primera línea de su prodigio tecnológico.

 

En esta ocasión, enrabietado, ya no quise mirar cómo se expandía casi milagrosamente aquella jaima exuberante y, sobreponiéndome a todos mis padecimientos, decidí clavar aquel parasol del infierno para los siglos como la mismísima Excalibur, hazaña que logré finalmente tras de lo cual corrí a sumergirme en las aguas, a refugiarme en la naturaleza, para sentirme el Josep Pla de Fornells de principios del siglo XX; sensación espantosamente efímera pues al mirar a la playa mientras flotaba en el mar pude comprobar cómo llegaban en oleadas, no frescas y suaves sino calientes y pegajosas, los veraneantes que yo quería imaginar como los cuatro mil zulúes que fracasaron en su intento de tomar la misión de Rorke’s Drift en Suráfrica, defendida por tan sólo ciento cuarenta soldados. (Continuará…)