La playa (III)

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La playa es un lugar íntimo durante las primeras horas de la mañana. La playa durante las primeras horas de la mañana es Coney Island en invierno, donde es posible hasta encontrarse a Tony Soprano con cazadora de cuero sopesando si debe cargarse a Poli o no...

 

La playa es un lugar íntimo durante las primeras horas de la mañana. La playa durante las primeras horas de la mañana es Coney Island en invierno, donde es posible hasta encontrarse a Tony Soprano con cazadora de cuero sopesando si debe cargarse a Poli o no. Sólo una vez en mi última visita a la costa pude ir a la playa como Tom Hanks suspiraba por su sirena. Yo a mi sirena, afortunadamente, ya la encontré, pero también a los sirénidos, que no vienen del mar sino de la tierra. De tierra adentro.

 

Pasear por la playa con el sol desperezándose (a veces se le puede ver incluso frotándose los ojos) es como contaba Thoreau que era caminar por los bosques de Nueva Inglaterra. Es caminar a Tierra Santa. Es ser un cruzado. Un caballero andante.

 

Uno observa a su alrededor quilómetros de naturaleza, y sobre la arena brillante, acariciada por aguas pausadas, elegantemente espumosas, va dejando su huella efímera: va haciendo camino al andar mientras el espíritu se recompone, se reconstruye, se edifica al borde de un océano de lágrimas de felicidad.

 

Al mediodía, en cambio, durante el recorrido final del astro hacia la cumbre, yo he sentido cómo mi espíritu se ponía unas chanclas, y se hacía un tatuaje, y se ponía una camiseta sin mangas para cantarme flamenquito bajo un peligro constante de insolación. Un día salí del mar al filo del mediodía con la playa desierta, me senté sobre la arena mirando su inmensidad y cuando mi cuerpo se secó a mi alrededor ya estaban los campamentos perfectamente levantados de Aquarium, Babaorum, Laudanum y Petibonum.

 

Uno ya en la playa, sitiado, poco puede hacer sino padecer, perdida ya toda esperanza de remontar en un buso junto al paisano Hermós el cabo de Cadaqués aunque en realidad sea el de Trafalgar. Hermós, que era el compañero de aventuras de Pla en Fornells, era también un analfabeto que lo sabía todo porque había nacido de la tierra como un pino («nunca vi un poema más bello que un árbol») y navegaba como un lobo y hacía como nadie las sardinas a la brasa y la lubina a la marinera y el conejo de bosque asado con allioli y casi no podía vivir sin las cebollas de Calella de Marieta Batllé.

 

Un hombre con esas características sólo puede ser un sabio. Yo miraba a un lado y a otro y no encontraba ni la más remota señal de su existencia. Claro que un hombre sabio no debe de soler permanecer en la playa más allá del mediodía. La playa del mediodía, la de la hora de comer, es un desierto con ínfulas de alegría. Mi madre siempre me recuerda que una vez me desorienté de niño al salir del baño y me encontró llorando al pie de un chiringuito, que es algo así como una estación de servicio para hombres sedientos descalzos y para niños extraviados. Los bosques de árboles nada tiene que ver con los bosques de personas. Aquellos son infinitamente más limpios y más silenciosos.

 

Yo nunca me he encontrado más solo y más triste que en una playa atestada al mediodía a pesar de los desinteresados intentos por animarme de la concurrida y heterogénea parroquia. Sería inútil explicarle a una señora que ha puesto sus pies a menos de veinte centímetros de mi cara que sus gritos de libertad apenas me producen satisfacción. O decirle a un joven (yo a los de veinte ya los llamo jóvenes, para que se hagan una idea de a quién leen) con los músculos sobredimensionados y desplumado como un pollo que la música que sale de su teléfono a un volumen que espanta a las gaviotas también me espanta a mí.

 

Pero he encontrado un pequeño remedio que me ayuda a soportar tan duras jornadas. Si he de estar en la playa más allá del mediodía como es el caso, me meto en el agua todo el tiempo donde floto patas arriba y desde donde observo la orilla igual que uno ve a James Bond al comienzo de sus películas, como a través de un objetivo en el que por supuesto no está el agente inglés sino una bella madre encantada de ver a su hija feliz de echarse sin parar cubos de agua salada por encima. (Continuará…)