La playa (IV)

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Cuando uno ya ha pasado unos cuántos días en la playa, su sensibilidad se reduce considerablemente. Yo llegué siendo el profesor de buenos modales de Calamity Jane y después ya casi iba escupiendo tabaco por las esquinas. Es la experiencia y la madurez...

 

Cuando uno ya ha pasado unos cuantos días en la playa, su sensibilidad se reduce considerablemente. Yo llegué siendo el profesor de buenos modales de Calamity Jane y después ya casi iba escupiendo tabaco por las esquinas. Es la experiencia y la madurez. Yo me planto siempre en la playa siendo un neurótico que no pisa las junturas de las baldosas como aquel personaje de Jack Nicholson, y acabo comiéndome la arena igual que mi hija.

 

Entretanto, lo de cargar con todos los enseres playeros, por ejemplo, se ha convertido en una minucia. No sé cómo he asimilado tantas cosas. Me descubro comprobando que conozco más de veinte dialectos del andaluz, como Jason Bourne, y que puedo soportar la cercanía humana hasta límites precisamente sobrehumanos. Al fin y al cabo una jornada de mediodía en la playa no debe de ser muy distinta a una sesión de tortura.

 

La mirada es diferente. El miedo ha desaparecido. Veo acercarse a una familia numerosa para levantar a mi vera un poblado y no me tiembla el pulso. Soy capaz de detener cualquier conato de escalofrío y entonces parece que regresa, o que llega, el Thoreau de Walden y el Pla de Fornells e incluso el Hemingway de París.

 

Le saco el romanticismo hasta a una sombrilla de Pepsi Cola, y donde antes sólo veía ruidosos vecindarios trasladados a la costa, ahora es como si viera elegantes bañistas de principios de siglo en la Riviera francesa con sus bañadores a rayas de cuerpo entero.

 

Puedo decir que después de unos días he vencido a la playa del mediodía e incluso puedo acercarme al chiringuito con los nervios templados para comprar unos refrescos. Hago planes para futuras vacaciones y sueño con que aparezco el año siguiente con uno de esos tuneladores de arena que sirven luego de basamento inamovible para la sombrilla y establezco furtivos lazos de fraternidad veraniega con los pobladores de los campamentos, lucidores de tatuajes y usuarios de chanclas a tiempo completo.

 

Proyecto adquirir una barca hinchable y hacerme a la mar a vista de playa y jugar a que arrastro hacia la costa un pez espada. En mi delirio imagino que brotan palmeras al pie del mar, sobre las dunas, y que no paso mis días en el desierto andalusí sino en un atolón del Pacífico al que proveo de alimento con mi arpón entre los arrecifes, desde los que emerjo sobre la arena arrastrando con un brazo mi barca mientras en el otro empuño mi lanza en cuya punta se estremece atravesado un pez voluminoso y brillante.

 

En esas estoy, absorto, muy lejos del bullicio que me rodea, al tiempo que decido introducirme en el agua, poco a poco, dando saltitos y resoplidos. La realidad es cruda. La playa está atestada y poco pacífica. Yo no soy un audaz pescador sino un pie tierno que bufa al contacto con el agua fresca mientras su mujer y su hija se ríen, y yo con ellas, como si ese que se mete en el agua aterido, el mismo que les lleva los bultos, el sherpa experimentado e incansable, fuese Mr. Bean. (Continuará…)