La playa (V)

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Yo he oído decir que la playa por la tarde es de pobres. Quizá esta afirmación provenga de una nostalgia un tanto decimonónica. Una nostalgia demasiado vieja de Biarritz o de San Sebastián o de Zarauz. Yo me acuerdo del pobre de Gustav von Aschenbach (que sin embargo era rico) y de cómo se dejaba morir por la tarde en la playa del Lido...

 

Yo he oído decir que la playa por la tarde es de pobres. Quizá esta afirmación provenga de una nostalgia un tanto decimonónica. Una nostalgia demasiado vieja de Biarritz o de San Sebastián o de Zarauz. Yo me acuerdo del pobre de Gustav von Aschenbach (que sin embargo era rico) y de cómo se dejaba morir por la tarde en la playa del Lido.

 

No es tanto la tarde o la mañana sino el amanecer y el ocaso. La gente suele perderse esas maravillas por otras, aunque esas maravillas lo son en mayor medida por el arte que por la propia naturaleza. La belleza de un amanecer proviene, por ejemplo, de una descripción de Pla que lo ha contemplado junto a su amigo Hermós desde su buso en dirección a Francia. Y un crepúsculo hermoso podría parecernos tal porque nos recuerda la hermosura del de Venecia pintado por Monet.

 

Yo no sé dónde está la belleza de la playa del mediodía si no se ve nada. Yo al sol de la mañana lo veo ascender mirándolo cara a cara del mismo modo que al sol de la puesta. Al sol del mediodía no se le puede mirar, ni a nada a su alrededor, porque se puede quedar uno como el soldado británico aquel de Las Cuatro Plumas.

 

La playa del mediodía, que según aquellos nostálgicos debe de ser la playa de los ricos, es una playa deslumbrante no de belleza sino de deslumbramiento literal. A uno le ciegan la arena, las olas, las sombrillas, las toallas, las barrigas y también los pechos destapados de las mujeres. De las mujeres ricas, por supuesto.

 

Yo iba a decir que no me acostumbro a tanto pecho destapado de mujer (qué desasosegante exterminio del misterio de la vida), pero en realidad no es así porque no los veo. El pecho descubierto (o la barriga, o la sombrilla…) me lanza su rayo de luz nuclear y me paso la mañana mareado, deslumbrado de verdad, y mi vista no se recupera hasta que regreso a casa y me tumbo con unos paños fríos sobre los ojos.

 

Ya ven qué padecimientos provoca la playa de los ricos. Será que hay que serlo para disfrutarla, para no sufrir. Yo prefiero, en este caso, ser pobre por la tarde como Gustav von Aschenbach, que era rico. Menudo lío. Uno similar al que ha producido la famosa foto de las dos jugadoras de voley playa saltando al mismo tiempo a cada lado de la red. Una va con el atuendo habitual y la otra completamente cubierta y con el hiyab musulmán.

 

En realidad lo que me ha producido el pinchazo, como el de esos cardos que se esconden en la arena y uno los pisa al pasear, es un artículo publicado en @elespanolcom que viene a deslumbrarnos con frases como esta: «La ventaja de ir cubierta (o desventaja, para los más críticos) es que la arena no será un estorbo…», la cual podría ser la frase culminante, como el sol del mediodía, del discurrir de un impulso tan falto de sentido y de belleza para mí como ir a la playa al mediodía pudiendo ir al alba o al atardecer.