La política es asunto de los políticos (2)

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Así las cosas, en nuestras plazas se escucha a todas horas que alguien es una persona decente porque no se mete en política, sino que va a lo suyo. Y la tópica cantinela se remata con el máximo timbre de gloria de que esa persona sólo vive para su familia: de casa al trabajo y del trabajo a casa. ¿Será preciso enumerar la serie de disparates que ahí están contenidos?

 

Pues se pregona  que la política es algo sucio, un espacio más o menos perverso en el que reinan los más viles intereses o la mentira y sólo triunfan los canallas. La obligación  del hombre honesto será huir de todo contacto con ella. De manera que la única clase de vida valiosa será la privada o íntima, y no habrá más vida útil que la laboral, frente a esa otra vida ciudadana a un tiempo carente de valor e inútil. He ahí un capítulo nuclear del catecismo del hombre “normal” de nuestros días, que a muchos les anima a presentar como primera tarjeta de visita eso de que yo no soy político. Nada importa que ello contradiga lo que los mejores pensadores morales y políticos nos han enseñado a lo largo de veinticinco siglos. A quienes se desentendían de lo común o de todos para preocuparse sólo de lo suyo (idíos), los atenienses del siglo V a.C. ya les llamaban idiotas

 

Con esos prejuicios se alinea una imponente batería de razones que sostienen el edificio entero de la teoría política liberal. El denominador común a todas ellas es la consagración de lo que cabría bautizar como una “ciudadanía de omisión”. Llamo así a la que se hace fuerte en el talante abstencionista, tal como delatan aquellos tópicos acerca de la persona respetable y prejuicios por el estilo. Es el comportamiento de quien sólo se mueve por deberes públicos negativos (no hacer daño ni negar derechos ajenos), pero se cree exenta de deberes públicos positivos más allá de pagar sus impuestos…, si no puede evadirlos. Esta ciudadanía  es hoy la más extendida y la que sigue gozando de notable predicamento en nuestras sociedades todavía bastante más liberales que democráticas.

 

Son de sobra conocidos los pilares doctrinales del liberalismo, y aquí sólo cumple recordar los más firmes. Uno es de naturaleza antropológica, la firme creencia de que el hombre es un homo oeconomicus, es decir, un calculador de beneficios y costes, alguien que se considera desatado de  otros lazos sociales  que no sean los que establece a cada momento su interés egoísta. Sólo si acepta guiarse por tales premisas, él mismo y su conducta serán racionales. El otro fundamento teórico, éste de carácter normativo, es la prevalencia de la libertad negativa por encima de la positiva. El individuo en sociedad debe regirse por una libertad que consiste en no interferir en la conducta de los otros, así como en la no intromisión de los demás (y ante todo del Estado) en la suya propia. Es una libertad que prohíbe acciones y ordena las omisiones contrarias. El ciudadano liberal, que forma la mayoría ciudadana -la “mayoría silenciosa”- , proclama su derecho a no deber.

 

Semejante rechazo de deberes positivos hacia los otros se plasma, naturalmente, en el alejamiento general de la participación política. Ya lo habían anunciado varios pensadores clásicos de la política desde el siglo XIX, igual que nos previnieron de sus fatídicas consecuencias. Para Tocqueville, el individualismo y el afán de igualdad de las masas modernas “les predispone a no ocuparse de sus semejantes y  (…) a hacer de la indiferencia una especie de virtud pública”. Los que huyen de la vida pública para refugiarse en la privada dejan la política en manos de unos pocos y este despotismo democrático que resulta de esa actitud fugitiva provoca a su vez nuevas huídas. Al igual que el cliente en el mercado, alguien ha dicho que el ciudadano común escoge para su conducta pública la salida con preferencia a la voz. Y es que mientras la voz o la toma de la palabra -“la acción política por excelencia”-  es directa, personal, y resulta por ello costosa y hasta arriesgada, la salida -la abstención u omisión- representa un mecanismo impersonal e indirecto que apenas exige esfuerzo.

 

En ésas estamos y así nos va.

Mayorcito, de 1945. Por origen local y afición personal, confieso que me sería aplicable aquel absurdo de pertenecer al “pensamiento navarro”. Imparto clases de Filosofía Política y Teoría de la Democracia en la Facultad de Filosofía de San Sebastián (Universidad del País Vasco). Me han publicado varias recopilaciones de artículos de prensa sobre cuestiones civiles actuales, muy en particular sobre el nacionalismo vasco de nuestros pecados. Entre mis ensayos éticos estoy prudentemente satisfecho de La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha, La tolerancia como barbarie (En M. Cruz, comp., Tolerancia o barbarie) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral. En materia de filosofía política creo que son útiles manuales universitarios como Teoría política: poder, moral, democracia; El saber del ciudadano; Las nociones capitales de la democracia, obras colectivas de cuya edición he sido responsable. Soy colaborador habitual, desde el año l986, en las páginas de "Opinión" de El País y, más tarde, de El Correo y Diario de Navarra. Venido de movimientos ciudadanos como ¡Basta ya!, me afilié al partido Unión, Progreso y Democracia desde su nacimiento. Y no hay mucho más que contar.