La primavera que no llega

0
203

 

De haber recibido invitación, en lugar de rigurosa etiqueta se exigiría estar en posesión de cualquier tipo de metralleta. Un domingo por la mañana. Beirut se ha quedado completamente vacía. Los tanques rodean la Plaza-Descampado de los Mártires en la que se celebran a la vez dos manifestaciones: la primera a favor de los insurgentes y del pueblo, el pueblo que sale en las noticias…, y la segunda, separada de la anterior por una alambrada y cientos de militares armados hasta los dientes, partidaria del régimen de Damasco.

 

Descontando policía, militares, guardaespaldas, servicios de seguridad, clérigos, milicias, (hasta el más tonto tiene una), los conferenciantes y sus familias, gente que debe algún favor, obreros sirios y niños pedigüeños a los que alguien recompensará su presencia con  un bocadillo, personal contratado como manifestante enardecido, y periodistas y fotógrafos olfateando la sangre, calculo que, por voluntad propia, debe de haber unos veinticinco manifestantes. Ni rastro de los beirutíes que aprovechan el soleado domingo para esquiar y rascarse la barriga bajo cedros milenarios, aunque tampoco se divisa a nadie de la CIA. Desde que el pasado noviembre perdieron a su red de agentes cenando todos juntos en el Pizza Hut de Beirut,  ya ni comen y mucho menos espían.

 

En el fondo sur y con la mezquita de Hariri de fondo juega la liga anti-Bashar, a la que los hermanos europeos y norteamericanos elogian su heroica resistencia en la lucha por los valores democráticos. Su líder, un clérigo salafista de Sidón, lanza espumarajos de fuego por la boca, rodeado de un enjambre de guardaespaldas que hasta la misma Vicky Beckam desearía para sí. El religioso básicamente no dice nada, que él no ha venido aquí para eso, pero deleita a la concurrencia proclamando que la Mezquita de Al-Aqsa, en los territorios palestinos, pronto será liberada. Ante el clamor de sus fervorosos seguidores que gritan a coro “Allah u Akbar”, el clérigo se anima y dice, que ya puestos, también liberarán la iglesia de la Natividad. Cuando el  público barbudo está a punto de lanzarle unas bragas se para. No vaya a ser que coja carrerilla y anuncie que las naves ya esperan en el puerto con las velas izadas,  destino Granada. A ellas, varios pasos más atrás, y prácticamente cubiertas de negro hoy las han dejado pisar la calle para protestar.

 

La alternativa a la dictadura de Assad,  más que una primavera, solo parece anticipar la llegada de un crudo y oscuro invierno…

 

Del otro lado, los defensores del régimen ofrecen un espectáculo mucho más ruidoso y festivo. En algo tenía que notarse que los alauíes admiten el alcohol. Desde las aceras hombres de abrigo largo y rostro turbio graban con poco disimilo a los asistentes y controlan a las “tropas”: obreros en chanclas muertos de frío, pobres niños sujetando fotos de un presidente que ni con kilos de photoshop logra resultar mínimamente atractivo, y, en especial, un montón de hombres con ropa militar, que bailan en corro el traidicional “dabke”, ignorando todavía que son gays. Una música de corte techno suena atronadora desde una camioneta con altavoces contratada ya para la próxima  Love Parade de Chueca. La gente hace ondear  banderas de Siria mientras un tremendo chulazo con gafas de sol Ray-Ban y pendiente de brillantes en una oreja los anima a mover el esqueleto. No faltan los espontáneos que sonríen generosamente declarándose fans del Barça y unos cuantos subnormales a los que sus familias han permitido salir pensando que pasarían inadvertidos entre la muchedumbre.

 

Podría hasta resultar gracioso si no fuera porque Siria es una tragedia.

 

 

Manifestación anti Bashar. Beirut. Foto Ferran Quevedo.

 Manifestación anti Bashar. Plaza de los Mártires. Beirut.

 

Manifestantes pro Bashar. Foto Ferran Quevedo.

A favor de Bashar.