La primera pregunta (Wagner en Oviedo II)

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«Vaya suerte que tienes», saludan cuando cuentas que has cambiado de trabajo, que te dedicas a la ópera. «Te dedicas a lo que te apasiona, y eso es ser muy afortunado». Pues, ¿la verdad? Sí. Como dijo un buen amigo, este es de los pocos lugares del mundo en el que una orquesta sinfónica toca a teatro vacío para ti y cuatro más, en que se viven momentos únicos. Momentos, en efecto, apasionantes. Ahora bien: ¿cómo podríamos «tener la suerte» de dedicarnos a nuestra pasión si nada en este mundo nos apasionase?

 

«Vaya suerte que tienes», saludan cuando cuentas que has cambiado de trabajo, que te dedicas a la ópera. «Te dedicas a lo que te apasiona, y eso es ser muy afortunado». Pues, ¿la verdad? Sí. Como dijo un buen amigo, este es de los pocos lugares del mundo en el que una orquesta sinfónica toca a teatro vacío para ti y cuatro más, en que se viven momentos únicos. Momentos, en efecto, apasionantes. Ahora bien: ¿cómo podríamos «tener la suerte» de dedicarnos a nuestra pasión si nada en este mundo nos apasionase?

 

El trayecto que lleva hasta aquí comienza con cierta energía hiperactiva, nacida a edades muy tempranas, que los padres tratan de resolver de la única forma posible: agotándote. Deportes, actividades extraescolares, campamentos de verano. Clases de música. Es la primera vez en tu vida –y en demasiados casos la última– en que te saldrás de «lo cómodo» y en que te preguntarás por qué, por qué hay que hacer algo más que aprobar, que satisfacer los mínimos exigibles. Cada cual encontrará una respuesta, la primera –y en demasiados casos la última– de una vida dedicada a las artes: porque las pasiones te empujan a perseguirlas.

 

Yo pertenezco al grupo que encontró esa primera respuesta en la tracción del arco al deslizarse sobre las cuerdas de un violín que se desgañitaba con ganas y sin tino. Yo pertenezco al grupo que un día escuchó The River, de Bruce Springsteen, y se la aprendió de memoria sin tener demasiado claro qué decía; o que disfrutaba haciendo playback con Pretty Woman, de Roy Orbison, ante las visitas que venían a casa.

 

El primer impulso artístico, ese tan básico, siguió creciendo hasta quedar enterrado en un aula de conservatorio. Allí, tras haber pasado por una escuela de música juguetona y rica, me esperaba un auténtico psicópata que, como ocurrió (y ocurre) con tantos otros chavales, hizo todo lo posible por estragar cualquier impulso musical y convertirme, en el mejor de los casos, en un mercenario del pentagrama capaz de leer, de ejecutar y de dejar la pasión –esa que hace trastabillar la técnica, pero que enciende: que saca al intérprete– en la puerta del aula o de la sala de conciertos. Tanto así que iba a pasar algún tiempo antes de que me apeteciese no ya tocar música, sino escucharla. Aquel tipo grueso y grave vivía cierta lucha interior que solo lograba transmitir de un modo: el arte es algo serio, relevante y técnico. El arte no es más, según trataba de hacernos creer, que lograr domar las pasiones. Quizás alguien se lo creyese, aquello de que el arte, en fin, viste una vida mediocre y rutinaria y machacona y aburrida.

 

Es decir, que todavía hoy alguien te venderá que nunca podrás dedicarte a lo que te apasiona porque si te hace sentir de ese modo es que reúne los dos peores posibles rasgos de un TRABAJO: que es divertido (lo cual lo hace sospechoso de ser un hobby) y que es muy enriquecedor (lo cual lo hace sospechoso de estar muy mal pagado). A saber, hazte abogado y luego ya veremos. Por algún tristísimo motivo se tiene la idea de que la música es, junto a la pintura, la opción de quien no tiene ni oficio ni beneficio: a los juntaletras, al menos, les queda la dignidad del periódico en papel, sepan o no hacer la O con un canuto.

 

Cuando esta tarde se reanuden los ensayos de Das Rheingold en el Teatro Campoamor de Oviedo, en el implacable camino hacia el estreno del próximo domingo 15, el motivo principal de que se haga posible serán aquellos que en algún momento saltaron por encima de aquel aula de conservatorio, de aquel psicópata, que encarrilaron la primera de las vidas pasadas que conforman el todo operístico: la de la música como hobby, como divertimento, como herramienta para agotar a los chavales y que se coman la cena sin rechistar y caigan rendidos en la cama. La música, un día, tuvo que ser eso. Una droga de enorme potencia.

 

Luego vendrían los encabronamientos porque esto y aquello no sale, porque lo de más allá es muy difícil. Pero habrás crecido y nadie tendrá que venir con el látigo a recordarte lo grave, lo serio, lo relevante y lo superior que tiene lo que estás haciendo. De eso, en un ensayo a la italiana (orquesta en el foso, cantantes sentados en el escenario para pasar la partitura entera) se ocupa el propio Wagner y los respingos que recorrerán el teatro casi vacío. De eso se ocupará el prurito que mueve a toda la compañía a redondear y pulir el resultado final.

 

Somos tremendamente afortunados de poder ver y vivir esto. Pero lo somos, ante todo, porque un día nos inocularon la primera de las pasiones –de las vidas– que habrán de desembocar aquí. En esa primera pregunta, y solo en esa («¿Qué te apasiona?») está el truco. Quien sepa responder, tiene medio camino hecho.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.