La Privada Moderna

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Este texto pertenece a la novela por entregas La Privada Moderna

Capítulo 11. La galería

Era adecuado para pegarse un tiro después de ha­ber escuchado un concierto para violín de Mendellshon o de Vivaldi, mientras el sol se ponía tras las colinas que amparaban el valle cercano.

En los tibios atardeceres del otoño, escampada la lluvia, llegan a los acristalados ventanales de la galería los mil aromas y olores del campo. La uva recién ven­dimiada se hace mosto en el lagar. Los hombres la pi­san con contenido erotismo en una danza sin tiempo. Sus ropas tintadas como las del lagarero que entrevie­ra el profeta. El lejano chirrido de la carreta de bueyes que, allá por la corredoira, regresa de apañar los mai­zales. Una moza que revienta en un aturuxo ancestral. Las campanas de la cercana parroquia doblan, como de costumbre, a muerto. El mirlo se recoge y canta des­de el otero, mientras los sauces se desmayan sobre el regato de renovadas fuerzas.

En otoño, los días son más cortos. Huele a manza­na tardía y a membrillo. Algún magnolio luce flores perezosas que enajenan el sentido e inducen a la fanta­sía contenida, al anhelo callado, al domeñado esfuerzo.

Vendrá el invierno con las lluvias continuas y el estruendo de las tormentas. Se cogerán castañas para asar en el fuego del hogar y celebrar el magosto. Albo­rozo por la matanza del cerdo. Las mozas celebran su última fiesta pagana en el esfuerzo de un latido que anochece. Viñedos desolados, árboles desnudos, senderos yermos.

No. El invierno que no venga. Dejadle gozar de este atardecer de la vida acompañado de la música querida. Sintiendo en la sangre el último hervor de otro verano pasado en la lucha del sosiego impuesto y de la imaginación herida.

Las plantas de la galería parecen comprender to­da su tragedia y se estremecen discretas. Abiertas las ventanas, entra la tarde con sus mil silencios entreve­rados de trinos. Huele a magnolio. A lo lejos, el chirri­do de aquella carreta que abandonó los campos de la casa después de acabada la faena. Una tarde más. Otra ocasión desvanecida. Un otear inquieto. Ahogado cla­mor de su vida. Adelante y atrás los bueyes guiados con mano experta. La vara con el clavo que los azuza por encima del yugo. Los mimbres que van cayendo, como miel de sus ojos, vencidos en la carreta. Con uno cimbrea al aire, y estiliza, en escorzo, el diseño del bra­zo que corta el cielo, y la tarde y la vida y el anhelo y el deseo.

Canciones viejas, melosas, tristes, que susurran penas. Amarillear en las hojas. Cimbrear de las ramas por mor de alguna ráfaga inquieta.

La abuela trajina cuidados para que nada falte. Soledad, desde la cocina, va a la despensa y, de allí, a los patios para vigilar las provisiones. Rita lee en el saloncito de abajo, pues en la terraza hace fresco. Ha co­menzado su rutina dando clases como maestra a los ni­ños del lugar. Treintaitantos y soltera. Al piano, sona­tas; en la tarde, poemas. Al llegar de la escuela ha pa­seado para escuchar a la calandria y sorprender a la oro­péndola. Todos se marcharán hasta la próxima prima­vera. Ella nada aguarda, pero permanece en la espera.

Soledad tiene ya bien entrados los cincuenta. Pelo blanco, peinado en coca. Sin pintar. Allí nadie se pinta. Siempre de negro. El cutis blanco, un lunar en el mentón, una vacilación en el habla. Es hija del pri­mer matrimonio del abuelo. Y, más que una hermana mayor, es como una tía abuela. Soledad pasa por las estaciones sin reparar tan siquiera en la vida que flu­ye, que se escapa, que no aguarda pero atesora expe­riencias.

Norberto, alto y moreno, de nariz aguileña, algu­na cana, fuerte en su amenazadora y turbulenta cua­rentena. Trabaja en la ciudad adonde baja cada maña­na caminando por los estrechos senderos. También es­tá soltero. Tiene las manos largas, los dedos afilados, la barba cerrada. Colecciona sellos, y monedas y maripo­sas y minerales y todo lo que se puede acumular en una perpetua e indecisa adolescencia. Lleva chaqueta de punto gris y pantalón del mismo color. Camisa blanca y abierta por donde asoma su revuelto vello. Es muy tímido. Y, en su alma, aletea la nostalgia de emo­ciones inciertas, de esperanzas incumplidas y de calla­dos y encontrados sentimientos.

Desde la ventana contempla a su padre, al abuelo, con su luenga barba blanca. Ha cumplido los setenta y cinco. Le brilla la calva. Es alto. Lleva gafas con un cris­tal esmerilado que indica un ojo perdido. Chaleco y le­ontina de oro. Pantalón a rayas y chaqueta negra. El abuelo se apoya en un bastón rubio y suave al tacto. Es venerable. Conoce a todos pero ya casi no interviene. Gusta de la música que interpretan Rita y Norberto, mientras la abuela hace crochet y Soledad envejece. El abuelo lee el periódico que le sube Norberto con una lupa que a los niños nos embelesa.

Cuando sirven el té, la mesa se reviste de fiesta. Mermeladas y confituras de todos los colores hechas por la abuela. Pastas y galletas y bizcochos preparados por Soledad. Mantequilla hecha en casa con la leche de las vacas marelas. En sazón, hay grosellas, fresas y frambuesas en cuencos de porcelana inglesa. Y siempre hay una enorme chocolatera para los niños, que lo be­bemos acompañados de sendos vasos de leche fresca.

Rita nos unta rebanadas pequeñas para que pro­bemos de varias confituras. La abuela aconseja. Soledad no para quieta. «Si te sentaras, hija». Es inútil. «Las cosas hay que hacerlas». «Todo tiene su tiempo».

Rita no dice nada, atenta sólo a los niños cuyas ocurrencias celebra. Norberto toma el té de pie, apoya­do contra el aparador de dos cuerpos. Escucha las mil impresiones de los niños y sonríe en silencio.

Los niños son las hijas de Alfredo, el hermano mayor, que está casado con Serapia y que vive en el nú­mero dos de la Privada Moderna. Excepto Rita, ninguno de los hermanos ha estudiado carrera. Eran familias apoya­das en haciendas, que con la cercana ciudad, sucum­bieron a otras competencias. Por eso, Alfredo trabaja de contable en una empresa y casó desigual, en opi­nión de toda la familia que, no obstante, se sabe guar­dadora de unas esencias, de unos ritos y de unas ma­neras. Por ello, se cuidan de que Enma y Lurdes no las pierdan.

Además de estas nietas, están los dos chicos de Víctor, el hijo pequeño. Víctor es el más alto de los her­manos, aunque todos sobrepasan el metro ochenta, co­mo el abuelo. Es el más apuesto y luce una eterna son­risa que te hace desear tenerlo como padre. Su mujer, Mónica, también sonríe y tiene el pelo tempranamente entrecano. Tienen dos hijos que, durante el verano, y en las tardes de los domingos otoñales y por las fiestas, suben a hacer compañía a los abuelos.

Pasean todos por los campos. Los niños juegan. Hablan con los jornaleros. Se suben al carro de Cres­cencio, el mozo de fuertes brazos que sostiene con una mano las riendas de cuero y con la otra dirige en el ai­re una invisible orquesta de robles y de hayas, de cas­taños y de hortensias. Crescencio siempre lleva boina. Es alto y rubio, de ojos claros azules, la piel del color de la miel y con una dentadura perfecta. Él labra las tie­rras con los bueyes, cuida del ganado, hace, en fin, las más duras tareas de la hacienda. Es hábil poniendo trampas a los pájaros y cogiendo peces en el río. Sabe de toda suerte de nidos y ríe con risa amplia y abierta. Cuando mueve los brazos, se agitan estremecidos, los mandarinos.

Los niños quieren a Crescencio porque al hablar huele a lauro. El capataz siempre riñe o advierte o aconseja. Con Crescencio se puede trepar a los árbo­les, observar los animales, tocar a los bueyes y subirse al carro para un paseo de chirridos y de vaivenes de fiesta.

Víctor y Mónica siempre llevan para casa cestas cargadas de frutos que recoge Crescencio. Y dulces, mantequilla y huevos frescos, que prepara Soledad.

También se lo preparan para Alfredo, pero éste vive más cerca y pueden venir más veces dando un paseo.

De hecho, muchas tardes, veníamos caminando después de comer y no regresábamos hasta la cena. Ya os dije que los padres de Alfredo tenían esta casa so­lariega en San Benito, esto es, pasado el peluquero, se­gún salías de la Privada a mano derecha.

A mí también me preparaban una cestita con fru­tas y cosas que me gustaban. Yo había dicho siempre que aquel era mi abuelo. Porque yo creía que uno de­bía poder escoger a su familia. Y aquel abuelo me gus­taba. Cuando te besaba, su barba olía a membrillo. Contaba historias apasionantes que nos tenía emboba­dos después de la merienda. Callábamos durante la música para poder escuchar, después, al abuelo.

Fueron tardes inolvidables y llenas de paz. Era otra dimensión de la existencia a media hora de aquel microcosmos de la Privada. Todo era felicidad y lim­pieza. Era claro como el atardecer, fresco como el aire que había purificado la lluvia otoñal. Habíamos bebido un vasito de mosto que, con todo respeto, subiera Crescencio en una jarra.

El abuelo probó el primero. Después, Crescencio le ofreció a Víctor y a Alfredo, por estar casados, y luego a Norberto. Este vaciló al coger la copa y un po­co se le cayó al suelo. Rita levantó la mirada del plato y lanzó un incomprensible destello. Soledad iba y ve­nía. Mónica y Serapia hablaban, como siempre. Serapia tono y medio más alto.

Después, lo cataron las señoras comenzando por la abuela. Los niños reíamos alborozados y nos pusi­mos de pie para levantar la copa cuando el abuelo ben­dijo a Dios por el fruto de la vida y el esfuerzo de los hombres.

Nos reventaba la alegría en la piel y en los ojos que brillaban emocionados. Se escuchaban los cantos de los mozos y de las mozas de la vendimia que tam­bién festejaban el otoño con canciones melancólicas que, por momentos, nos conmovían en cierta manera.

Pasamos todos al salón y escuchamos atentos el concierto. Pero hoy pudiera decir que había una cierta tensión en el aire. No sé. Tanto Norberto como Rita in­terpretaban con fiereza. Sorda y densa lucha de anhe­los contenidos, de encontrados sentimientos. Había al­go misteriosamente pesado en el ambiente.

Ya atardecido, nos marchamos. Fue al día siguien­te cuando nos enteramos de lo ocurrido.

Al amanecer, encontraron a Crescencio ensartado en el pajar con una horquilla de apañar el heno. Tenía los cabellos revueltos, el blanco cuerpo con moratones cárdenos, la mirada azul confundida en el cielo. Pero lo más tremendo es que le habían cortado el sexo.

Esto lo fui sabiendo bastante más tarde, cuando, ya de mayor, preguntaba por los abuelos y evocaba con nostalgia a Crescencio. Al parecer, acusaron a un mendigo que, por tener perdidas sus facultades men­tales, no pudo aclarar lo sucedido. Lo cierto es que, desde su muerte, no volvieron a florecer los naranjos, ni los mandarinos ni los limoneros. Se olvidaron de los olores del azahar y del almizcle. Se hizo más oscuro el trueno. Todos los lauros se secaron y nadie se pregun­tó la causa. Tampoco el mirlo ocultó su pena.

Por eso, en aquel atardecer de otoño, años des­pués, cuando el chirriar de un carro de bueyes ponía el contrapunto al solo de violín que interpretaba a Vivaldi, y los mirlos lloraban quejosos del paso del tiempo, no me extrañó que se escuchase por todo el valle el es­tampido de un disparo desde lo alto de la galería que, tantas veces, acogiera mis sueños.

(Continuará…)

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