La Privada Moderna

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Este texto pertenece a la novela por entregas La Privada Moderna

Capítulo 5. Nostalgia

Con los brazos cruzados sobre el desaparecido pecho. A grandes zancadas. Mesándose, de vez en cuando, aquellos sus rizados y blancos cabellos que su­jetaba con dos escuetos pasadores a cada lado. Con las luces apagadas. Haciendo sonar la dentadura postiza en un desazonado afán de machacar las encías. Ese ruido. Castañeteo. Rabia contenida. Morderse el orgullo y, lo que es peor, la ira. Sin esperanza. Fiel a un estilo. Así paseaba por el pasillo de su casa Doña Olim­pia Gómez de Artacho. Tenía dos hijos. Con el pelo en­sortijado, ojos negros y ambos con gafas. Altos como los padres. La chica, entradita en carnes. Felipe, delgado. Tenían clase. Dignidad herida. Decisión fallida. No hay vuelta atrás. Y ya es una vida. La vida.

Habían vivido en Chile durante muchos años. Y también en Nueva York. De allí habían conservado, he­cho propia naturaleza, un cierto estilo de vida basado en el respeto, en la libertad y en el decoro. Pero añora­ron España.

Ya se había instaurado la República. Ya era maña­na. Derechos Humanos. Declaraciones. Principios. Es­tábamos homologados. Nunca más el oscurantismo ni el clericalismo. Ni las oligarquías financieras ni el de­sorden de turbas analfabetas. Libertad, Igualdad, Dig­nidad. (No la imagino muy bien con la idea de la Fra­ternidad. Era otra dimensión. Nunca habría podido considerarse “proletaria”. Era una Gómez de Artacho, malgré tout.)

“¡Volvamos!”. “¡Regresaremos!” Y a España se vuelven, después de tantos decenios, con unas repre­sentaciones de productos médicos americanos que tan­ta falta haría introducir en la patria añorada. Era su forma de aportar algo a la reedificación de una nación que no había conocido la Edad Moderna, ni, casi casi la Ilustración. Daría el salto desde la Edad Media a la Contemporánea. Sin la Gran Revolución, ni tampoco la Industrialización, ni la experiencia social, se abría el mañana. Y volvería a ser nutricia de pueblos unidos por una misma lengua y que habría sabido trocar la Fe caduca en una Esperanza cierta de una Humanidad más justa.

Pero llegaron al final de los treinta. Les alcanzó, de lleno, el Alzamiento Nacional. Doña Olimpia co­menzó a retorcer sus mandíbulas, como ruedas de mo­lino, como esparto, como el lienzo en manos del bata­nero. Vivió en la sorda noche los ruidos de los disparos del alba. Escuchó mezcladas, la Internacional y la Marsellesa. Vio, con pudor, tremolar las banderas al viento. Cada vez fueron más claros los disparos, más cerradas las descargas. Más firme el ademán.

Echó los visillos. Machacó los dientes. Se le em­blanqueció el pelo. Y encendió la radio para escuchar los partes. “Ya está ahí el Baboso”. Pero escuchaba la radio cada noche, con los brazos cruzados, la mirada al suelo, sin otro gesto. Ni un comentario. No se podía. “Calla, Olimpia, nos marcharemos”.

“…”. “Pero, por favor, calla. Que nos perdemos”. “…”. “Pero por los chicos”.

Comenzó, entonces, a medir el pasillo con sus grandes zancadas. Tacón bajo. Media gris. Batas de ta­blas. El tiempo se alarga. No hay paseos. La cocina es breve. No hay tiendas. No existen. Han desaparecido todas. No hay mañana ni hay presente. No hay trabajo. La farmacéutica alemana ha copado el mercado espa­ñol. “Estoy reventado”. ” … “. “Nada”. ” … “. “Tal vez mañana”. ” …”.

Don Juan Areosa volvió a bajar y a subir la escali­nata sin detenerse en los rellanos. No tenía nada que decir. Bajaba caminando por no utilizar el tranvía. Y por gastarse. Y para no pensar. Y por llenar el tiempo. “La técnica alemana”. “Sus laboratorios”. “…”. “Ale­mania”.

Todo era política. Y las enfermedades y la cien­cia y la química y la medicina y la gimnasia y la salud y la necesidad y el mañana y la esperanza y la muerte.

“¡Olimpia! Roosevelt ha muerto”.

Ella dejó la taza de café sobre el plato. Ni tan si­quiera había mojado los labios. Bajó el mentón. Posó la servilleta sin doblar sobre la mesa. Renunció al frugal condumio. Venció a la magra despensa. Durante tres días permaneció sin probar bocado. Ayunaba. Y pase­aba por el pasillo batiendo las mandíbulas y haciendo castañetear su dentadura postiza. Le dolían las encías. Y las piernas. Tenía abiertas las plantas de los pies. Se bajaron las persianas. Nadie cocinó en la casa.

Areosa bajó y subió las escaleras. No tomó el tranvía. ” … “, ” …”, ” … “, ” … “. “¡Ya basta!” Fue la primera bofetada que, de mano liberal, recibió Felipe. Pero ella no levantó su ayuno. Detuvo el paseo. Mor­dió, con definitiva fuerza, el desmayo de sus dientes y de sus muelas que ya no existían. Que eran ayer. Un pasado sin mañana.

“¡Por los chicos, Olimpia!”. ” … “. “¡Olimpia! ¡Olimpia! ¡Olimpia!”

(Continuará…)

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