La Privada Moderna

0
79

Este texto pertenece a la novela por entregas La Privada Moderna

Capítulo 8. Los civiles

Vivían en el número dos bajo derecha. Él era un mocetón alto y de fino bigote, con ojos grandes y pelo negro estirado hacia atrás. Era guardia civil en su pri­mer traslado. Ella se llamaba Eulalia y también era alta y tenía el pelo con permanente. Estaba embarazada y parecían un matrimonio muy feliz. Eran oriundos de Cangas o de Moaña, ahora no recuerdo. Nadie se explicaba cómo aquel joven número con su tricornio había ido a parar a aquella zona de “rojos”. La gente los quería porque los veía felices en espera del primer hijo.

En aquellos tiempos, los hombres no ayudaban nada en las casas y menos, me figuro, un Guardia Civil. Pero Marcos era todo delicadeza mientras ayu­daba a subir a su mujer, ya tan gorda, aquellas escali­natas en las que hubieran preferido más rellanos para descansar. Lo que más nos conmovía era ver al Guar­dia Civil con la bolsa de la compra en una mano y dan­do el brazo a Eulalia. Quedarían citados al pie de la es­calinata para ayudarle a subir la bolsa. El era quién se detenía haciéndole una ligera presión en su brazo y sonriéndole.

“No te preocupes. ¿Qué prisa tenemos?”. ” … “. “Pues una bolsa como otra cualquiera”. ” … “. “Ya de­jarás de estarlo. Eso pasa a los nueve meses”. ” … “. “¿Te imaginas?” Y seguían subiendo.

Al llegar al último tramo, ya habían sido estudiados en silencio por toda la patulea de chavales que estába­mos sentados en la baranda. Los respetábamos. Por aquel entonces, los niños no sabíamos de política. No había televisores. Y los mayores hablaban en sordina. Marcos era alto, fuerte y tenía pistola. Punto. Ella nece­sitaba ayuda y, a veces, avanzado su estado de gesta­ción, como sabíamos que él estaba en el cuartel, algún niño se acercaba a la tienda a hacerle algún recado. Eu­lalia siempre daba un patacón de cobre para aceitunas. Que eran grandes y gordas y estaban en un tarro de cris­tal lleno de agua sucia en la que flotaban rodajas de li­món. Las sacaban con un cucharón de palo lleno de agu­jeros para que escurriese el agua salada. Pero a los niños lo que nos gustaba era, precisamente, el agua salada.

Cuando Marcos estaba de permiso vestía una ca­misa blanca de cuello abierto por el que asomaba un vello rizado y negro. No se mezclaba mucho con la gente. No es que hubiera rechazo. Era una especie de mutuo respeto. Pero le gustaba jugar con los niños. Ha­bía sido futbolista en la Academia y chutaba muy bien. Nos hacía gracia verlo saltar la barandilla, apoyado sólo en la mano izquierda, y luego movía todo el cuerpo hasta el otro lado de la escali­nata para gatear por el senderillo hecho entre las zar­zas y llegar al campo de fútbol que había detrás de la Privada, enfrente del aserradero.

A los chavales eso nos encantaba. También ayu­daba a preparar trampas para ratones y a montar rue­das de cajas de bolas en los patinetes que nos fabri­cábamos solos. Cuando algún chico tenía algo estro­peado se asomaba a la ventana de su casa. “¡Eulalia!” ” … “. “¿Cuándo llega Marcos?”. ” … “. “Bueno”.

Y nos hubiera gustado que se hubiera atrevido a venir con nosotros a las aventuras. “Pero ¿qué habéis hecho esta vez?” “Nada, nos han regalado unas manzanas y unas ciruelas”. “Ya, con hojas y trozos de ramas”. “¿No nos irás a denunciar a la policía?” Y él se reía. “No. Si yo también las cogía de pequeño. Son las más sabrosas”. ” … “. “Pero debéis tener cuidado para no estropear las ramas”.

A veces, llegó a tener catorce muchachos sentados a su alrededor escuchándole contar historias de su pa­so por la Academia. Nos tenía embobados. Y, además, se reía con la risa amplia y abierta. Era un tipo sano que olía a salvia y a menta. A veces, también olía a cantue­so. Le gustaba el boxeo. Pero, por no dejar sola a Eula­lia, nunca iba a los encuentros del Seijo que arbitraba mi padrino y mira que a mí me hubiera gus­tado llevarlo con nosotros. Eso ya sería… como pasear­se por el cielo.

Rebeca la Rusa, cuando nos veía jugando con él al fútbol, bajaba la ventana con violencia y cerraba las contras. Desde entonces, nunca dudamos que entre la Guardia Civil y los Rojos no cabía entendimiento. Re­beca era antipática y odiaba a los niños. Si sería roja que, en las elecciones, durante la República, formaba parte de alguna mesa electoral y, cuando llegaba al­guien conocido, sacaba su pañuelo rojo y se daba aire como diciendo “¡A ver qué votas¡”. Era muy roja y an­daba amargada.

En lo que Marcos resultaba formidable era con los mirlos. Tenía uno que hablaba. Y en el patio de su casa, aparte de algunas gallinas, de triste memoria, por cier­to, tenía varias jaulas con pájaros. Nosotros nos subía­mos a la tapia y él nos dejaba mirarlo mientras los lim­piaba. Permanecíamos como muertos mientras adies­traba al mirlo. Tenía conversaciones con el pájaro como si le entendiese. Nosotros no lo dudábamos, pero cuando lo comentaron los Trullos en su casa les llama­ron parvos. Y es que los Trullos no tenían ninguna ima­ginación.

Un día ocurrió una desgracia con las gallinas. Ha­bía venido a pasar unos días a casa de Don Guzmán un sobrino de su mujer a quien llamaban Tirrín porque, cada vez que sonaba el teléfono, entonces sólo don Guzmán y Alan tenían teléfono, el chaval decía: “Ti­rrín, Tirrín”. Bueno, pues el tal Tirrín era malo en de­masía. Un día de aquellos en que andaría incomodado con los demás, no se le ocurrió cosa mejor que apostar­se a la salida de la puertecita para las gallinas que tenía el patio de Marcos y que daba al campo. Cuando Mar­cos estaba jugando con nosotros solía soltar las galli­nas. “Pobres. Necesitan libertad. Además, nadie sabe mejor que ellas lo que necesitan comer. Mientras escar­ban se distraen y encuentran minerales”. Excusado es decir que para nosotros aquellas gallinas formaban parte de nuestros tesoros. Y, tácitamente, las protegía­mos de Rebeca la Rusa como si ésta no tuviera otra co­sa que hacer que molestar a las gallinas de “ese tricor­nio”, como decía ella llena de maldad.

Una tarde, Tirrín miró y se supo solo a aquella hora de la siesta. Levantó la puertecita y comenzó a decir por lo bajo: “Pitas, pitas, piiii. Churras, churras, pitas, piiii, pi”. Las gallinas iban saliendo de una en una y él las iba matando con un palo de un golpe en la cabeza. Dejó catorce sobre el campo del deshonor. No sé quién las descu­brió primero.

“¡Marcos, Marcos!” “Dejadlo, que duerme. Ha pasado la noche de guardia”. “Es urgente Eulalia, las gallinas”. “¿Qué les pasa a las gallinas?” “¡Llama a Marcos!”

Se asomó en camiseta de tirantes por la tapia del patio y miró a las gallinas tiradas en el campo, a la puerta del gallinero. A lo lejos, en las zarzas, cacareaba como loca una gallina que había escapado a la matan­za de milagro. Marcos no dijo nada. Pero se le entriste­ció la mirada. Cada uno teníamos una gallina muerta en las manos y un nudo en la garganta. Marcos seguía en silencio, la barbilla apoyada sobre la mano izquier­da que reposaba en el borde de la tapia. Él había qui­tado los cristales de fondo de botella al muro, para que los niños pudiéramos asomarnos y hablar con él mien­tras trabajaba en el patio.

Entonces, Jorge, que era de ideas primiti­vas y tenía los ojos demasiado juntos, espetó: “¡Rebeca la Rusa!” “¿Tú lo has visto?” “No, pero…” “No se puede acusar sin tener pruebas”. “¿Quién iba a ser si no?” “Hay que investigar y tener paciencia”.

Al cabo de un rato, todos los Gazules sabían lo su­cedido. Marcos no dijo ni una palabra. Se sentó en un banco y, mientras Eulalia, enjugaba las lágrimas, “ca­torce gallinas”, Marcos le apretaba la mano, le sonreía. “Peor hubiera sido que nos sucediera a nosotros”. “Qué cosas dices”. Y Marcos seguía desplumándolas. “Pero, ¿qué vamos a hacer con catorce gallinas?” “Hay muchas necesidades, Eulalia, haremos felices a algu­nos”. Sabían que no podían ir al mercado a venderlas. Ni entonces había congeladores al alcance de aquellas gentes.

El matrimonio se quedaron con dos y las otras doce tuvie­ron que llevarlas a un Colegio de Huérfanos porque Marcos se daba cuenta de que nadie se las aceptaría más allá de la Privada Moderna. Él era Guardia Civil. No procedía. Seguro que pensarían que se las había confiscado a un gitano. Y en la Privada Moderna nadie podría admitir que sería harto feliz con una gallina de aquéllas.

Eran su único capital y ya las tenía or­denadas: unas para seguir dando huevos para la casa, otras para criar, aquellas para hacer caldos ahora que Eulalia iba a dar a luz. Nada.

Pero el rumor del malévolo Jorge se exten­dió y llegó hasta la misma Rebeca que temió por su vida. “Matar las gallinas de un Guardia Civil, ni que estuviera loca, don Guzmán”. ” … “. “Hágame el favor”. ” … “. “Por menos liquidaron a Lorca”. “No haga política, Re­beca, ¿qué le sucede?” “Que fue su sobrino, Don Guz­mán, que yo bien lo vi”. “Rebeca, usted está loca… y ya sabe por qué lo digo”. “¡Don Guzmán!” “Bueno, Rebe­ca, que nos conocemos”. “Don Guzmán, ¿yo, de un guardia Civil? ¡Ni muerta!” “Si yo no he dicho nada, Re­beca, todo lo dice usted… y ¿cómo sabe que fue mi sobri­no?” “Porque yo lo vi desde la ventana”. “Qué andaría usted espiando”. “Yo no miro a esa gente…” “Pues el Capullo dice…” “Calle, calle, que ése es un desgraciado capaz de quitarle la fama a cualquier mujer honrada”. “¡Rebeca!” “Sí, Don Guzmán, mi marido está en la cárcel, pero yo no estoy loca, ¡enamorarme de un Guar­dia Civil!” “Rebeca, si ya no le quedan a usted bombi­llas ni cortinas que colocar para pedir ayuda a un mocetón…” “¡Qué desvergonzados!”

La verdad era que Rebeca tenía furores. Con cual­quier pretexto llamaba al Capullo o a Nicanor o a Gre­gorio o a alguno de los diecisiete hijos del Talabartero. Todos tenían la misma edad y eran altos, fuertes, de músculo largo y con los ojos claros. Al atardecer, olían a níscalos. “Ayúdame a colocar unas cortinas”. “Que ahora tengo prisa”. “Si es un momento”. “No puedo”. “Anda ven, te daré una cerveza”.

Uno de los diecisiete hijos del Talabartero entra­ba a escondidas y Rebeca dejaba caer la cortina que cu­bría su puerta siempre abierta. A veces, ni pasaban del hall, ni se echaban. Contra la pared, o en un sofá que allí tenía. Rebeca los devoraba. Pero lo que más loca la volvía, mira qué manía, eran los antebrazos musculo­sos y fuertes. En esto se parecía a Casilda, la puta vieja y algo furtiva, que siempre decía, al ver a un obrero trabajando arremangado, “¡Carajo!, ¿cómo será ella?”

Poco a poco, Rebeca fue acabando con los diecisie­te hijos del Talabartero porque se aburrían, ya que la Rusa era insaciable. Sólo el Capullo perseveraba. Y era porque le sacaba los cuartos.

Un día, despotricando contra la política de los fas­cistas, contra el Ejército y contra la Guardia Civil, ex­clamó: “Los de Asalto, aquéllos sí que tenían brazos”. “Pero ¿tú qué quieres, Rebeca, un vergajo o un brazo? Ni que fueras una yegua o una vaca”. “Ay. Si el brazo fuera el de quien yo me sé…”

Así fue como el Capullo se enteró de la ardiente pasión de Rebeca la Rusa por aquel limpio y claro Guardia Civil, que vivía feliz con su mujer, con sus ga­llinas y con sus pájaros esperando el nacimiento del primer hijo.

Al final, don Guzmán obtuvo la confesión del Tirrín y, después de darle una tunda, envió a Aureliano, al Capullo, a Nicanor y a Gregorio con quince de sus mejores gallinas a casa de Marcos. Ellos fueron por la parte de atrás, y se las fueron pasando por encima de la tapia. “Pero ¿qué es esto?” “No se apure, ahora viene don Guzmán a explicarle”.

Don Guzmán pasó y, como sabía hacer él las co­sas, se sentó y tomó una cerveza con Marcos y con Eu­lalia que casi no se atrevían a sentarse. Les explicó lo sucedido, ocultándoles que el niño gritaba en medio de la tunda: “Rebeca me dijo que esas gallinas mere­cían ser degolladas todas. ¡Con esos brazos!, decía ella, ¡con esos brazos!” “Pero, Don Guzmán, son cosas de niños”. “Y usted, ¿un Guardia Civil me dice eso?” “Además, me ha enviado quince gallinas jóvenes y fuertes y las mías, aparte de haber alguna ya vieja que pensábamos matar después del acontecimiento, eran catorce”. “Bueno, Marcos, me pidieron que no se lo di­jera pero… Antes de que se aclarase el asunto, vinieron los chavales a preguntarme que cuánto valía una bue­na gallina. Yo no las vendo. Pero sacaron entre todos, unas pesetas, y me las tendieron diciéndome para qué eran. Me impresionaron esos mocosos… y ahí está la de­cimoquinta gallina. Pero…” “No hay pero que valga. Y, a propósito, Eulalia, me ha dicho mi mujer, que se acer­que usted a verla”.

Así fue como Eulalia conoció a doña Margarita que, desde entonces, sabiendo que iba a dar a luz sin familia de ninguno de los dos cerca, le procuró comadrona, le encargó una canastilla y la atendió y visitó durante el trance. Este fue amargo. Sucedió poco tiempo des­pués de lo de las gallinas. El niño, que esperaban con tal ansiedad, no parece que fuera muy normal. Para colmo de males, cuando ya se hubo levantado des­pués del parto, un día tropezó en el regatón de la an­tigua cancela que había antes de la escalinata y rodó por ella.

Cuando Marcos llegó al Hospital ya estaba Eula­lia escayolada. Partía el corazón ver a aquel hombretón con la mirada triste y el ánimo ausente. Pisaba de otra manera. Los niños le miraban al pasar con un nudo en la garganta. Hubieran querido lanzarse con sus brazos al cuello de Marcos y echarse allí a llorar y decirle que ellos querían ser sus hijos. Pero ninguno se atrevió. Y quizá fue mejor porque aquel pedazo de hombre se hu­biera derrumbado.

Mientras Eulalia estuvo en el hospital, doña Mar­garita cuidó al niño. Y se lo llevó a su casa. Cuando Eu­lalia regresó, y tuvo que permanecer escayolada en ca­ma, doña Margarita le devolvió al niño, pero iba todos los días a ayudarla, le llevaba a su propia muchacha para que le limpiase la casa, le traían la compra y le preparaban la comida de Marcos y de ella. “Jamás se lo podremos pagar”. “Bueno, mujer, bueno. Lo que importa es que tú te pongas bien”. “Sí, pero el niño… pobre Marcos”. “Sois jóvenes y sanos. Tendréis más. Estos son cosas misteriosas que Dios permite para pro­barnos”.

Don Guzmán y Doña Margarita apadrinaron al niño que se murió al poco tiempo. Entonces, ellos pi­dieron cambio de destino para Cangas, donde Eula­lia podría ser ayudada por la familia.

Cuando regresaron del entierro, todos los niños estaban subidos a la baranda y abrazaron a Marcos con el mirar, en silencio. Marcos intentó sonreírles, pero no pudo. Olía como huele la tierra antes de la tormenta. Entró en su casa y los niños volaron a encaramarse a la tapia de su patio.

Por primera vez vieron a Marcos con unas inmen­sas lágrimas silenciosas mientras iba abriendo, de una en una, todas las jaulas y dejaba en libertad a los pája­ros, que se alejaban volando muy quedo. El mirlo gri­taba: “Ta bueno, ta bueno, ta bueno”.

Marcos murmuró, no se sabe por qué, “¡Quién pudiera ir contigo a buscar el hueco donde nacen los vientos!”

(Continuará…)

Print Friendly, PDF & Email

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí