La razón de escribir

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En el prólogo a un libro que lleva esperándome casi dos años, y que se titula Mi aliento se llama ahora (y otros poemas), se pregunta su autora, Rose Ausländer: "¿Por qué escribo?".

 

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En el prólogo a un libro que lleva esperándome casi dos años, y que se titula Mi aliento se llama ahora (y otros poemas), se pregunta su autora, Rose Ausländer (Czernowitz, Bucovina, Imperio Austro-húngaro, 1901-Düsseldorf, Alemania, 1988): «¿Por qué escribo?». Aunque tras un punto y aparte se responde «Porque las palabras me lo dictan: escríbemos», casi cuatro páginas después, y tras hablar de la relación y la influencia de Paul Celan, en el penúltimo párrafo dice:

 

«¿Mis temas preferidos? Todo. Lo uno y lo único. Lo cósmico, la crítica a la época contemporánea, paisajes, cosas, personas, estados de ánimo, el lenguaje… todo puede ser asunto poético. En el sentido de una pertenencia social, mi poesía es comprometida. De la singularidad e intensidad de una experiencia, de una ocurrencia, se dan las formas exterior e interior del texto. A menudo me he preguntado, qué es este escribir en realidad, y me he dado diferentes respuestas. Me he quedado con la más breve. Escribir es un instinto. El poeta, el escritor, tiene que comer, moverse, descansar, pensar, sentir y escribir, escribir, lo que le dictan sus pensamientos y su imaginación». Tras un último punto y aparte, añade:

 

«¿Por qué escribo? No sé».

 

Ahora debería abrir al azar el libro de Rose Ausländer que lleva casi dos años esperándome, pero sé que es mi turno, esta noche fría de Madrid, con la calle abierta en dirección a un parque envuelto por la noche, con los árboles desnudos susurrando palabras a las farolas, y el cielo impávido. Como si fuera cómplice de nuestro deseo infantil de que la nieve blanquee el mundo y la conciencia. Ahora es mi turno de volver al camino que se alejaba del pueblo la mañana del día de Navidad, con la niebla borrando los contornos, y haciendo más llevadera la conciencia que cada uno de nosotros arrastramos, a veces una piedra muy pesada, otras una pluma. Como si tuviera al fin una respuesta a la misma pregunta que Rose Ausländer se hace al final de su prólogo. Pero transcribiré el último poema, el que se titula Una hora de olvido:

 

«Ataviada

de la estrella amarilla

corrí donde amigos

a enseñarles los

poemas de Celan.

 

Una hora de olvido

y dicha

antes de que se cerraran las puertas

detrás

de nuestro sueño se cerraran».

 

Hace días que quiero escribir un artículo que se titula La cuarta puerta. Sobre los emigrantes que llaman a las puertas de Europa, sobre los emigrantes que atraviesan a duras penas las fronteras de Europa. Sigo haciendo acopio de razones, de datos, pero también de desconcierto, de cobardía, de silencio ante las preguntas que me hago y para las que encuentro respuestas muy pobres, que no me convencen.

 

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