La revolución en pelotas

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Tosca es de esas óperas que gustan a grandes y pequeños. Arias famosas y tremebundas, un villano como mandan las buenas costumbres y una de esas historias de amor apasionado que ahora llamaríamos «tóxicas».

El Teatro Real cierra su extraordinaria temporada de pandemia con un acercamiento a la ópera de Puccini trufado de estrellas. Jonas Kaufmann, Anna Netrebko, Carlos Álvarez y Sondra Radvanovsky harán estos días de Cavaradossi, Tosca y Scarpia para delicia de la afición. Hasta la fecha, han biseado Radvanosvky y Kaufmann, y seguro que Netrebko hará otro tanto. En mi función, del discreto segundo elenco, no hubo bises, pero el público acabó totalmente entusiasmado. Vayamos por partes.

Este montaje lo firma Paco Azorín, que se sirve del retablo de la capilla del acto primero para construir toda la escenografía, ya sea girándolo o tumbándolo. Leí a un amigo que esta era de esas versiones que quieren parecer modernas, pero luego no lo son. Tal cual. Azorín nos planta una alegoría de la revolución sacada del cuadro de Delacroix (La Libertad guiando al pueblo, 1830) y unos sobretítulos dizque profundos («La opresión es el origen de la revolución» y otras necedades semejantes) que lo dejan a uno pasmado. En primer lugar, sería conveniente que nos dejásemos de alegorías que terminan siendo una señora en pelota picada. En segundo, esa acción inspiradora de la musa revolución no tiene el más mínimo sentido dramático, porque se fuerza en momentos que o bien la música o la escena cuentan otra cosa. ¿Por qué el suicidio de Tosca (al más puro estilo Romeo y Julieta) se convertiría en un acto subversivo solo porque lo mire una muchacha en porretas? Azorín no se priva de ningún cliché: ojos proyectados que miran al espectador (sí, parecido a lo que hace Moe en Los Simpsons cuando quiere modernizar su taberna), jaulas gigantes como de zoo con presos dentro, un villano espasmódico que se agobia de su maldad hasta el punto de desnudarse por el soponcio y tener que echarse una siesta y esbirros que corren todo el rato de un lado para otro. Hay escenas que aún no he logrado digerir, por ejemplo aquella del Te Deum en la que el coro se mueve medio zombificado mientras Scarpia está de frenopático; o aquella otra en que los soldados, de repente, salen en camiseta de manga corta porque hemos avanzado siglo y medio aprovechando el entreacto.

En lo musical, tenemos nuevamente a Nicola Luisotti en el foso, lo que es una garantía de felicidad. En mi reparto, Michael Fabiano hizo un Cavaradossi con problemas de expresividad y fluidez, y cantó todo gritado o susurrado, como si fuese un pianoforte. Maria Agresta, en su papel de Tosca, fue lo mejor de la noche, a pesar de tener que agitar un cuchillo en el aire como si quisiera espantar una mosca. Canta con cierta solvencia, pero de un modo en que te da igual la suerte que corra su personaje. El Scarpia de Gevorg Hakobyan está tan sobreactuado y tan planamente cantado que se desdibuja.

Admito que salí del teatro con una sensación de chasco. El Real se ha esforzado hasta el heroísmo por hacer una gran temporada a pesar de todas las dificultades del COVID. Hemos visto cosas maravillosas, acordémonos de ese Peter Grimes o aquel Don Giovanni titánico. Incluso las obras menores, como Viva la mamma, estuvieron hechas con muy buen gusto y salías contentísimo. No se puede tener todo. De cualquier modo, el respetable se lo pasó pipa.

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