La romería del fin del mundo

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La romería del Rocío se llama así porque el romero florece en los flancos del camino. Las mujeres coronan sus moños y los hombres sus sombreros con una varita florida en azul; por eso se les llama romeros.

 

A diferencia de otras celebraciones religiosas, la del Rocío es la romería del fin del mundo. Si las columnas de Hércules eran las puertas del Mediterráneo, «y más allá había monstruos», unas grandes fiestas en torno a los bosques y marismas que lamen el Atlántico, quizás ayudaría a aplacarlos.

 

El Rocío es uno de los ejemplos de sincretismo religioso más poderosos de España. Probablemente los tartésicos ya celebraban en estas tierras sus fiestas religiosas a las divinidades furiosas del bosque; y por supuesto los romanos, que supieron amortizar como nadie los productos de estas latitudes extremas de Hispania.

 

En el año 2000 Faba hizo el camino del Rocío, invitado por la Hermandad de Carmona. Entre ellos se sintió como en un safari en Kenia, o en un cónclave de gitanos. La vida en carromato resulta bronca y tonificante; más allá de las religiosidades, podrían prescribirla los siquiatras para pacientes estresados. No hay nada tan bueno para la salud como una buena temporada en el campo, sintiendo tanto las bendiciones del amanecer y los cantos de los pájaros; como los temores nocturnos a internarse en los bosques de pinos del Aljarafe.

 

Si el camino recuerda al peregrino las caravanas del lejano Oeste, o a las campiñas centroafricanas; en la aldea del Rocío, en los momentos de mayor boato, uno se siente como en la India, aunque sin elefantes. La poderosa estética rociera que genera la ceremonia, imprime un sello litúrgico a este pueblo, donde todo lo que se hace parece provenir de la noche de los tiempos.

 

 

En la romería del Rocío, más que adorar el poder de una Virgen cualquiera, se celebra la desenfrenada vitalidad de la primavera. Las vaquitas, las grullas, los caballos o las cigüeñas pertenecen a la Virgen, y son -como ella- sagradas. Los ríos, las aguas, las marismas y los manantiales son también manifestación de la gracia mariana. Que todos los seres vivos tengan alma en esta fiesta, saca a la luz el profundo carácter animista de esta romería de los instintos.

 

Y no es sólo culpa del vino manzanilla, ni del rebujito (vino blanco rebajado con Seven-up), ni de las drogas naturales que puedan llevar los peregrinos, ni del fuego de las hogueras nocturnas en los campamentos (prohibidas desde hace años); el motor más poderoso del Rocío –más que la fe- es el dinero que mueve la romería.

 

Las históricas rivalidades entre Almonte y Villamanrique por la custodia de la Virgen que se apareció en la Rocina a un leñador, generan una violencia ritual intrínseca al Rocío. Los millones de euros que dejan en la romería tanto las Hermandades y peregrinos, como los turistas que se acercan a la aldea en estos días grandes, provoca que se repitan cada año peleas sangrientas, originadas en las reivindicaciones de ambos pueblos a gestionar los beneficios económicos del Rocío.

 

El famoso Salto de la Reja (que se habrá producido ya, o estará a punto de realizarse, mientras estas líneas se redactan), es el acto más simbólico de toda la romería. Los almonteños (vestidos con ropas paramilitares, y cortes de pelo al cero) abrazan desde horas tempranas los barrotes de la reja, que separa el altar de la Virgen del resto de la iglesia. Los jóvenes altamente estimulados, y con una gran carga de violencia en sí mismos, esperan la llegada de la catarsis que les haga saltar al unísono, para robar a la virgen de su templo, y mostrarla como propia a los miles de personas reunidas en la explanada. Esta es la forma que utilizan los de Almonte de pronunciarse públicamente como propietarios del festejo.

 

Tras toda la parafernalia y el éxtasis que aún queda por vivir esta noche, cuando la Virgen se dirija a las casas de las Hermandades más próximas a su templo, para devolver la visita a los peregrinos, no habrá acabado por ello el Rocío; bien al contrario, se habrá iniciado otro ciclo festivo: el del regreso del camino, donde los romeros volverán a sentir el asombro de la vida en el campo, y de las noches al raso, más allá del ritmo de cualquier tiempo presente.