La ruta de África

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Desde Melilla al Cabo de Buena Esperanza. Un viaje largamente acariciado "a una tierra superlativa: bellísima y terrible donde la muerte y la ternura conviven cada día". Fragmento del libro recién publicado por la editorial Círculo Rojo

 

Prólogo

 

Este relato cuenta la travesía del continente africano que dos españoles realizamos en solitario. Después de haber conocido parte del este y del centro de África, decidimos recorrer, por nuestros propios medios, un camino particular que nos debería llevar desde Melilla hasta el Cabo de Buena Esperanza en el que recogimos información para una fundación de protección de la naturaleza y distintas publicaciones sobre el continente. Se completó en dos largos viajes narrados en este texto que describe escenas de terrible miseria y algunos de los enclaves más bellos del mundo, presenta a occidentales que deambulan por mundos distintos al suyo y a tribus enraizadas profundamente en su tierra; todo ello en medio de espectáculos de la naturaleza imposibles de encontrar en otros lugares del planeta, revueltas, trifulcas y las más armoniosas liturgias. Es el viaje a través de un continente donde ocurren muchos acontecimientos, grandes y pequeños, siempre a un ritmo muy particular. Un viaje a una tierra superlativa: bellísima y terrible donde la muerte y la ternura conviven cada día.

 

 

Mapa de la ruta por África

 

A través del Sahara

 

El vendedor del mercado de Tlemcen no se digna contestar a mi pregunta y me quedo sin saber cuánto cuestan las naranjas. Permanece mirando al infinito como si yo fuera transparente mientras, situada frente a él, insisto en mi pregunta sin comprender por qué me ignora de un modo tan agresivo.

 

Me doy la vuelta, intentando encontrar qué es lo que observa tan fijamente, y me percato de que no hay una sola mujer en todo el mercado. Cierto que está abarrotado, pero de hombres que acuden provistos de una bolsa para comprar las frutas y verduras necesarias en sus casas. Más adelante en nuestro viaje, en los pueblos del interior de Argelia, comprobaremos a menudo que los hombres son los encargados de realizar las compras caseras.

 

El mercado no es, al parecer, lugar adecuado para una mujer, pero no es ése el principal motivo por el que los fruteros se sienten hoy violentos con mi presencia. Me enteraría más tarde de que no es ésta la fecha más indicada para que una extranjera se pasee por la calle en Argelia.

 

Es mejor tomar cartas en el asunto cuanto antes y salir de allí, porque las miradas son cada vez menos indulgentes.

 

No es la única vez en la que nos sentimos extraños a lo largo del día. Hemos llegado a Tlemcen después de pasar rápidamente por Marruecos desde la frontera de Melilla y hemos decidido parar un día en esta ciudad que es uno de los principales centros urbanos del norte de Argelia para comenzar a tomarle el pulso al primero de los grandes países en nuestra ruta hasta Nairobi.

 

La vida es bulliciosa a lo largo del día. Los cafés de la calle principal, especialmente sus grandes terrazas, se encuentran muy concurridos. Los hombres sorben parsimoniosos sus diminutos cafés y disfrutan de sus tertulias ajenos al mundo de las mujeres que caminan en grupos, bien cubiertas y presurosas por las calles sin detenerse más que en las tiendas a las que acuden a comprar.

 

Al atardecer, estas terrazas se quedan desiertas y las calles se vacían. Acudimos a la plaza principal en busca de algo de animación, pero si el día ha comenzado tenso en el mercado no parece que vaya a terminar de un modo más amigable. Decenas de argelinos, vestidos en su mayoría con chilabas blancas, charlan en la plaza en pequeños grupos, con semblante muy serio. Todos giran la cabeza en silencio cuando pasamos y sentimos algunas miradas agresivas lo cual es profundamente extraño porque el argelino que habíamos conocido en otros viajes anteriores siempre había sido muy hospitalario.

 

Cenamos como únicos clientes en un hotel donde no se dignan encender las luces del comedor para nosotros como si prefirieran que estuviéramos de incógnito. No hay prácticamente nada para comer, solo una ración de carne asada algún día pasado y los restos de un pastel.

 

Al final del día ya nos preguntamos por dónde se ha esfumado esa tradicional hospitalidad argelina y si el carácter agrio es propio de Tlemcen. Pero la respuesta estaba más lejos y la tenía el periódico de Argel del día siguiente. Todo el país vive una huelga general que se prolongará durante varios días, convocada por los fundamentalistas como una muestra del apoyo de la población de este país al presidente iraquí, Sadam Husein, castigado por la ONU con una serie de sanciones económicas, tras la reciente guerra del Golfo Pérsico.

 

Si el ambiente es de por sí tenso en la vida cotidiana, más lo es con respecto a nosotros, dos occidentales que se pasean sin pedir permiso y sin encomendarse a nadie por las calles de la ciudad como si nada extraordinario ocurriera en el mundo cuando el de los musulmanes se encuentra en ebullición. Somos, sin pretenderlo, algo parecido a una piedra en el zapato.

 

Decidimos continuar el viaje para avanzar el mayor número de kilómetros posibles y alejarnos de la tensión que se supone más aguda en el norte del país que en los territorios del sur donde se vive más al margen de las grandes ciudades y de las polémicas de los círculos políticos más activos.

 

Además, estamos a 25 de mayo y el calor aprieta. A medida que bajemos hacia el sur ganaremos días a las temperaturas saharianas del verano y cumpliremos más fácilmente nuestro objetivo: llegar a Nairobi en los siguientes meses tras atravesar toda la parte norte del continente africano y para ello hay que evitar todo tipo de retrasos e inconvenientes que impidan un avance regular. Ya se encargará África de sorprendernos en cualquier momento y de alterar los planes previstos. Tenemos que sacar tiempo y ocasiones para obtener documentación y fotografías para los libros previstos sobre esta parte del continente.

 

En caso de que se produzca ese parón que siempre debe esperarse en este continente imprevisible el tiempo se puede echar encima y estropear nuestros planes. Ya hemos tenido un pequeño aviso al inicio de este viaje, todavía en territorio español.

 

Saliendo de Madrid el 22 de mayo, a la altura de Ciudad Real, el viejo Land Rover que hemos comprado y que Miguel ha reformado durante los últimos meses para esta ocasión, se paró. Simplemente, no quiso arrancar después de aparcar en una gasolinera. No hizo falta esperar a encontrarnos en medio de la selva de Zaire o a atrancarnos en la arena del Sahara para tener problemas mecánicos. El motor de arranque parecía tener un fallo y el coche permaneció mudo en Ciudad Real. No se nos ocurrió ni por un momento que el viaje tuviera que anularse. Habíamos dejado atrás trabajos y seguridad y demasiados meses de preparativos. En un taller del pueblo cercano, un mecánico soldó una pequeña pieza y continuamos viaje. Más bien, lo iniciamos.

 

El coche se portó bien hasta la frontera con Marruecos. Allí, en el lado marroquí y frente al puesto de comisaría, ya cayendo la tarde, con siete gendarmes disimulando a duras penas una media sonrisa por nuestros apuros, decidió de nuevo estropearse.

 

Había que arreglarlo, y rápidamente, aunque solo fuera con una chapuza temporal, porque pasar la noche a expensas de posibles instrucciones de los aduaneros no parecía lo más recomendable. Mientras Miguel unía los cables con un papel de aluminio para que hicieran contacto y poder alejarnos de allí, uno de los policías, enarbolando su más espléndida dentadura, decidió entrar por la parte trasera a revisar el material que llevábamos. Visto que no encontró ninguna botellita o recuerdo apetecible de nuestro país saldó los trámites con la entrega de dos paquetes de cigarrillos americanos. Afortunadamente, en ese momento, el motor de arranque decidió funcionar y dejamos atrás la frontera.

 

El comienzo de nuestro Madrid-Nairobi, de nuestra escapatoria ideada en un viaje anterior al continente donde conocimos cientos de europeos que dedicaban algún año de su vida a un viaje sin fecha de vuelta, a un viaje que es parte de su formación, ese comienzo de nuestro proyecto de fotografiar y relatar el continente, no parecía prometedor pero, en cualquier caso, ya estábamos metidos de lleno en la travesía y ya se respiraba distinto: todo el continente africano se abría delante de nosotros y con él todas sus sorpresas e imprevistos, sus bellezas y sus tragedias.

 

Pocos kilómetros después de la frontera nos sentimos transportados a una especie de escenario de un belén con esas figuritas tradicionales que cumplen su función un año tras otro. Los hombres, vestidos con sus chilabas marrones con capuchas puntiagudas, avanzan pacientemente por los caminos encima de sus burros, entre las casas bajas de color tierra, entre las palmeras salteadas por las colinas pardas. Las mujeres caminan también ataviadas con sus túnicas, acompañadas de niños.

 

En pocos kilómetros nos sentimos en la antigüedad. El tiempo se había detenido, sin duda. Aunque las carreteras estén asfaltadas y en las ciudades puedan presumir de farolas, de muchos turistas y de modernos comercios, sus gentes, su indumentaria, su comida, las familias… podían ilustrar cualquier historia de nuestros belenes.

 

Al día siguiente –no queríamos dedicar demasiado tiempo a Marruecos porque el calor iba a apretar ya en junio y queríamos atravesar el Sahara cuanto antes– llegamos a la frontera de Oujda. Durante las cinco horas que duraron los trámites para entrar en Argelia el sol caía a plomo, pesaba sobre los hombros. Todos los viajeros que habían cruzado por este puesto y que habíamos consultado antes de salir contaban historias tremendas sobre los gendarmes de Oujda que intentan de cualquier modo y manera hacerse con algún botín en los controles aduaneros. “A nosotros nos hicieron desmontar las puertas del coche y los neumáticos a pleno sol a mediodía… buscando algo ilegal que exigiera una multa… A nosotros nos metieron en un túnel donde nos hicieron descargar hasta los tornillos porque aseguraban que llevábamos droga entre las chapas de las puertas… Nosotros permanecimos en la frontera, al sol, doce horas…”.

 

Esperamos fervientemente que las gestiones no se prolongaran tanto porque la temperatura subía por lo menos a cuarenta grados. La frontera estaba muy concurrida por ser día festivo. No había un solo europeo en las inmediaciones y varios gendarmes del lado marroquí, muy amables, nos preguntaban sorprendidos que “qué hacen aquí”.

 

Desde que estalló la crisis del Golfo Pérsico y después la guerra, los extranjeros habían desaparecido del paisaje cotidiano de estos policías. Debíamos ser los primeros que veían en mucho tiempo. Ya en el lado argelino también se mostraron extrañados pero, más distantes, no hicieron comentarios de ningún tipo. Después de varias colas, de rellenar interminables impresos, de comprar un seguro obligatorio para el coche, y de aguantar al sol pacientemente en una explanada a que uno de los aduaneros revisara el coche –tuvimos suerte porque el encargado de tramitar nuestro vehículo se encontró con un viejo amigo y abrevió el trámite para ir a charlar con él– levantaron la barrera. En África se vive a menudo pendiente de ese momento imprevisto de buena suerte, esa sorpresa inesperada que, en un segundo, cambia la vida.

 

Argelia se extiende en ese momento ya ante nosotros. Nos espera el Sahara pero, por el momento, el país aparece verde, ondulante y cubierto de vegetación. Abundan los cultivos. La primera etapa concluye en Tlemcen.

 

Con la sombra de la huelga general en el ambiente, continuamos camino desde Tlemcen hasta Ain-Sefra, una ciudad también importante en el norte del país. El coche arranca por la mañana sin problemas pero, por la tarde, ya en el aparcamiento del hotel, se niega de nuevo a funcionar con normalidad. Es un inconveniente angustioso porque no podemos depender cada mañana de la conexión del vehículo teniendo en cuenta que nos espera el Sahara por delante y que una vez en el interior es nuestro medio de supervivencia. ¿Qué hacemos si en medio del desierto una mañana no se pone en marcha? La travesía empieza a plantearse como una lotería.

 

Llegar hasta Tamanrasset no parece problemático porque la carretera se encuentra asfaltada, hay bastante tráfico y pueblos por el camino donde se puede pedir ayuda, un remolque o buscar un taller, pero el tramo desde Tam (como se conoce popularmente a esta capital del desierto) hasta Arlit, ya en territorio de Níger, casi 600 kilómetros de piedra y arena en la nada, son el verdadero problema. ¿Y si nos quedamos tirados? No queremos renunciar a realizar el viaje después de una apuesta tan fuerte, después de tantos meses de preparativos y el recorrido tampoco se puede variar mucho porque el Sahara no lo permite. Hacia adelante, el desierto con o sin avería. Hacia atrás queda el mar y el regreso a casa. Arriesgarse o renunciar.

 

Mientras las dudas van y vienen, el coche nos obsequia con todo tipo de sonidos extraños y el guarda del hotel de Ain-Sefra, desde el arco de la entrada del edificio, nos mira pensativo. Es muy alto, con un aspecto físico que impone, pero de mirada muy bondadosa. Aoum no es bereber como la mayoría de la población argelina, es de raza negra. Al cabo de un rato en el que ha permanecido meditabundo se nos acerca para interesarse por el problema. “Yo sé algo de coches. He sido conductor durante muchos años y tuve que aprender mecánica porque para atravesar el desierto es mejor que sepas cómo reparar tu camión. Está claro que os falla el motor de arranque y, desde luego, si no lo reparáis, no se os ocurra seguir hacia el sur”.

 

Aoum es el guardia nocturno de este hotel decadente y de fuerte sabor musulmán por su patio interior, por sus fuentes y por la construcción de la fachada. Su horario de trabajo es de doce horas. Entra a las seis de la tarde y termina a las seis de la mañana, más o menos al amanecer. En realidad, trabaja con el horario del sol, el habitual en los países que vamos a recorrer.

 

Se ofrece a llevarnos a la mañana siguiente al taller de un conocido suyo para ver qué se puede hacer con el vehículo así que decidimos salir a dar un paseo y conocer la ciudad.

 

Ain-Sefra aparece como una ciudad relajada pero bulliciosa. Está formada por casas de uno o dos pisos algo desconchadas que delimitan calles bastante anchas. Todavía el panorama no es absolutamente desértico porque abundan los árboles y las sombras protectoras. Se diría que no hay tantas suspicacias hacia el extranjero como en Tlemcen. El mercado se encuentra especialmente concurrido. Muchos hombres, y en esta ocasión también numerosas mujeres, deambulan por los puestos esparcidos en hileras en el suelo por un par de calles del centro. Se venden frutas, especias, y hortalizas sobre todo y también se pueden visitar puestos de ropa, de material escolar y de herramientas.

 

En las calles cercanas, los hombres reposan plácidamente mientras charlan con sus amigos en las terrazas de los cafés, siempre vetados a las mujeres. La musulmana me empieza a parecer un misterio por descubrir, igual que su vida, sus actividades o sus diversiones.

 

En muchas comunidades que iríamos conociendo a lo largo del territorio argelino, los hombres se indignan cuando se sugiere la inferioridad social de sus mujeres y aseguran que son ellas las que dominan la casa y la familia. Argumentan, entre aspavientos, que se encuentran bien defendidas si sufren algún problema. Es el caso de las comunidades mozabitas que viven en algunos oasis argelinos del Gran Erg Occidental, comunidades dirigidas por un comité de notables que controlan a sus miembros y que entran de lleno en la vida de las mujeres en determinadas ocasiones como, por ejemplo, en los divorcios. Según ellos, regulan estas separaciones cuando es la esposa quien lo pide por sentirse mal atendida, estipulan las ayudas económicas que deben recibir las viudas de la comunidad y amparan a las que tengan cualquier problema para salir adelante por sus propios medios.

 

Pero, a primera vista parece una vida muy reglamentada, y no solo por la vestimenta que están obligadas a llevar. En algunas librerías hemos visto “libros de texto” que se estudian en las escuelas de los países musulmanes en los que se explican los mandatos del Corán y cómo se deben interpretar. En esos manuales se lee que las mujeres deberán acudir por las tardes a visitar a sus familiares para interesarse por ellos; será conveniente que lo hagan con alguna amiga o hermana y en las horas adecuadas para no provocar disturbios en la familia visitada; deberán también interesarse por cada uno de los miembros y por su salud así como por sus ocupaciones; no deberán permanecer en casa ajena ni demasiado tiempo, para no molestar, ni demasiado poco de forma que se trasluzca poco interés… Todo parece regulado y queda poco espacio para las dudas. Ninguno para poder conocer su versión.

 

En esta parte del país van muy cubiertas pero sin llegar al extremo de las mujeres mozabitas que solo dejan sin tapar un ojo apareciendo en las calles como figuras fantasmales, con sus espesas túnicas blancas. Un español que conocimos en un viaje anterior aseguraba que una amiga suya que consiguió convivir unos días con ellas las encontró felices y satisfechas, sin necesitar muchas cosas que nosotros podemos considerar imprescindibles. Una visión muy particular de las diferencias entre estos países y los occidentales que asalta a muchos viajeros en algún momento de su viaje.

 

Al regresar al hotel al atardecer, en un camino algo aislado, nos aborda un hombre joven, de unos treinta años, muy sonriente, vestido al modo occidental. Insiste tanto en que vayamos a su casa a tomar un té y a charlar que aceptamos aunque con algunas reticencias visto el ambiente que se respira con respecto a los europeos. Pero Habib no alberga dobles intenciones, solo quiere charlar, darse un respiro y hablar con extranjeros con los que se puede entender mejor que con sus propios compatriotas después de haber vivido varios años en París. Su casa, en realidad la casa familiar, es un edificio enorme de tres plantas, con pequeñas ventanas y las paredes lisas de piedra ennegrecida. En uno de los laterales crecen hortalizas y varios naranjos en un pequeño huerto y en el otro, un patio con un pozo en medio.

 

Habib habla del pozo como de una joya familiar –un reflejo de la importancia que puede cobrar el agua en un país tan desértico– que él heredará de su padre y su hijo de él mismo. En la entrada de la vivienda, bastante abandonada, resaltan sin embargo unas enormes y relucientes bandejas repujadas de plata colocadas en una esquina del suelo como único adorno.

 

Habib, entre servicial y respetuoso, nos guía hasta la sala principal. Como la mayoría de las casas argelinas no contiene prácticamente muebles. Es una habitación grande y oscura, cubierta con dos enormes alfombras con dibujos. En una esquina han arrinconado un pequeño sofá y delante de él una mesa baja. En otra un armario lleno de ropa está oculto bajo unas mantas. Entra ya muy poca luz.

 

Habib va a buscar a su madre y a sus hermanas para que preparen el té en la cocina que se encuentra al final de un enorme pasillo, en el otro extremo de la vivienda. Esperamos que aparezcan para saludarlas pero no llegan a hacer acto de presencia. Parece que viven en un mundo exclusivo dentro de sus habitaciones. Comienza esa ceremonia tan argelina de convidar a tazas y tazas de exquisito té de menta a los huéspedes.

 

Habib habla ansioso desde sus modales ceremoniosos. Le ha sorprendido mucho vernos allí cuando la situación política y social en el país es tan delicada. Con gestos muy suaves, parapetados sus ojos detrás de unas pequeñas gafas, explica que trabaja en la farmacia de su padre y en los baños públicos que hemos visto en el centro de la ciudad y que también son propiedad de su familia. Todo ello no tiene mucho que ver con los estudios de literatura que ha cursado en la universidad de París pero no ha tenido otra opción al regresar de Francia.

 

Está acostumbrado a intercambiar opiniones con gentes de otra nacionalidad y el ambiente de Ain Sefra le asfixia, por eso cuando nos ha visto en la calle se ha lanzado a detenernos. Pero su barniz europeo se diluye enseguida con sus creencias más profundas y su charla poco a poco se transforma en un intento de apostolado para convencernos de las bondades del islam.

 

La sala se encuentra en penumbra y huele a té de menta. De cuando en cuando se escuchan algunas voces y risas femeninas al final del pasillo. Sentados en el suelo ante unas bandejas de plata escuchamos que “el movimiento islámico da muy mala imagen a nuestro país, pero la verdad es que los turistas no deben tener miedo. El problema lo traen siempre los partidos políticos que en realidad no hacen ninguna falta porque el islam se lleva en el corazón y si se practicara como se debe esas organizaciones políticas sobrarían. Os voy a contar un cuento para que comprendáis algo más del espíritu de nuestra religión. Había una vez un imán que tenía un criado a su servicio. El criado, durante años y años, no cumplía los preceptos y llegaba borracho cada día a su casa y le pegaba a su mujer. El imán le respetaba, no interfería en su vida y nunca le decía nada hasta que una noche no le oyó regresar. Preocupado por su ausencia, fue a su habitación y llamó a la puerta. Le abrió su mujer y le dijo que su marido estaba en prisión. El imán, entonces, se encaminó hacia la cárcel y durante horas y horas permaneció hablando con él hasta que le convenció y el criado se convirtió al islam. Eso es el islam: hablar con la gente, dialogar, preocuparse por ellos, por sus problemas y dificultades, ofrecerles tu amistad, tu casa…”.

 

Terminada su peculiar narración que debía aproximarnos a su filosofía, continúa durante varias horas desgranando las excelencias de su religión y se muestra muy preocupado por la mala imagen que comienzan a ofrecer al exterior los extremistas de su país. Ve muy claro que las relaciones comerciales se van a estropear si este grupo social sigue actuando como hasta ahora. Cuando ya es noche cerrada, Habib, atrapado entre sus dos mundos, nos despide, satisfecho de haberse desahogado con extranjeros.

 

Todavía permanecemos una mañana más en Ain Sefra, pero esta vez acompañados por Aoum. Casi al amanecer, tras su jornada de trabajo, nos acompaña hasta el taller de su amigo, algo muy parecido a una simple cueva. Allí dos chicos jóvenes, vestidos con un raído mono de trabajo, están hurgando el motor de un coche. El taller no puede ser más desesperanzador. Lo único que recuerda a un establecimiento habitual de este tipo es una especie de caja de herramientas vieja y oxidada con dos llaves inglesas como únicas ocupantes, colocada encima de un taburete en medio del recinto. El resto es una bajera desnuda y mugrienta en una calle sin asfaltar donde corretean algunos niños entre nubes de polvo.

 

Animados por Aoum, los dos mecánicos se disponen a revisar inmediatamente nuestro coche. Después de varias horas y tras haberles prestado todo tipo de herramientas para que puedan trabajar, destripan el motor de arranque y encuentran una pieza rota que provoca los fallos. El horizonte parece despejarse y el arreglo del coche puede estar cerca. Pero cuando les preguntamos cuánto tiempo y cuánto dinero cuesta tenerlo a punto nos miran muy sorprendidos y sin inmutarse nos dicen que ellos, en realidad, no pueden repararlo porque no tienen la pieza adecuada. Todo lo que pueden hacer por nosotros ya lo han hecho. Ahora, se ofrecen a montar de nuevo las piezas en su sitio, pero el repuesto, allí, no existe.

 

Al observar nuestra desolación, Aoum, siempre pendiente y discreto, nos lleva a un pequeño restaurante de un primo suyo y nos invita a un café para que decidamos con calma. Después de preguntarnos muy interesado varias cuestiones acerca de nuestro país se lanza a un discurso de política internacional en relación con los acontecimientos del Golfo Pérsico: “Todo eso es un problema entre Sadam Husein y Bush. Pero a la gente normal no nos debe afectar. Deben decir eso a sus compatriotas cuando regresen. Desde hace algún tiempo, aquí no vienen los turistas porque tienen miedo y eso debe cambiar”.

 

Más tarde, muy serio, nos desgrana todos los inconvenientes que vamos a encontrar en el desierto y, suavemente, nos dice que no podemos atravesar el Sahara con ese coche. Él, durante muchos años, ha sido camionero y ha realizado el trayecto desde Níger hasta el norte de Argelia en numerosas ocasiones. Conoce el desierto y sus trampas, además el mes de junio es ya poco recomendable para adentrarse hacia Níger porque el calor es excesivo. Intenta, por todos los medios, disuadirnos de continuar el viaje.

 

A la vuelta hacia el taller, Aoum, que mide aproximadamente 1,90 metros pero tiene expresión de niño, va saludando a todo el que se cruza por la calle hasta que se siente en la necesidad de explicar, muy ufano, que él es muy conocido porque durante años ha sido un boxeador muy famoso no solo en la región de Ain-Sefra sino en todo el país. “Me conocen incluso las mujeres… Ahora ya tengo 30 años y soy demasiado viejo así que he debido dejarlo”. Ha vuelto a vivir a esta ciudad porque aquí está su familia, sus nueve hermanos. “Hay que volver siempre con la familia. Yo tengo muchos hermanos y siempre te ayudan, y cuando no tienes trabajo, te buscan uno… por eso ésta es mi ciudad y me quedaré siempre aquí, en Ain- Sefra”.

 

Nos despedimos de Aoum, regalamos un montón de tornillos a los mecánicos que no pueden terminar la reparación del otro coche porque les faltan unos cuantos, y conseguimos arrancar el coche para seguir camino hacia Bechar donde nos han recomendado un mecánico que, probablemente, tiene la pieza que necesitamos.

 

 

 

 

Así arranca el libro La ruta de África, que acaba de publicar la editorial Círculo Rojo. Hay también versión en ebook que se puede adquirir en Amazon. Fruto de este viaje fue la puesta en marcha de la Fundación Naturaleza y Patrimonio dedicada a difundir y colaborar con la protección de los espacios naturales en el planeta. El viaje lo realizó la autora con Miguel Marín, su marido, ingeniero de telecomunicaciones, que ha publicado trabajos fotográficos y preside la fundación.

 

 

 

 

 

Isabel Aizpún Viñes es periodista y tiene una amplia experiencia en medios de comunicación como la agencia Efe, Radio Nacional o el desparecido diario YaDesde hace diez años su labor profesional está dedicada, sin embargo, a la comunicación corporativa y relaciones institucionales desde su agencia asesorando sobre todo a empresas y organizaciones. Entre otros, ha publicado la Guía de los Parques Nacionales de África. El año pasado puso en marcha una colección de libros electrónicos  titulada Un buen viaje por… El último es un viaje por la ciudad de Córdoba

Autor: Isabel Aizpún Viñes