La sabiduría de los “idiotas”

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Hoy releía lo que escribió como prólogo a La sabiduría de los idiotas, de Idries Shah, el director del Arca de sabiduría que hace preceder de una cita del autor:

“Como lo que los pensadores de corto alcance imaginan que es sabiduría suele ser considerado locura por los sufíes, éstos se llaman a sí mismos Los idiotas. También la palabra árabe para designar al Sabio (wali) tiene el mismo equivalente numérico que la palabra Idiota (balid). Así, tenemos un doble motivo para considerar a los sufíes como grandes personas o como a nuestros propios idiotas”.

Sebastián Vázquez escribe con conocimiento, en su locura por acercar los grandes textos de la sabiduría universal, para preservar de su extinción alguna de estas joyas literarias creadas por el ser humano. Nos pertenecen a todos, no tienen coppy right, sino que, cuanto más se difunden en las lenguas más diversas, más retribuciones suponen para los transcriptores de la belleza, armonía, verdad, justicia y libertad de la especie humana.

El sufismo se desarrolla en tiempos posteriores al nacimiento del islam, adaptándose a sus modos de vida y a su localización geográfica. Es una forma mística musulmana nacida como reacción al debilitamiento de la fe musulmana durante los Omeyas. El hecho de adaptarse a una tradición religiosa concreta no es más que el modo de acceder a la profunda “religiosidad” del homo sapiens que trasciende los marcos más estrictos y castradores del rito o del dogma.  Recoge las palabras de Ibn Arabí, el más grandes entre los sufís, en su poema “Mi corazón puede adoptar todas las formas”,
Yo profeso la religión del Amor.
Mi corazón puede adoptar todas las formas.
Es pasto para las gacelas.
Y monasterio para monjes cristianos
y templo para los ídolos,
y la Kaaba para el peregrino,
y las tablas de la Torá, y el libro del Corán.
Yo sigo la religión del Amor:
Cualquiera que sea el camino que recorran
los camellos, ésa es mi religión y mi fe”. Ibn El Arabí.

Tanto este autor, como Al Gazzali o Rumí, buscan a Dios (O lo que entendamos por esta entelequia) a través de su corazón en el encuentro con la realidad profunda de sí mismo que, en su experiencia, le conduce al auténtico conocimiento. Porque para el sufí, los aspectos devocionales pueden ser una desviación tan perjudicial como puede serlo la adhesión a la erudición vacía. El sufí sabe que la experiencia de la enseñanza sólo se adquiere y aquilata en contacto con la vida diaria, y bajo el aprendizaje de un maestro. Por eso, sus enseñanzas toman la forma de cuentos por su eficacia y forma literaria abierta a todas las mentes con independencia de su educación o saberes. No se trata de incrementar los conocimientos sino de acceder a otra dimensión del conocimiento, a experimentar la existencia de otro nivel de comprensión que surge desde dentro, que no llega de afuera, sino que se abre y nos llena de luz, de paz y de alegría. El sufí es capaz de gozar el mundo real, de vivir inmerso en la actividad cotidiana de forma que, muchas veces, no se distinguen del resto de los ciudadanos.
Como les sucedía a los primeros cristianos, que no se distinguían de los demás ciudadanos del Imperio ni por su ropa, ni por sus comidas, ni por sus actividades. “Hablan y comen como nosotros, trabajan y visten como nosotros, tan sólo se distinguen en que se aman unos a otros”.

Recojo aquí uno de esos cuentos más admirables:
Bahaudín el-Shah, gran maestro de los derviches, encontró un día a un compañero, derviche errante. Estaba Bahaudín rodeado por sus discípulos.
– “¿De dónde vienes?”, le preguntó al sufí viajero.
– “No tengo ni idea”, dijo el otro sonriéndose.
– “¿Adónde vas?”, prosiguió el Maestro.
– “No lo sé”, respondió el derviche errante.
– “¿Qué es el Bien?”
– “No lo sé”.
– “¿Qué es el Mal?”
– “No tengo ni idea”.
– “¿Qué es lo correcto?”
– “Pues todo lo que es bueno para mí”.
– “¿Qué es lo equivocado?”, prosiguió el Maestro.
“Pues será todo lo que es malo para mí”, respondió con la misma soltura el derviche errante.
Los discípulos y las gentes que se habían acercado, estallaron  en gritos irritados por la falta de respeto y de sentido de las respuestas del derviche descarado que se marchó en una dirección que no llevaba a ninguna parte, pero muy lejos.

– “¡Idiotas!, ¡Más que idiotas!”, exclamó el Maestro Bahaudín. “¿No os habéis dado cuenta de que este santo derviche estaba representando el papel de la humanidad? Mientras vosotros lo despreciabais, él estaba mostrando deliberadamente la falta de atención que todos vosotros mostráis, de manera inconsciente, ¡todos los días de vuestras vidas!”

José Carlos Gª Fajardo
Emérito U.C.M. Fundador de Solidarios

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