La sala de tortura

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La sección de ‘Periodismo y crónicas’ de la librería La Central es como una sala de tortura. Me ocurre que cuando entro todo me interesa. No es fácil llegar: en La Central de Callao los libros de crónicas están en la segunda planta. Hay que subir por escaleras de madera que, aunque son estrechas, no plantean mayor dificultad. O no deberían. Las paredes están llenas de novedades editoriales, presto atención a los títulos y mi coordinación se reduce sensiblemente. Dicen de los hombres que no somos capaces de hacer dos cosas al mismo tiempo y no siempre soy capaz de rebatirlo. Voy agarrado a la barandilla, pero siempre tropiezo. Bajando, subiendo… siempre tropiezo. En mi última visita, el tramo que lleva de la primera planta a la segunda estaba repleta de libros de la Primera Guerra Mundial.

 

La sección de ‘Periodismo y crónicas’ de la librería La Central es como una sala de tortura. Me ocurre que cuando entro todo me interesa. No es fácil llegar: en La Central de Callao los libros de crónicas están en la segunda planta. Hay que subir por escaleras de madera que, aunque son estrechas, no plantean mayor dificultad. O no deberían. Las paredes están llenas de novedades editoriales, presto atención a los títulos y mi coordinación se reduce sensiblemente. Dicen de los hombres que no somos capaces de hacer dos cosas al mismo tiempo y no siempre soy capaz de rebatirlo. Voy agarrado a la barandilla, pero siempre tropiezo. Bajando, subiendo… siempre tropiezo. En mi última visita, el tramo que lleva de la primera planta a la segunda estaba repleta de libros de la Primera Guerra Mundial.

 

—Ahora se lleva la Primera Guerra Mundial.

—Ya veo…

 

Eso veía yo mientras pensaba en Gaziel. He hablado de él en alguna ocasión en este espacio. A Agustí Calvet la guerra le pilló en París, donde estudiaba filosofía, y se convirtió en un periodista per accidens, como escribe su biógrafo Manuel Llanas. Su perfil era el de un “estudioso y erudito” que, entre bombas, comenzó a redactar un diario personal. De vuelta en Barcelona, ‘La Vanguardia’ decidió publicar sus escritos en la serie ‘Diario de un estudiante en París’. Funcionó tan bien que el periódico lo mandó como corresponsal a París y allí se convirtió en un reportero de guerra. Sus mejores crónicas están recogidas en ‘En las trincheras’ (Diëresis).

 

Decía que pensé en Gaziel al ver los libros sobre la Gran Guerra porque los conflictos armados hay que saber contarlos, y quien más tarde se convertiría en director de ‘La Vanguardia’ lo supo hacer de una manera excelente. Lejos de los testimonios y de lo lacrimógeno, Gaziel consiguió anunciar “todas las derrotas del mundo”, según Plàcid Garcia-Planas. En esas estaba cuando me vi en la sala de tortura. Los libros recomendados nada más entrar y varias estanterías con crónicas y reportajes al girar a la derecha.

 

La sección de periodismo es una sala de tortura porque todo me interesa: “Mira, tienen a Talese en inglés”, “Este libro lo tengo en casa y aún no lo he empezado a leer”, “De Remnick sólo está ‘La tumba de Lenin’”, “Anda, mira Gaziel”. Mira ‘Diario de un estudiante. París 1914’. Prologado por Enric Juliana, Diëresis recoge el diario personal de Agustí Calvet desde el 1 de agosto de 1914 hasta el 4 de septiembre, cuando huyó de la barbarie. Recordé que RBA también había reeditado a Gaziel unos meses atrás –’Tot s’ha perdut‘–, pero no encontré el libro. Precisamente, hace unos días me escribí con un amigo sobre Gaziel y me decía esto:

 

“2014 será el año de la Primera Guerra Mundial, ya verás, y ahora todo el mundo dirá que ha descubierto a Gaziel”.

 

2014 quizá sea el año de Gaziel, pero 2013 ha sido el año de Julio Camba. Articulista en las páginas de ‘Tierra y Libertad’ o ‘ABC’, Camba “pertenece a esa extraña clase de periodistas que sabe que lo más importante es rellenar una cuartilla digna antes de la hora de cierre”, describen en la editorial Libros del KO, que este año han sacado ‘Maneras de ser periodista’, un librito que recoge las mejores columnas del periodista gallego sobre el oficio de los plumillas. Este libro estaba entre los recomendados en La Central, y también ‘La ciudad automática’, y ‘Sus páginas mejores’, y ‘Alemania, impresiones de un español’, y ‘Sobre casi todo’, y ‘Sobre casi nada’…

 

De Camba escribió José Antonio Montano en Jot Down que es un excelente escritor, pero “un excelente escritor menor”. “Habrá muchas tardes –sigue Montano–, quizá la mayoría de las tardes, en que prefiramos leer a Camba en vez de a Lorca, Valle-Inclán o al propio Eliot. Pero ignorar sus límites, esos límites de los que él era consciente y desde los que escribió, es predisponerse para estomagarse”. Para querer volver a Camba hay que descansar de Camba, sostiene José Antonio Montano en el artículo que compartí por Twitter. Un compañero me respondía lamentando que hay ‘intelectuales’ para quienes sólo parece existir Camba. Que adorar a Camba como se hace ahora es algo parecido a “elevar a Arbeloa a los altares”. Otro compañero me escribía algo parecido: que Camba es un autor menor, quizá simpático y necesario, pero menor. Que se pone de moda cíclicamente. “Y está bien así”.

 

De Camba escribe Josep Pla en ‘Madrid, 1921. Un dietario’ (Libros del KO): “Camba me propone que vayamos a la Telefónica. Lo acompaño. La noticia lo ha cogido en el momento del día más propicio a la actividad. Se acaba de levantar, la cara fresca y sonrosada, y ante sí se le ofrece la perspectiva de la cena: bajito, regordete, con una barriguita llevada con mucho garbo, los ojos pequeños y vivos un poco abotargados, un fino bastón en la mano, un clavel en el ojal, Camba ha adoptado un aire oficioso y atareado, cosa natural tratándose de un periodista, pero que no le había visto nunca”.

 

Que Camba ha sido este año el periodista de moda lo demuestra que sus libros antes estaban en la primera planta de La Central de Callao, en la zona de autores españoles, y no en la de periodismo. A Pla, en cambio, hay que buscarlo en la primera planta: ‘Cinco historias del mar’, ‘Viaje en autobús’, ‘Cartas de Italia’… Todos estos títulos editados por Austral. Unos libritos que están hechos para quererlos. Compré un par de ellos. Cómo no llevarse a casa a alguien capaz de escribir sobre el “pobrecito” castellano de esta manera:

 

“De un lado, Cataluña le pone la cabeza como un bombo, y no le deja respirar de inquietud y de tósigo problemático. El vasco, en cambio, tira del otro lado, prometiendo un nirvana, bancario y culinario. Puesto en esta disyuntiva, el castellano sale con las manos en la cabeza y casi nunca sabe por dónde anda”.

 

2013 fue el año de Camba y 2014 lo será de la Primera Guerra Mundial y, quizá, de Gaziel. Apuesto a que también será el año de César González-Ruano, pero eso lo dejo para otro día, que se me hace tarde.