La Selección Amarilla

0
248

Una profesora de primaria se dirige al aula: «Los niños que quieran jugar al fútbol que levanten la mano». Una niña la levanta, pero la profesora le contesta: «Me refiero a los chicos».

 

Unos días después,  la misma profesora comunica a la misma clase: «Los niños que hayan terminado la tarea que salgan al patio». Entonces nuestra pequeña futbolista frustrada, terminados sus deberes, permanecerá sentada en su sitio.  La profesora no tardará en aclararle, como si fuera un poco corta, que esta vez se refería a niños y niñas.

 

Lección aprendida. Cuando veinte años después lleve más de un mes escuchando horas y horas de comentarios de todo tipo sobre «La Selección Española», no le cabrá ninguna duda de que se trata de su selección,  y se sentirá representada por ella.

 

Cada día me sorprende más la tolerancia de las mujeres a que no las nombren, a no aparecer más allá de lo anecdótico en las fotos de la historia, a sólo ser comparsas del protagonismo masculino, a acoplarse sin rechistar a las estructuras mentales y reales (ambas se alimentan recíprocamente) legitimadas por y para los varones.

 

Con otras categorías mentales que hemos adquirido para conformar nuestra identidad lo tenemos mucho más claro. Imaginemos que España se divide en dos provincias similares en tamaño y número de habitantes, la roja y la amarilla. Imaginemos que formamos una selección eligiendo sólo personas de la provincia roja. ¿Sería posible que la población amarilla, sin un sólo representante, se implicara emocional y materialmente con esa selección? ¿De verdad la sentirían como propia?

 

¿Podemos las mujeres imaginar un monopolio mediático, un despilfarro económico, una movilización social, una saturación publicitaria, una apropiación de espacios y  recursos públicos, una permisividad a la  irracionalidad colectiva y una veneración a la competitividad vacía,  promovida y protagonizada sólo por mujeres?

 

No podemos, pero tampoco deberíamos querer hacerlo. No se trata de sustituir un despropósito por otro.

 

Lo que sí podemos es realizar una resistencia férrea a tanto avasallamiento  masculino. Dejemos de hacerles el juego a los hombres mientras no nos dejen jugar. Y no nos van a dejar. Ya nos lo avisaron de una u otra forma cuando teníamos cinco o seis años.

 

Chicas, la selección española, La roja, se refiere sólo a los chicos, no a nosotras.

Pilar Pardo Rubio. Estudió Derecho en la Carlos III y continuó con la Sociología en la UCM, compaginando en la actualidad su trabajo de asesora jurídica en la Consejería de Educación y la investigación y formación en estudios de Género. Desde el 2006 colabora con el Máster Oficial de Igualdad de Género de la Universidad Complutense de Madrid que dirigen las profesoras Fátima Arranz y Cecilia Castaño. Ha participado en varias investigaciones de género, entre las que destacan la elaboración del Reglamento para la integración de la igualdad de género en el Poder Judicial de República Dominicana (2009), Políticas de Igualdad. Género y Ciencia. Un largo encuentro, publicada por el Instituto de la Mujer (2007), y La igualdad de género en las políticas audiovisuales, dentro del I+D: La Igualdad de Género en la ficción audiovisual: trayectorias y actividad de los/las profesionales de la televisión y el cine español, que ha publicado Cátedra, con el título "Cine y Género". (2009). La publicación ha recibido el Premio Ángeles Durán, por la Universidad Autónoma de Madrid y el Premio Muñoz Suay por la Academia de Cine.   La mirada cotidiana que dirigimos cada día al mundo en que vivimos es ciega a la las desigualdades que, sutiles o explícitas, perpetúan las relaciones entre hombres y mujeres; visibilizar los antiguos y nuevos mecanismos, que siguen haciendo del sexo una cuestión de jerarquía y no de diferencia, es el hilo conductor de "Entre Espejos". En sus líneas, a través del análisis de situaciones y vivencias cotidianas y extraordinarias, se ponen bajo sospecha los mandatos sociales que, directa o indirectamente, siguen subordinando a las mujeres e impidiendo que tomen decisiones, individuales y colectivas, críticas y libres, que siguen autorizando la violencia real y simbólica contra ellas, que siguen excluyendo sus intereses y necesidades de las agendas públicas, que siguen silenciando sus logros pasados y presentes, que, en definitiva, las siguen discriminando por razón de su sexo y hacen nuestra sociedad menos civilizada, a sus habitantes más pobres e infelices, y a nuestros sistemas políticos y sociales menos democráticos y justos.