La selva al óleo

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En la plaza del Ángel caído, a la sombra de los retorcidos y altos pinos de este promontorio del Parque del Retiro, un hombre negro pintaba la selva al óleo, sobre un lienzo de más de un metro de ancho. Sentado el pintor en su banquetilla a los pies del caballete, parecía ordeñar el cuadro, más que pintarlo.

 

En realidad estaba ya todo pintado, podría decirse que el hombre se extasiaba retocándolo, perfilando el brillo blanco de la luz en los costados de los troncos; o dando unas pinceladas de sombra en aquel sendero con árbol caído, en tan puro y radiante paisaje.

 

El bosque pintado era virgen, sin presencia humana, sólo naturaleza en danza. Y no sólo era esa atmósfera primigenia, lo que sorprendía de aquel cuadro; sino que la luz que el pintor mimaba con sus pinceladas, no se sabía si eran de noche de luna llena, o de tarde de verano. Daba igual, el africano pintaba su propio paraíso, y la luz era sólo un pretexto para revelar la magia de su bosque encendido.

 

El pintor estaba pintándose a sí mismo en la aldea de su infancia, a la que intentaba regresar a través del cuadro. Haber captado que a las 5 de la tarde, en este bullicioso rincón del Retiro (donde se reúnen tantos deportistas y paseantes) confluía la misma luz que en el bosque de su aldea, es su talento de artista. También lo es, que se desplace por el parque del Retiro cargado con un lienzo de proporciones tan grandes. Verlo llegar o marcharse, debe ser todo un espectáculo.

 

Le pareció prudente a Faba no fotografiar al pintor ni a su cuadro, por si acaso. A algunos africanos les espanta que les hagan fotografías, piensan que les roba el alma. Para paliar tan imprescindible prueba gráfica, el autor ha tenido que remontarse hasta las páginas de su libro de Historia Sagrada, de 1º de Bachillerato, para encontrar algo de similar pureza. Tenía unas ilustraciones -a todo color- tan convincentes como turbadoras. Del paraíso original, lo que más le gustaba al niño Faba era el césped, algo que en el norte de África no resultaba corriente. Que existiese ese verde limón tan vivo, le maravillaba. Lo de las fieras era quizás lo de menos, lo que en realidad le importaba era el paraje idílico del paraíso, y por si fuera poco, el mar se abría al fondo con su azul mutante.

 

¿Se parece, o no se parece al emplazamiento de Eneperi, donde situó Faba el paraíso original vasco; y al que ya se ha hecho referencia en este blog en un par de entradas anteriores?