La Parábola del Sembrador, que los discípulos de Jesús no entendieron sin que se la explicara el Maestro, sugiere que la fructificación de la fe depende de la calidad de la tierra en la que cae, y de circunstancias externas que no podemos controlar. Al mismo tiempo, la clave para entender el evangelio parece depender de la voluntad de quien lo recibe, por lo que no podemos hablar de un mérito por parte de quien cree sino de algo más misterioso que no se entiende del todo, pero que constituye una realidad. (No cabe acudir aquí al controvertido concepto de «elección» que pertenece a un contexto bien distinto y solo crea confusión). En mi propio caso aquella semilla cayó en muy temprana edad gracias a la fe de mis padres, un privilegio del que estoy profundamente agradecido pero que no me hace mejor que otros, sino tan solo deudor.

No soy teólogo (es evidente) ni la teología sistemática me ha interesado tanto como debiera. Será cuestión de temperamentos, pienso yo, como el dedicarse a la abogacía, la arquitectura o la música. Mis padres practicaban un cristianismo sencillo, especialmente mi madre, que veía las cosas en blanco y negro y no albergaba duda alguna acerca de la fe. Mi padre era más cerebral; leía imponentes tomos acerca de cuestiones teológicas, además del periódico vespertino local el Lancashire Evening Post, y poseía un conocimiento serio de la Biblia. Si le invadió alguna duda no lo sabré nunca, porque era parco en palabras y jamás expresó sus sentimientos, ni descubrió su interioridad. No tenía estudios formales y había salido a trabajar con 14 años, como he tenido ocasión de recordar en un artículo anterior. Mi madre le acusó amargamente de carecer de ambición (¿recuerdan las Cinco horas con Mario de Delibes?), y era verdad, aunque creo que fue más bien por temor a lo desconocido. Podría haber estudiado teología en un seminario, pero no le habría gustado aquel ambiente enrarecido, ni creía en la religión profesionalizada. «Te estorba la cabeza, Sidney» —le decían los pastores de la iglesia donde asistimos durante algunos años— dando a entender que había que creer solamente y no pensar demasiado. Mi padre no estaba de acuerdo con ellos, y no tenía intención alguna de cambiar.
Cuando fui a estudiar a Cambridge era muy consciente de mis modestos orígenes, tanto sociales como académicos, en un ambiente donde profesar una fe religiosa era considerado infra dignitatem. Superadas aquellas sensaciones, con una fe más formada y robusta, el paso de los años me permite valorar con cierta objetividad lo que ha supuesto vivir en España durante más de medio siglo.

En 1976, la fecha de nuestra llegada a Valladolid, algunos prejuicios propios del tardofranquismo aún se percibían, y ser anglo-americanos de cultura protestante predisponía a más de uno a mirarnos con reservas cuando no con velada animadversión. ¿Cómo vivir nuestra fe cristiana en la España católica de costumbres muy arraigadas —aunque con limitada formación bíblica, todo hay que decirlo—, en una sociedad conocida por su conservadurismo? Lo cierto es que gracias a la Transición y el advenimiento de la democracia, sin olvidar el Segundo Concilio Vaticano que estimuló a pensadores como José Jiménez Lozano a abordar el tema de la libertad religiosa en España, las cosas han cambiado mucho, si bien el escepticismo de antaño se ha convertido más bien en indiferencia (tolerancia se llama ahora).
Resulta claro que sentirse «minoritario» en una cultura nueva puede crear una sensación de soledad, a veces, pero no es esta la soledad del creyente que queremos significar, como se verá (y por cierto, hemos podido entablar relaciones muy hermosas con muchas personas abiertas, inteligentes y acogedoras, así que ninguna queja por nuestra parte, solo gratitud).
La verdadera soledad del creyente es de otra índole, forma parte de la fe, y pertenece al carácter esencial del evangelio de Cristo en el mundo.





