La simplificación de las cosas

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Me habían prevenido de que el Oro del Rin que se estaba preparando en el Teatro Real era ecologista. ¿¡Cómo!? Lo dijo Robert Carsen en la rueda de prensa, lo habían repetido los medios de comunicación; hasta el ensayo que firma Matabosch en el programa de mano se titula Catástrofe ecológica y crisis moral. Ya me estaba imaginando a los nibelungos metiendo botellas de plástico en el contenedor amarillo, a los gigantes reciclando papel. Y miren, al final, nada.

 

Se levanta el telón y una niebla desbordante inunda el escenario (se desparrama por el foso, hasta casi asfixiar a la sección de vientos). Una multitud pasa, a un ritmo cada vez más frenético, lanzando toda clase de basura; gente, en definitiva, con mucho interés por ensuciar. Se disipa la niebla y resulta que aquella pocilga es el Rin, y aparecen sus hijas –las custodias del oro–; las reinas del vertedero. Alberich, «nibelungo contrahecho y rijoso» (no sé quién habrá escrito los resúmenes del programa de mano, pero me tiene ganado) intenta seducirlas, pero fracasa de manera bochornosa. Un rayo de sol hace brillar el oro, tan valiosísimo que el director de escena lo ha guardado dentro del neumático de un tractor. Ellas (que entre ustedes y yo, son unas inconscientes) le cuentan al enano que quien lo posea y forje con él un anillo podrá heredar el mundo. Para obtenerlo hay, sin embargo, que renunciar al amor. Este precio, que parece altísimo, le parece liviano a Alberich, a quien le acaban de dar calabaza las tres ondinas. Así que lo roba y desaparece, dándole la excusa a Wagner para escribir quince horitas de música.

 

Hasta aquí el asunto ecologista, que no vuelve a aparecer en las dos horas y media que dura la función. Una cosa es que la tetralogía pueda plantear lo peligroso de alterar el orden natural de las cosas y otra que, como preguntó alguien en la rueda de prensa, Wagner hubiese adivinado el cambio climático. No parece lógico que el detonante de todo el conflicto (el precioso oro del Rin, que es saludado por el alba) aparezca entre despojos arrojados por unos personajes que uno no sabe muy bien quiénes son. Esto tiene su importancia, porque deja a la música colgada de la brocha.

 

Carsen y Patrick Kimonth –escenógrafo, figurinista y responsable a medias de la concepción escénica de la obra– plantean una historia mitológica en la lógica de la lucha de clases, con dioses burgueses que vienen de jugar al golf, gigantes con mono de trabajo y nibelungos harapientos que reptan por los suelos (nunca la opresión fue tan literal). Aunque algo de eso hay, reducir el contenido simbólico a ejemplos asumibles implica pasar la podadora. En algún momento de la función me acordé de ese chiste (malvado, como todos los suyos) que hace Borges en El aleph: «Primero, abría las compuertas a la imaginación; luego, hacía uso de la lima». Esto es especialmente desconcertante porque no se privan de introducir elementos alegóricos y efectistas cuando les parece: un desfile militar en la mudanza al Walhalla o el síndrome de Estocolmo que Freia padece con Fasolt. También hay momentos muy logrados, conste, como la recreación de la construcción de los gigantes, con todos esos bloques de sillares colgados por ahí, o la feliz idea de celebrar la fiesta de inauguración de la residencia de los dioses en torno al cadáver del gigante, que no solo anticipa el rastro de muertes que dejará el anillo, sino que resume de manera visual la personalidad egoísta e indolente de los dioses. «Jamás renunciaré a este pasatiempo», dice Wotan al comienzo de la segunda escena, como si su ocio mereciese cualquier sufrimiento ajeno.

 

 

Pablo Heras-Casado dirigirá lo que queda de la tetralogía en el Real, a título por año. Como sabrán ustedes, Wagner es un asunto espinoso, porque no tiene aficionados, sino devotos. Les ahorraré un análisis musicológico exhaustivo, porque así yo no hago el ridículo y ustedes no se me cansan. La propuesta de Heras-Casado me pareció, en algunos momentos, deslavazada, lo que en una obra escrita para que haya continuidad entre todos los sucesos (del primero al último) es un problema; relaja la atención, porque uno siente el frenazo, los trompicones. Los cantantes, me temo, también están desiguales. Samuel Youn hace un Albrich elogiable, con una expresividad física repulsiva, a la medida que el personaje reclama. Joseph Kaiser nos ofrece un Loge (el personaje que al final de la obra manifiesta la actitud despreciable y altanera de los dioses) creíble, casi en oposición al Wotan descafeinado de Greer Grimsley. También quisiera dedicar un piropo a la pareja de gigantes encarnada por Albert Pesendorfer y Alexander Tsymbalyuk (que hace un Fafner formidable) y a Mikeldi Atxalandabaso en el papel de Mime (canta bien y gatea admirablemente).

 

Yo aún no he pasado por el rito iniciático de peregrinar a Bayreuth a rendir pleitesía al genio de Wagner. Tampoco tengo prisa. Pero tengo un enorme interés en ver cómo Heras-Casado culmina esta empresa.

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