La sinrazón de las tinieblas

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Algo
después de las once y media de la mañana del 6 de noviembre de
1985, acaban de cumplirse veinticinco años, comenzaba la toma
violenta del Palacio de Justicia de Bogotá por el M-19, la primera
desmesura bárbara de las muchas, o más bien la enorme desmesura y
la barbaridad completa que acabarían por la tarde del día siguiente
con el Palacio arrasado y en llamas, todo el comando asaltante
muerto, la Corte Suprema de Justicia colombiana diezmada y privada de
su mejores magistrados -una generación de juristas de élite como no
ha vuelto a tener Colombia- y más de una decena de desaparecidos de
los que nunca se ha vuelto a saber nada. El horror. El horror.

 

Pocos
días después el desastre de la erupción del Nevado del Ruiz, que
anegó el pueblo de Armero y lo dejó sepultado para siempre con
miles de muertos bajo un mar de lava solidificada, desplazó la
atención mediática e hizo que los responsables de las atrocidades
del 6 y 7 de noviembre se fueran más o menos de rositas.

 

Durante
años no se volvió a hablar del tema, como si no hubiera pasado nada
y no hubiera ocurrido que, como si fuera irremediable responder así
al acto bárbaro y desmedido de un grupo guerrillero, el Ejército de
un país democrático había arrasado a sangre y fuego la sede de la
Justicia y dejado en ruinas a uno de los tres poderes
constitucionales, como si no hubieran matado innecesariamente a los
magistrados e innecesariamente a otras personas que ese día estaban
en el Palacio y, sí, innecesariamente también a los integrantes de
un comando a los que deberían, como se hace en un Estado de Derecho,
haber detenido y juzgado y enviado a prisión por muchos años con
todo el peso implacable de la Ley pero no ejecutado sumaria y
extra-judicialmente, como si no hubieran sacado vivos de ahí a gente
-magistrados, funcionarios judiciales, empleadas de la cafetería,
público…- para asesinarlas, entre atroces torturas muy
posiblemente, y llevado los cadáveres de vuelta al Palacio para que
pareciera que habían muerto como resultado del asalto, como si no
hubiera pasado nada de todo eso y Armero fuera la única catástrofe
de ese noviembre hace ahora un cuarto siglo.

 

Pero
no, durante muchos años no se habló de esto, no se hablaba de nada
de esto y los responsables seguían de rositas sin que les ladrara
ni un perrito y sin que nadie pareciera preguntarse por qué pasaron
las cosas que pasaron. Apenas las asociaciones de víctimas, algunas
ONGs y un par de investigadores (qué bueno sobre todo el libro de
Ana Carrigan, The Palace of Justice
-1993, nunca traducido al español-) se empeñaron, con mérito
enorme, en mantener vivo a lo largo de los años la llama del
recuerdo. A ellas se sumaron, con mayor mérito aún, dos voces desde
las artes que ayudaron a dar voz y cuerpo y espacio a ese recuerdo.

 

Doris
Salcedo, la artista más relevante de Colombia y con más proyección
internacional , ha dedicado cuatro de sus piezas a todo eso que pasó
esos días de noviembre. Cuatro. Varios años de su vida dedicados a
tratar únicamente la tragedia del Palacio de Justicia, como
casi-única voz que recordaba y nos recordaba. Cuatro piezas.

 

En
Tenebrae, 7 de
noviembre de 1985

(2000), las patas extrañamente alargadas de un maremágnum de sillas
de plomo se enmarañan impidiendo al espectador el acceso, el
tránsito, cualquier tipo de ocupación normal del pequeño espacio
que las contiene. 6
de noviembre de 1985

(2001) son dos asientos, uno de plomo y otro de acero inoxidable,
fundidos de manera imposible: la pieza de plomo, material mucho más
débil, sostiene el peso enorme de la de acero. Thou-less
(2002) son dieciséis sillas en acero inoxidable tan entreveradas
unas con otras por los respaldos, las patas o los asientos que es
difícil reconocer dónde empieza y acaba cada una y el marco
exterior de un asiento se vuelve el interior de otro, y el interior
el exterior. Aunque cada obra trata diferentes aspectos de la toma,
las tres juntas se presentaron en la Documenta 11 de Kassel (2002)
como una sola instalación sobre la inaccesibilidad a los espacios
donde sucede el horror, la imposibilidad de tránsito entre la
normalidad de fuera y el caos, la desorientación y la confusión del
espacio convertido en campo de concentración.

 

Y
una cuarta obra por fin, efímera esta vez: pasadas las once y media
de la mañana del 6 de noviembre de 2002, diecisiete años después
del momento en que comenzaba la toma y caía asesinada la primera
víctima, Doris Salcedo empezó a hacer descender lentamente una
silla de madera por la fachada oriental del Palacio. Al final del día
siguiente, a la misma hora en que terminaba el hecho más trágico de
la historia reciente de Colombia, colgaban de la fachada oriental y
de la que da sobre la Plaza de Bolívar, a media altura, fuera del
alcance del peatón, 280 sillas, todas sillas corrientes de madera,
sin nada especial, sillas institucionales como las que puede haber en
cualquier oficina, usadas, simples objetos cargados de la experiencia
de la vida cotidiana. Y por supuesto vacías: la fachada repleta de
sillas terminaba por resultar repleta de las ausencias de tantos como
murieron y desaparecieron en esos dos días trágicos, casi imposible
saber cuántos, en torno a 115 se calcula, quizá más o alguno
menos, pero Salcedo descolgó 280 sillas buscando el efecto estético
y simbólico de que la fachada quedara llena, a ver si así,
repitiendo una acción hasta el absurdo, asientos cayendo y cayendo y
cayendo y permaneciendo ahí, a media altura, fuera de nuestro
alcance, uno tras otro tras otro, hasta el absurdo, empezábamos a
entender las dimensiones de cada muerte violenta.

 

Las
sillas sobre el Palacio sirvieron ese día para que las familias y
los allegados a las víctimas se dieran cuenta de que el duelo no era
sólo de los cuatro gatos que cada noviembre se manifestaban con
pancartas en la Plaza de Bolívar y para sentir que por una vez había
otros que también recordaban, no sólo ellos, otros que sabían que
pasó lo que pasó y se condolían. El recuerdo se convierte en
reconocimiento colectivo, en memoria colectiva, y, por tanto, en
historia, en la medida en que es narrado; si no, dice Salcedo, la
memoria está condenada al olvido. Durante dos días, la artista se
convirtió en la persona que deja constancia y que crea el vínculo
entre las víctimas y quienes los lloran y el resto de la comunidad.
El arte, efímero en este caso, fue instrumento de la memoria.

 

Como
lo fue también durante años la representación uno tras otro,
temporada a temporada, de La
siempreviva
, la
obra de Miguel Torres sobre una de las desaparecidas, Cristina del
Pilar Guarín, que en la pieza se llama Julieta Marín pero es
igualmente una muchacha de clase baja a quien su trabajo lleva ese 6
de noviembre al Palacio de Justicia y no vuelve a aparecer ya nunca
más, ella una de esas once personas arrancadas de la cafetería para
quién sabe dónde, muerta quién sabe cómo, entre qué atrocidades
por el solo motivo de haber estado ahí en ese momento. Toda la pieza
ocurre en una casa, la del Teatro El Local en el barrio de la
Candelaria, muy parecida a la que podía haber sido realmente la de
la familia Guarín. Yo vi esa obra al poco de estrenarse en agosto
del 94 y me emocionó y me impresionó como lo sigue haciendo hoy,
tantos años después. Todas las cosas vienen de algo y probablemente
de esto viene aquello, de haber visto entonces La
siempreviva
en su
pequeña casa de La Candelaria vienen este interés que he seguido
teniendo con los años por este hecho, que leyera con pavor y sin
poder soltarlo, casi al borde de las lágrimas, el libro de Anna
Carrigan, que durante años hablara de estas cosas con Doris Salcedo
cuando los dos sentíamos que solamente a nosotros nos interesaba y
nos importaba lo que había pasado, que volviera a ver La
siempreviva
dos
veces más a lo largo de esos doce años y veinticinco temporadas en
que ha estado en escena hasta que ya fue imposible porque a la
compañía le quitaron la casa, que esté, en definitiva, contándoles
esto ahora a ustedes y diciéndoles además cuanto me alegro de que
por fin sí se esté haciendo justicia, por fin se hable de esta
tragedia y aparezcan noticias al respecto cada día y se haya
convocado una Comisión de la Verdad que ha investigado y preparado
un informe, por fin se esté buscando a los muertos y se hayan
encontrado pruebas, por ejemplo, de que al Magistrado Carlos Urán lo
sacaron vivo y lo devolvieron muerto, por fin se haya publicado, ya
era hora, en español en Colombia el
libro de Carrigan y se haya vuelto a editar, ahora en edición
accesible, La
siempreviva
(por
la bella editorial
antioqueña Tragaluz
)
y de que, por
fin, haya imputados e inculpados y condenados.

 

 

 

 

José Antonio de Ory es escritor, entre otros oficios que lo han llevado a vivir de un lado a otro del mundo: Colombia (en tres ocasiones), la India y Nueva York. Ahora en Madrid, continúa escribiendo cuando le da el tiempo sobre cultura y otras cosas de la vida en este blog, donde se permite contar, y opinar, cómo ve las cosas. Es autor de Ángeles Clandestinos. Una memoria oral del poeta Raúl Gómez Jattin (Ed. Norma, Bogotá, 2004).