La sonrisa del astronauta

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El pequeño gran astronauta

Gabriel Faba. 2007

Dibujo a la acuarela sobre cartulina acanalada de color blanco.

22 X 11 cms.

 

El astronauta es el caballero andante de nuestra época. El conquistador que se lanza a la búsqueda de nuevos mundos, el deportista fieramente entrenado para las gestas más altas, el bombero que no teme ni a las alturas ni al fuego.

 

El astronauta encarna en su propia persona al héroe contemporáneo. Cuando es joven y agraciado, se le venera como a un ángel, pues transita como aquél, por encima de las nubes. Algo así debieron terminar pensando las autoridades del Programa Espacial Soviético, que seleccionaron finalmente a Yuri Gagarin, frente a German Titov, el candidato que quedó mejor clasificado para el puesto de tripulante de la Vostok 1. Sin embargo, Titov  era hijo de un científico alemán exiliado en la URSS, mientras el pequeño Yuri, (1,57 cms.), era hijo de un carpintero ruso de pura cepa. Había que cuidar las señas de identidad étnica, por si el cosmonauta elegido salía exitoso de su arriesgada expedición.

 

El astronauta juega a la ruleta rusa con la muerte. Hay muchas más posibilidades de que no regrese con vida de su trabajo, que de poder hacerlo. Es el novio de la muerte, y si encima tiene una  carita de ángel como la de Gagarin, las posibilidades de que la dama de apetito insaciable, se encapriche con el joven aeronauta son muy altas.

 

Yuri Gagarin fue el primer ser humano que vio la hermosura del planeta, circundándolo desde el espacio. ¡Qué lección para Ícaro, qué envidia para Leonardo! Gagarin sólo era capaz de decir por radio: “Es tan bonita”, mientras veía la Tierra por la ventanilla de su nave. Fue el primero que contempló nuestro mundo con la mirada de las águilas. Isaak Dinesen hubiese dicho con los ojos de Dios, aunque el Presidente Nikita Jruschov la habría contradecido, refiriéndole que Gagarin le contó, que ahí fuera no vio a ningún Dios.

 

La más grande hazaña de la historia de la humanidad hasta esa fecha, (12 de abril de 1961), se realizó en una hora y cuarenta y ocho minutos, los que tardó Gagarin en despegar, elevarse, salir de la atmósfera, dar una órbita a la Tierra, regresar, aterrizar, y terminar corriendo por los prados de una granja en Sarátov, al sudoeste de la URRS. Todos los cálculos se habían cumplido. Los rusos -en plena guerra fría- ganaron a los americanos la carrera por poner a un hombre en el espacio y hacerlo regresar vivo.

 

Aquel piloto agraciado, de origen humilde, se convirtió en todo un ídolo mundial. Su gesta, su carisma, y al gran atractivo de su sonrisa lo elevaron a algo más que un héroe ruso del espacio: Gagarin pasó a ser un símbolo viviente del Progreso de la humanidad. Prueba de ello, es el gran retrato del astronauta ruso que preside el vestíbulo de La NASA; nada menos que en la entrada al Cuartel General del enemigo.

 

El castigo de Gagarin fue que nunca volvió a volar. Resultaba demasiado valioso para el Régimen comunista, como para ser expuesto a cualquier peligro. Había que mantener vivo el símbolo el máximo tiempo, para rentabilizarlo políticamente. Cuentan que Gagarin se echó a la bebida por frustración, el vodka echó raíces en él, tras ascender al espacio exterior.

 

Su gran éxito con las mujeres no hizo más que acrecentarse tras su ya mítico vuelo. La Señora Gagarin tuvo que soportar las numerosas infidelidades y escándalos de su solicitado esposo. El primer hombre que dio la vuelta al planeta desde el espacio exterior, estuvo a punto de morir, al saltar por la terraza de su habitación, huyendo de su esposa, que lo había sorprendido seduciendo a una joven enfermera, en el sanatorio donde estaba ingresado para una cura de desintoxicación. Qué escándalo y qué desprestigio hubiera sido para el héroe y la gran patria rusa, un final tan indigno.

 

Las juergas y farras del famoso, ocioso, y nada virtuoso Gagarin, pusieron en muchos más aprietos al Régimen. Tanto, que su prematura muerte a los 34 años siempre estuvo envuelta en una nube de sospecha. Oficialmente, Gagarin falleció pilotando un avión militar, a las afueras de Moscú, algo que teóricamente tenía prohibido. Aunque a todos les vino de perlas su desaparición.

 

La suya recuerda en cierto modo a la misteriosa muerte del comandante británico D. H. Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia. ¿Serían capaces sus respectivos gobiernos de haber anunciado la muerte y oficiado el entierro de sus grandes y conflictivos héroes, para volver a darles la oportunidad de vivir el resto de su vida como seres anónimos, y preservar así la grandeza incorrupta del símbolo?

 

He ahí el misterio del pequeño y gran Gagarin: su sonrisa iluminó la guerra fría.

 

 

 

La sonrisa de Gagarin

Gabriel Faba. 2007

Dibujo con lápiz de punta de plomo,

sobre papel Fabriano de color amarillo.