La subversión actual del estoicismo (II)

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Nuestra obligación moral y vital es convertir los accidentes que nos han formado en un monumento duradero. Esto significa, claro está, el esfuerzo constante del hombre por interpretar, por buscarle palabras a lo que viene y poner el pensamiento a la altura ello. Asombrosamente, esta simple sabiduría, tan femenina y oriental, parece que hoy no está de moda en una sociedad que dice estar preocupada por lo minoritario. Y sin embargo el programa estoico es elemental:sentir lo que ocurre, ser libres en el sentir, al margen de las consignas de establecidas; después pensar lo que se siente; finalmente,hablar según se piensa. ¿Es esto tan complicado? Parece que hoy sí. Pero de una cultura que no es capaz de esto los estoicos pensarían que no tiene el valor suficiente para lo único de vivir... como si hubiera otra vida. Para la modernidad laica probablemente la hay: la tierra prometida de un mañana que nunca llega, siempre pendiente de la próxima entrega.

 

Conformarte a lo que en el fondo eres no es conformismo, diría la Stoa, sino la sabiduría de aceptar tus límites, algo que de otra manera ya estaba en Sócrates. Además, aceptar algo (una persona, una ciudad, un oficio que te toca) ya es cambiarlo un poco. Comprender y aceptar es querer, y a la vez supone atravesar algo para hacer que nos mire de otro modo. Lo que no tiene sentido es pasarse la vida quejándose, con la cabeza y las ideas donde no se tienen los pies.

 

El estoicismo no defiende que el hombre acepte, sin más, lo primero que llegue. Se trata más bien de interpretar incansablemente el presente, siempre enterrado, a través de los signos que llegan y se pegan a nosotros. Los estoicos son unos maestros de la lucha, del esfuerzo incesante. Sin embargo, insisten en que el sentido final del esfuerzo (un final que, de alguna manera, se presenta en el círculo de revelación de cada momento clave) es aceptar y darle forma a lo que se queda en nosotros; aquello que una y otra vez regresa, aunque nos empeñemos en lo contrario.

 

Es en este sentido que se puede decir que para los estoicos no existen los accidentes. Bajo nuestros vanidosos planes, lo que realmente ocurre envía continuamente señales de lo que somos, de la azarosa contingencia que nos ha constituido. Los accidentes que me alcanzan indican el accidente que me constituye: haber nacido hombre o mujer, con tal tono de voz, con este color de pelo y este carácter. Débil o fuerte, con una constitución física y un modo de ser: ¿qué he elegido yo de todo eso? Y sin embargo, todo eso es un signo crucial de mi naturaleza. Hay que escuchar y comprender lo que dice esa ingente corriente de signos. Nietzsche, un pensador muy influido por los estoicos, dice: Un hombre, a los cuarenta años, debe estar a la altura de su rostro.

 

No existe, en todo caso, nada que sea insignificante. Todo lo que ocurre y se hace notar, todo lo que se queda en mí, es un signo de la existencia contingente que soy. Esta cara, este cuerpo, este tono de voz y este modo de ser… son oscilaciones modales de mi cifra. Por tanto, lo que ocurre en el exterior real es una corriente que el hombre debe interpretar para saber gradualmente su signo más íntimo. Lo que en verdad sucede nos recuerda lentamente nuestrologos, el destino que debemos afrontar. Esto no invita al conformismo, sino a la enormidad de la individuación, pues yo soy el sentido de eso que ocurre. Yo estoy en el mundo como el mundo está en mí. El mundo es mi representación, dirá un Schopenhauer que no avala en absoluto ningún individualismo, pues lo más íntimo del hombre está fuera.

 

Nuestra obligación moral y vital es convertir los accidentes que nos han formado en un monumento duradero. Esto significa, claro está, el esfuerzo constante del hombre por interpretar, por buscarle palabras a lo que viene y poner el pensamiento a la altura ello. Asombrosamente, esta simple sabiduría, tan femenina y oriental, parece que hoy no está de moda en una sociedad que dice estar preocupada por lo minoritario. Y sin embargo el programa estoico es elemental:sentir lo que ocurre, ser libres en el sentir, al margen de las consignas de establecidas; después pensar lo que se siente; finalmente,hablar según se piensa.

 

¿Es esto tan complicado? Parece que hoy sí. Pero de una cultura que no es capaz de esto los estoicos pensarían que no tiene el valor suficiente para lo único de vivir… como si hubiera otra vida. Para la modernidad laica probablemente la hay: la tierra prometida de un mañana que nunca llega, siempre pendiente de la próxima entrega.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.