La subversión actual del estoicismo (III)

0
206

Tenemos dos manos, dos hemisferios cerebrales: y un lado, se decía antes, no ha de entender lo que hace el otro. ¿Qué nos impide entonces atender a la vida y a la historia, dos planos de verdad completamente distintos? Lo único importante es saber qué mano, qué lado, qué tipo de inteligencia ha de encontrar nuestro destino. Y es en este punto clave donde los estoicos son difícilmente conciliables con el oscurantismo provinciano de nuestra transparencia global.

 

No existe necesariamente un fatalismo estoico. Es preciso hacer notar que lo que ocurre, lo que ha sucedido, es muy distinto para el hombre según que sea comprendido o no, según que lo que acontece sea aceptado o no. Si algo que no podemos evitar, pero permanece como nuestro, se puede cambiar… es a partir de la aceptación. En la comprensión ya hay una cambio práctico. Es como si, al entregarnos a lo que nos afecta, al aceptar y comprender lo que nos toca, los estoicos defendieran la única posibilidad central de la rebelión: aceptar y, por eso mismo, transformar. Subversión por aceptación, se podría decir: ama, cuida y cambia todo aquello que no puedas destruir. Lo que no tiene sentido es pasarse la vida quejándose, con la cabeza puesta en un sitio distinto a donde tenemos los pies.

 

La doctrina de los estoicos no es fácil para nosotros, pues está muy lejos de la idea moderna de que el hombre es libre de elegirlo todo y decidir su destino. Nuestra idea de libertad implica el desarraigo, la ruptura con las raíces, con nuestra naturaleza y el peso de lo natal o heredado. Entre nosotros, el ser humano ha de ser feliz transformándose, emigrando, reciclándose, maquillándose… incluso hasta la cirugía estética. Los estoicos, por el contrario, no entienden la libertad como una negación de las raíces, sino como una travesía por ellas. No creen que el hombre pueda o deba romper con lo que le toca, la cifra que de todas formas le pertenece.

 

La cuestión clave es que ese lugar que nos corresponde, nuestro logos natural, se conocedespués de luchar y de errar, no antes. Materialmente, que todo esté escrito de antemano, no cambia dada, pues no lo ha escrito nadie en particular: el dios de los estoicos se confunde con la tierra, con el universo físico donde cada ser ocupa un sitio. Nadie sabe tampoco dónde está escrito y qué dice el mensaje: sólo a su protagonista le será revelado. Así pues, el futuro sigue abierto, el mañana sigue siendo incierto para el hombre.

 

Lo que sí cambia es que debemos estar atentos a las señales que sin cesar nos envía nuestra cifra, ese lugar que ocupamos en el cosmos. Esto es lo más incómodo para la mentalidad moderna, pues implica que el progreso no existe: el hombre camina hacia recuperar y reencontrarse con su origen. El hombre no va a ninguna parte más que al encuentro de la inocencia, la redondez mortal que le corresponde. Cosa que ya recordaba el imperativo pindárico: «Llega a ser el que ya eres». Y también aquel emblema de Sócrates deconocerse a sí mismo como la tarea más alta, más ambiciosa y más larga.

 

El hombre no va a ninguna parte más que a poseerse a sí mismo, a conformarse con su clave. La virtud en este aspecto es la capacidad de superar las pasiones en la apatheia, realizando la consigna de Epicteto: Aguanta y abstente. El pensamiento estoico, desde una serenidad que permite conocer los límites de uno mismo, invita a usar lo público y político como un instrumento. No es extraño que los estoicos (no sólo Marco Aurelio) tengan fama de ser buenos políticos y funcionarios del Estado. Como los seres humanos están arrojados a un destino incierto, a una profundamente inestable y entregada lo que no se sabe, al menos la Stoa se plantea que las cuestiones prácticas trascurran lo más regulada y ordenadamente posible.

 

Hablarle al corazón de la gente, completamente al margen de su condición social y sus circunstancias civiles. No es tan extraño que una filosofía así tuviese un impacto que desbordase fronteras. Bajo sus distintas condiciones sociales y económicas, bajo la diversidad cultural y religiosa de cada época, los estoicos hablan para todos los hombres. Lo que importan son tus entrañas, no tu condición social. El estoicismo sienta un precedente para la hermandad cristiana y la fraternidad moderna. Los hombres soniguales en cuanto han de ajustarse a la redondez de su naturaleza, que compensa siempre lo que sube con lo que baja: cuanto más ascienda tu condición social, más ha de bajar tu cabeza a escuchar un suelo natal del que no podemos prescindir. Reyes y esclavos han de afrontar igualmente un destino inmenso, una travesía que pasará desapercibida a los ojos de la historia.

 

La filantropía que defienden los estoicos, el amor y la compasión que les inspira la humanidad, nace de esa condición conmovedora del hombre. Cada uno, rico o pobre, debe esforzarse heroicamente para reconocer a tiempo, y aceptar, un semblante que no está decidida por él. De aquí, decía Séneca, brota la alegría austera de quien conoce sus límites.

 

Se puede reconocer que no podemos convivir fácilmente con los estoicos, pues su sabiduría nos quema. Pero tampoco podemos vivir fácilmente sin ellos: en cada momento de dificultad, esa certeza elemental vuelve, ha de volver en el escenario más moderno. Tal vez por esto, en los momentos culminantes de la cultura occidental, sea con el nombre de Nietzsche o de María Zambrano, de Simone Weil o Machado, un cierto estoicismo vuelve como una sombra, un fondo de inspiración y sabiduría. Y esto incluso en Russell Brand o en Nick Cave, bajo un estilo de vida que a veces ha de ser furiosamente hedonista.

 

Tenemos dos manos, dos hemisferios cerebrales: y un lado, se decía antes, no ha de entender lo que hace el otro. ¿Qué nos impide entonces atender a la vida y a la historia, dos planos de verdad completamente distintos? Lo único importante es saber qué mano, qué lado, qué tipo de inteligencia ha de encontrar nuestro destino. Y es en este punto clave donde los estoicos son difícilmente conciliables con el oscurantismo provinciano de nuestra transparencia global.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.