La suerte del borracho

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Un fallo decisivo en la tanda de penaltis de un Mundial en fase eliminatoria es para sentir escalofríos. Casi tan terrible como marcar en propia puerta; en 1994, al colombiano Andrés Escobar lo mataron a tiros en Medellín porque su autogol en el partido contra los anfitriones había supuesto la eliminación de su selección del Mundial de Estados Unidos unos días antes.

 

 

“Claro que estoy borracho. ¿No lo estaría usted?”

Hablando del asunto, de Julian Barnes

 

Preferiría estarlo, sí. Y el resto de ustedes también, por supuesto. Es lo bueno del verano, que uno tiene mucho tiempo libre y acaba por volver siempre a la cama rodando. Y lo mejor de todo, puede permitirse el lujo de despertar tres días más tarde, sin jaquecas, como nuevo, recuperado. La mañana siguiente de llegar a Puerto Rico, Paul Kemp se presenta en las oficinas de The Daily News ocultando tras las gafas de sol sus ojos hinchados y una resaca de espanto. El editor con peluquín le dice que el puesto es suyo y que beba menos, y tras otra borrachera de escándalo, con persecución, juicio, fianza y dolor de cabeza incluidos, el personaje creado por Hunter S. Thompson en Los diarios del ron, envuelto en un torbellino de caos y bebida, jura dejarlo, rechazando algunos tragos hasta que en seguida, en un puesto callejero, pide sin titubear dos rones. Su compañero le mira asombrado y le dice con ternura:

 

Creía que lo habías dejado.

 

A lo que Paul Kemp responde:

 

He conseguido vencer a mi fuerza de voluntad.

 

Tentador, eh. Piénsenlo. Pero no es fácil. Inténtenlo. Mientras lo consiguen confórmense con seguir dejando de beber, fumar, y todo lo que estén dejando, pero recuerden, guarden bajo llave siempre un kit de emergencia, por si la cosa se tuerce; por si les pillan saltándose un semáforo, por si un día caminan por la calle y nadie les hace caso, por si les sorprende su pareja follando en casa con la vecina, el cartero, la suegra o el monitor de yoga, por si les toca tirar un penalti en la Copa del Mundo y lo fallan…, vaya, mejor que venzan rápido a su fuerza de voluntad y beban, háganme caso. Y eso que todavía sucede en octavos. Si algo así ocurre de aquí para adelante, no quiero ni suponer en la final…, agárrense con fuerza a la botella, engánchense al juego, a las putas, pidan un crédito, prueben en otro banco con otro crédito, vendan la casa, vendan el coche, cambien su nombre y el de sus hijos, pidan consejo a El Dioni para huir de su país… Pero ni vuelvan a Brasil, no ahora, ni que les pillen; celebren más discretamente su escapada, bebiendo en solitario en el sótano de una casa junto a un lago o memorizando palabras esdrújulas por si algún día les sirviese de algo. Nunca se sabe. Aunque ya dará igual todo, estarán jodidos de cualquier forma. Es lo que tiene, que, viendo el tamaño de las porterías, cuando uno ve que alguien falla el tiro desde tan cerca lo primero que piensa es que ya hay que ser borracho. Otros, mientras, echan la culpa a la suerte justificando el descalabro.

 

Un fallo decisivo en la tanda de penaltis de un Mundial en fase eliminatoria es para sentir escalofríos. Casi tan terrible como marcar en propia puerta; en 1994, al colombiano Andrés Escobar lo mataron a tiros en Medellín porque su autogol en el partido contra los anfitriones había supuesto la eliminación de su selección del Mundial de Estados Unidos unos días antes. A veces es mejor no implicarse demasiado. Y si lo hacen y fallan, huyan. Por supuesto, olvídense de ver en directo lo que reste del torneo; tendrán que irse a casa, desaparecer, echarse a la espalda unos doce o trece vicios nuevos, y si el pecho no les tiembla demasiado enciendan su televisor barato y lloren desconsolados viendo a algunos consagrarse y maldigan por lo que pudo haber sido. Otra manera de ver el fútbol que desde el campo, sí, entonces poco a poco irá perdiendo el asunto emoción e intensidad, la tele no es el terreno de juego, así que aquí es cuando insisto con otro consejo…, no tienen más opción que empezar a apostar, juéguenselo todo; sus ahorros, sus amigos, sus muebles, y hasta el arroz de los domingos.

 

Si hay dinero de por medio el partido es otra cosa; los creyentes maldecirán clamando al cielo, otros beberán, claro, y hasta los ateos gritarán ¡virgen santa! y rezarán en hebreo. 

 

La otra tarde, metimos un par de centavos a favor de Chile en su cruce con Brasil; se pagaba mejor. Antes de apostar, dieron las alineaciones y nos sonaba Alexis de milagro, empezamos a abrir botellines de cerveza y cuando vimos que salían los jugadores al campo nos jugamos los chelines a que esta selección ganaba a la anfitriona. Entonces todo cambió; con dinero en juego recitábamos el himno como si nosotros lo hubiésemos compuesto, y cada cinco segundos gritábamos a la tele: ¡Pinilla! Me cago en la puta. Así que supongo que se nos fue de las manos cuando este dio al larguero en los últimos minutos y luego falló el penalti. La mesa de cristal se cubrió de quintos de cerveza y en el primer tiempo de la prórroga, cuando me llamó mi madre y le expliqué que en ese momento me pillaba viendo el partido, me preguntó antes de colgar que con quién íbamos. Chile nos hace ricos mamá, ricos.

 

Pues eso. El tal Pinilla no tanto, porque Chile entero se empeñó en fallar penaltis, pero el griego Gekas se ha quedado solo en el paredón de fusilamiento. Por ahora tendrá que huir de Brasil, luego de Grecia, se dará a la bebida y verá los partidos por la tele y apostando, verá los atardeceres en el porche de su casa alquilada en las afueras de Wisconsin musitando para sus adentros lo cerca que estuvo, junto a sus compañeros, de ser casi tan estudiado como Sócrates (no subestimen por allí pasar de octavos), y el tipo sin embargo, lo único que tendrá en común con el maestro de Platón será el no ser muy (muy) apuesto, y que algunos de sus contemporáneos firmarían condenarle a la cicuta.

 

Donde lo llevan mejor es en Colombia. Con ese chaval que cuenta goles por partidos (y qué golazos) están que se salen. Y para celebrarlo impusieron la ley seca durante y después de sus encuentros. Será más complicado aquello de ganar borracho. Prevención y refuerzos. Como lleguen a la final eso puede terminar con toque de queda,  y como se descuide el presi hasta con golpe de estado. Menos mal que Tailandia no está en el Mundial. Como para salir a tirar un penalti con todo el país detrás mirando… Y si son de los que apuestan ya ni hablamos. Habría que mirar por otra solución o encerrarse a beber en los sótanos. Lo que no puede ser es ganar un Mundial y al día siguiente no tener resaca. Hunter S. Thompson las tenía antes y después de hacer crónicas de partiduchos de béisbol, aunque perdiesen los dos equipos sobre el campo; George Best jugase o no jugase, fuese martes trece o el día del señor, con la ventaja de despertar con Miss Mundo a su lado (cada uno tiene sus trucos); y hasta Luis Suárez por desamor. Imaginen entonces ganando un Mundial. La resaca del país entero tendría que ser de las de no despertarse en tres días (menos mal que estamos en verano). Lo único a tener en cuenta sería acostarse preparados, dejando antes del desmayo al amanecer todo listo: barreño para vómitos a los pies de la cama, jarra de agua en la mesilla de noche, omeprazol, ibuprofenos, paracetamol, suero, papel higiénico por lo que pueda pasar, y seis pares de mantas para poder ir renovando si es demasiado el sudor. Y por si acaso, metan bajo la almohada el kit de emergencia con las botellas del whisky más caro y la llave en el cerrojo, por si despiertan 72 horas más tarde y aún les duele la cabeza y su nación se tambalea. Un país entero venciendo a su fuerza de voluntad…, magistral. Está claro que hay veces que es mejor dejarla a un lado.

Antonio Mérida Ordás nació en Madrid en 1992, y veinte años después se fue de Erasmus al sur de Alemania en busca de sol y playa. Estudia comunicación audiovisual en la Universidad Complutense y ha colaborado desde Alemania con El Viajero, y a su vuelta a Madrid con Koult.es, y Achtung Magazine. Hasta hace no mucho, ha sido becario de redacción en Canal Plus. También ha trabajado sirviendo champán con una mano, de pinche de cocina, y eligiendo corbatas en Massimo Dutti entre otras cosas. Ahora escribe de cuando en cuando. Le gustan las películas. Twitter: @antoniomerida92 Aquí se viene a desnudarse, a tomar seis tragos, a bailar un boogie-woogie aunque no bailes, a enfundarse los guantes y saltar al ring agitando las caderas, para terminar brindando por un buen polvo o mejor combate.