La suma de dos da 89. Paquistaníes en Barcelona

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“Vine a Barcelona, en el 2002, porque aquí gente amable. La mayoría, muy bien. Vine con confianza a Barcelona porque la regulación es más fácil en Barcelona”, explica Azra, una de las 89 mujeres paquistaníes que exige una mezquita para rezar. Es tremendamente tímida. Huía del “hombre primitivo” para estar “lejos, lejos, lejos” de su país

Con motivo del Rabi‘ al-Awwal, la conmemoración del nacimiento de Mahoma, las mujeres pakistaníes reclaman una mezquita en Barcelona. Hina y Azra son 89. Como todas ellas, pertenecen a la Associació Cultural Educativa i Social Operativa de Dones Paquistaneses (ACESOP), con sede en la calle del Carme, 34, en el Raval de Barcelona. Hina y Azra son las lugartenientes de su presidenta, Huma Jamshed (“no podemos estar sin mezquita. Hemos tenido que venir 89 mujeres a este piso a rezar”); Azra es su mano derecha, mientras que Hina es su mano izquierda. El sábado 12 de febrero, Hina y Azra y Huma y otras tantas mujeres musulmanas han celebrado el Mawlid, el cumpleaños del profeta Mahoma. Lo han hecho en las dependencias de la asociación, en la que apenas sí cabían, colocadas como en el juego del Tetris. De esta manera quieren concienciar a las autoridades de la necesidad de una gran mezquita en Barcelona, que reúna las condiciones necesarias para la organización de las festividades a las que obliga el islam. Hace unas semanas, se plantearon hacer una huelga de hambre en la plaza de Sant Jaume por este mismo motivo, pero se echaron atrás.  

 

 

Hina

 

No suele ir así por casa. Vestida con un traje largo de dos piezas, con las mangas apergaminadas y un nido de abejas y de avispas en el escote, por el que surca una gabarra del Elíseo. Vestida como una felina de dientes largos y rayas vistosas. Hina, la profesora de urdú de ACESOP, es muy estirada cuando habla, y cuando digo estirada digo crecida, como si hubiera dejado el vasallaje de los marajás. Apenas habla castellano, y hace ocho años que reside en Barcelona. ¿En qué Barcelona han depositado a Hina, que sale de su casa para respirar el aire limpio de la asociación, de estas cuatro paredes afelpadas con un techo tan alto como el Empire State? Tenía que haber ido a la escuela cuando cumplió 16 años, y no fue a la escuela: “Solo ESO estudio, pero no acabo”. Tenía que haberse relacionado con las niñas que corean las canciones de Shakira, pero no se aprendió las letras, ni sabe quién es Shakira: “Mil años no me alcanzaran / para borrarte y olvidar”. En la asociación, Hina enseña la lengua del poeta Mirz Ghalib, y, a su vez, envía correos a sus primas y primos, allá en Pakistán: “Ahora leo correo electrónico. Profesor [de informática], cuando viene, enseñarme. Antes hago noticia”. Con lo de “noticia” se refiere al seguimiento que hace por Google de los medios paquistaníes, qué publican y qué les puede interesar a sus alumnas para aprender más y mejor. Las chicas que asisten a la clase de Hina son comedidas por no decir exageradamente discretas, y digo que son altas y morenas porque lo contrario sería mentir descabelladamente. La mayoría, paquistaníes que no quieren o no deben perder los orígenes, lucen un piercing en la nariz, brillante; y por su nariz perforada, con varias capas de polvos de un color parecido al titanio, y de iluminadores faciales, se podrían comparar con Shiva. Hina no quiere decir su edad. Hina no quiere decir más de lo que dice. Hina no desea ser objeto de atención. “Hago curso y actividad aquí, y participo”. Participa en las actividades (fiestas nacionales, festejos patrios, glorias de sus antepasados) que la comunidad paquistaní de Barcelona celebra cada año. Tendría que estar más suelta, con su estructura sólida que la provee de dignidad mayestática, pero es como un canario salido de la jaula, y su enclaustramiento es una rémora, si hablamos de Barcelona.

 

 

Azra

 

En la maleta metió los cachivaches de su existencia, marcada por el hierro de los malos tratos: unos pantalones de color rubí, de pitillo, tipo legging, de antelina; una falda larga, ancha, con godets en el bajo, forrada, y un sari de ensueño, color cielo mar-verde. Lo chafó, para cerrar la maleta. La cerró. Apenas dijo adiós, ni un lo siento, ni una mínima plegaria de arrepentimiento o algo que sonara a una devaluación en sus principios. No dijo que volvería ni que se lo pensaría ni envió mensajes para calmar el dolor de la madre, afectada por el resentimiento, la culpa y la idiotez. Azra Asim (Pakistán, 1969) cogió la maleta y sus bártulos y la mano de su pareja y dio un portazo, un portazo hondo como las grutas de Ariège, en Francia, y sonoro como los papagayos, un portazo con el que cerraba 33 años de presiones injustificadas, o justificadas solo por la perenne necesidad de otorgar a los dioses lo que es propio de la fraternidad. Sus padres la reprendían. Azra quería volar como los reyezuelos. Su familia, si no la repudiaba, le reprochaba que hiciera lo que le diera la gana, que no preguntara antes de actuar, que alarmara a la vecindad con sus salidas de tono y sus opiniones liberales, de esos liberales que creen que la modernidad es sinónimo de progreso. Azra se ahogaba en un vaso, porque se le atragantaban los edictos y las ordenanzas, y cuando cerró la puerta se llevó consigo sus mejores momentos, la divisa de su ambición y los libros.

       “Vine a Barcelona, en el 2002, porque aquí gente amable. La mayoría, muy bien. Vine con confianza a Barcelona porque la regulación es más fácil en Barcelona”, explica, con la boquita cerrada, como su maleta. Es tremendamente tímida. Huía del “hombre primitivo” para estar “lejos, lejos, lejos”. Y en Barcelona, en ACESOP, ya amiga de Huma, se empeñó en devolverles la vida a las mujeres que huían del garrote del primitivo hombre de su casa. “Yo soy mediadora oficial. Mucha gente ha venido de pueblos y no tienen educación, y es difícil dar información. Cuido a chicas que les pegan sus padres. Bodas forzosas con primos que no conocen. Ellas vienen aquí”.

       Las niñas que nacen y crecen y que se quieren casar por amor acuden a Azra, que las escucha con esa comprensión maternal y casi religiosa de su país. Ella las tranquiliza, les dice en su idioma que “el hombre primitivo” no pisará el suelo que ahora pisan, y se esmera en darles consuelo y en darles calor para que se dé el efecto anestésico de unas palabras amigas, las que ella, siendo también joven y amante de los sueños, nunca escuchó.

        Hina y Azra confían en que el año que viene puedan orar sin tener que desarrollar su psicomotricidad ni jugar al Twister sobre un tapete de 24 metros cuadrados. Quieren una mezquita. Pero han desechado la loca idea de convertirse en las nuevas Patti Smith que hagan performances en las calles de Barcelona, coreando Because the night como protesta. Las noches son malas y las calles son leones. “Las calles son leones / devorando portales, / desalojando el sueño, / despidiéndolo del mundo.” Cuando en 1986, el trovador cubano Santiago Feliú compuso Ayer y hoy enamorado pensaba en Hina y en Azra.

 

Jesús Martínez Fernández es periodista. En FronteraD ha publicado, entre otros, Facebook d. C. y El Gran Houdini y el clan de los Jodorovich

 

 


Autor: Jesús Martínez