La tecnología al poder

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La tecnología se va apoderando cada vez más de nuestras vidas. Las operaciones a corazón abierto empiezan a hacerlas los robots y muy pronto habrá -si es que no lo hay ya- robots que se encarguen de hacer los quehaceres domésticos, la declaración de la renta y hasta la compra en el supermercado. De seguir así, en unas pocas generaciones los únicos que trabajarán serán las máquinas. Yo esto no lo veo como algo utópico o irrealizable. Si una bomba no nos hace volar por los aires y el sol continúa calentando como hasta ahora, estoy convencido de que nuestros nietos o biznietos vivirán en un mundo ociosamente feliz.

 

Los apocalípticos de todas las épocas, sin embargo, han imprecado contra el avance tecnológico, como si la tecnología fuera una excrecencia que nos alejara de la naturaleza, cuando es precisamente al revés, ya que cualquier utensilio, del hacha de sílex al chip de silicio, lo único que ha hecho es dejarnos más tiempo para disfrutar de nuestro cuerpo.

 

Pero el apocalíptico no lo piensa así. El Génesis se inventó la fábula de la expulsión del paraíso cuando Adán transgredió las órdenes divinas y comió de la fruta del árbol del conocimiento, que no es sino pasar de bestia a hombre, y lo complementó con la maldición de Babel y la confusión de lenguas como castigo por haber osado levantar una torre que llegara al Cielo y así alcanzar la inmortalidad. El mito de las edades de la mitología griega apunta también a una degeneración progresiva, con la edad de hierro como etapa final, allí donde el mundo civilizado regido por leyes y por utensilios ha acabado con todo vestigio de vida idílica e incluso heroica. Heidegger renegó de la tecnología. Foucault pensó que la ciencia y el lenguaje, y en general todo la cultura humana, no eran sino una enredadera de sistemas coercitivos para controlar al sujeto humano. No hace falta citar a Rousseau, ni tampoco a todos los luditas que en el mundo han sido, desde el poeta Horacio al terrorista Theodore Kaczynsky, el Unabomber.

 

Para todos ellos el progreso es una maldición. El lenguaje es una maldición. Las lavadoras y los ordenadores son una maldición. El ludista querría volver a una época primigenia o, incluso, a la época de las cavernas.

 

No sabemos casi nada de la capacidad intelectiva del Homo Erectus que habitaba la tierra hace un millón de años. Por los cráneos que se conservan hemos de asumir que tenía un buen cabezón y, consiguientemente, masa encefálica más que de sobra para razonar, aunque no parece que lo haya hecho muy a fondo a tenor de la falta de sofisticación de los utensilios que fabricaba, los cuales se repiten sin apenas cambios durante cientos de miles de años, hasta la irrupción del Homo Sapiens. La evolución tecnológica es espectacular a partir de entonces y solamente se puede atribuir al uso del lenguaje, sin duda el mejor instrumento de comunicación y de pensamiento jamás inventado.

 

El Homo Erectus también se comunicaba, como es natural, pero lo haría con sonidos guturales, con gesticulaciones más o menos reglamentadas o con los objetos que tenía a su alrededor. Igual que Pulgarcito, recorrería los campos dejando caer piedrecitas o poniendo mojones para no perderse, y generación tras generación repetiría parecidos patrones de conducta y rituales muy semejantes. No me atrevo a asegurar que su vida fuera “solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve” (Hobbes), pero tampoco creo que fuera paradisíaca. Si la adquisición del lenguaje simboliza comer del árbol del conocimiento y con ello la expulsión del estado de la naturaleza, está claro que, lejos de un castigo divino, la capacidad verbal de discriminar lo bueno de lo malo fue lo que nos otorgó nuestra humanidad.

 

El humanismo, de Cicerón a Vico, parte de la premisa de que el hombre es lenguaje o no es nada, pero Heidegger dijo que el Habla es quien habla (die Sprache spricht) y el Habla a veces dice lo que le da la gana, a su antojo, sin que podamos hacer mucho por domeñarla.

 

A mí me ocurre pensar a veces lo mismo cuando escribo en este blog, como este que estoy escribiendo ahora, en que no sé muy bien a dónde voy ni cómo darle remate, salvo apuntar que la tecnología nos liberará definitivamente de la maldición de Babel y de nuestros últimos vestigios bestiales para pasar a ser solo humanos y, por qué no, hasta demasiado humanos.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.