La televisión «a fantasía»

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En el Siglo de Oro español las piezas teatrales se dividían en Comedias a noticia y Comedias a fantasía; cultismo latino que servía para nombrar la diferencia entre la comedia realista y la fantástica. Las primeras retrataban la vida cotidiana del momento, (las de Capa y espada); y las segundas se centraban en fabulosas vidas de santos, o en peripecias a desarrollar en parajes exóticos y alejados en el tiempo, (tal La gran Zenobia de Calderón, que refiere la historia de la reina de Palmira en lucha contra los romanos, en el S. III d.c.).  Las comedias a noticia se representaban dentro de la estructura desnuda del corral de comedias, mientras que las comedias a fantasía requerían de un poderoso juego de tramoya. Siendo tan diferentes, ambas resultaban igual de imprescindibles para el público.

 

Los espectadores no han cambiado nada desde que nació el teatro en Grecia. Hoy en día, la televisión de ficción (las series y telenovelas) pueden clasificarse igualmente en estas mismas coordenadas: Televisión a noticia y Televisión a fantasía. En el género ficticio que nos ocupa, puede decirse que últimamente priman las segundas sobre las primeras. El exceso de información que sufre la ciudadanía parece generar una urgente necesidad de realizar viajes a lo desconocido, para compensar tanto alarde subrayado de realidad cada día.

 

Antena-3 tiene en gran parte la culpa de este fenómeno. Si El Internado exploró con éxito esta fórmula, la cadena vuelve a apostar por este toque de fabulación misteriosa o extraordinaria. Su nueva serie de los lunes, El barco, viene a capitanear su oferta de Tele fantástica, junto con la segunda temporada de Los protegidos. (Menos mal que acabó ese funesto Viriato –sostiene Faba- tan errado en el reparto, y con unos guiones tan baratos; lo malo es que también se oye por ahí, que preparan 2ª temporada estos romanos de cartón piedra. Flaco favor se le hace a una industria pujante como la ficción televisiva, dando por bueno un fallido intento.)

 

 

De tal Internado, tal barquilla

Con El Barco, el equipo de la Productora Globomedia se ha soltado la melena fantástica. Si una de las claves del éxito de sus series (El Internado, Águila Roja, o Tierra de lobos,) ha sido su descarado eclecticismo cinematográfico, (con numerosos “homenajes”,  que fácilmente podrían ser tachados de plagios); en esta ocasión, el rosario de influencias literarias y cinéfilas va por delante del argumento. La idea original, con un apocalíptico toque a lo Julio Verne, parte de una película naval, Tormenta blanca, que protagonizó Jeff Bridges como capitán de un buque escuela privado, con jóvenes estudiantes que pasan con él un verano a bordo, estudiando y aprendiendo las leyes del mar y la supervivencia. Una novia entre el profesorado, un rosario de calenturas y preguntas entre los jóvenes alumnos flotantes, y una funesta e inesperada tormenta blanca, configuran las claves de este preciosista, juvenil y trágica historia náutica hollywoodiense, ambientada en el Caribe a lo largo de un apacible verano de finales de la década de los 40.

 

Sobre este mismo esquema de situación, los personajes de El barco desarrollan sus peculiaridades. En esta ocasión un capitán viudo que regenta un buque escuela mixto, lleva a bordo a sus dos hijas. La más pequeña no pasa de los 5 años, y otorga a los guionistas la coartada fantástica: a los ojos de los niños todo es posible. Harina de otro costal son los adolescentes que habitan el barco. Ellos están para vender la serie con su producto juvenil a cuestas: el regalo de sus jóvenes cuerpos, exhibidos generosamente, en duchas, soleadas sesiones en bikini y bañador en cubierta, y luminosos chapuzones en las saladas aguas circundantes. Una científica bella y atractiva, una cocinera popular que lo sabe todo de la vida, un gruñón Segundo de a bordo, un seductor polizón, y un malvado infiltrado entre el cuadro de profesores, forman el reparto principal, junto con un oportuno subnormal, encargado de suministrar -como la niña pequeña- el vehículo o médium con el mundo fantástico.

 

Si a esta improbable tripulación de estudiantes embarcados con sus profesores, se le coloca un telón de fondo de Fin del mundo, (que ha quedado sumergido tras un cataclismo nuclear), se obtendrá una visión de conjunto de lo que es en esencia El barco. ¡Caro se lo fían los creadores de la idea original a sus guionistas! Se trata de un reto argumental valiente en sí mismo, pero difícil de sostener y desarrollar con las mínimas  exigencias de credibilidad, sobre las que se soporta simbióticamente el género fantástico.

 

Sabe Faba de algunos espectadores que, ante tanta hipótesis desmesurada, no se sienten capaces de dejarse atrapar o sugestionar por tan tremebunda historia; echan en falta asideros de credibilidad para poder sugestionarse con la temeraria propuesta. Otros, los más hambrientos de sensualidad se dejan arrullar por los cantos de los/las jóvenes sirenos/sirenas, y se dejan mecer por las olas que acompañan a  este barco llamado Estrella Polar, y que lleva un ritmo cardiaco de aventuras y tormentas, que ni al Argos ni al Nautilus tiene nada que envidiar.

 

Frente a la originalidad de la tesis catastrofista, el desarrollo dramático de las peripecias de la serie, suena a ya visto en series anteriores de la misma casa. De tal Internado tal barquilla, podría decirse en demerito de la falta de estilo que ostenta esta pujante serie. Hay momentos argumentales y registros narrativos que pueden provocar en el espectador la idea de que se encuentra viendo a los chicos y chicas de El Internado haciendo la mili juntos en la Marina, embarcados en un cruce entre el Pequod del capitán Ahab, cruzado con el Juan Sebastián El Cano.

 

Los planos generales del barco- tomado a vista de albatros- generan imágenes radiantes, elegante y misteriosamente iluminadas,  que funcionan como cortinillas o transiciones (según se mire), entre las diferentes escenas que suceden a bordo de la nave. Resultan los mejores hallazgos visuales conseguidos hasta ahora por la serie; especialmente el hundimiento de un avión de pasajeros en plenas aguas del Atlántico. Las escenas de la tormenta del primer capítulo también estuvieron resueltas con brillantez y un raro colorismo, resultando tan sugestivas como oníricas: el cataclismo se estaba justo entonces consumando.

 

Quizás los guionistas de El Barco deberían dejarse llevar más por el tono épico-lírico de estas imágenes fantásticas, que por sus eficaces combinados dramáticos adquiridos en la serie previa. Si en el tercer capítulo se le realizó un literal homenaje a Titanic, para la cuarta entrega ya anuncian un sonado homenaje a Los pájaros de Hitchcock, cuando en realidad lo que está necesitando esta serie es encontrarse con las bandadas de estorninos que José Saramago puso a volar dentro de La balsa de piedra, aquella ejemplar novela fantástica, en la que la península ibérica -salvo Gibraltar- comenzó a derivar por el Atlántico hacia América.

 

Aunque siendo honestos, tras tanta cháchara teórica, es de ley reconocer que El Barco ha producido el impacto que certifica Internet (o las páginas oficiales de A-3, que nunca se puede saber ya lo que es información, y lo que es propaganda), gracias al joven actor Mario Casas (24 años). Su personaje de polizón castigador y encantador resulta la joya de la corona de esta serie. Su personalidad y su físico lo emparentan con ese galán ibérico tan entrañable y deseado como lo ha sido Sancho Gracia. Ese sinvergüenza nacional al que ninguna mujer, ni cualquier aficionado a los hombres, puede nunca negarle nada. De momento, su talento interpretativo no está a la altura de su fotogenia, pero no puede negarse que reúne cualidades sobradamente seductoras para contentar a una cámara y a su audiencia. Tanto Blanca Suárez,  (22 años), como Irene Montalá (34 años) le van a la zaga en belleza; aunque ellas -como diría Jardiel Poncela- son reposiciones, (ambas proceden de El Internado); mientras el joven Mario Casas resulta para el gran público todo un estreno. Factor muy determinante en este resbaladizo tema de las atracciones.

 

 

¡Vaya par de gemelos!

Los protegidos alcanzan su segunda temporada en las noches de los domingos de A-3, algo que tampoco tiene mucho mérito según se va viendo. No destinó Faba mucho tiempo a Los protegidos el año pasado, salvo por el descubrimiento físico de su joven protagonista El Culebra. Cuando se estaba finalizando la primera temporada, comprobó Faba su falta de originalidad en curiosidad carnal, al escuchar en algún magazine nocturno, que el joven actor Luis Fernández (25 años) había sido el hombre más deseado del año. Probablemente ésta sea la principal causa de la continuidad de la serie: por mantener la venta de su preciado lenguado, Antena-3 mantiene abiertos todos los puestos de un ruinoso mercado.

 

Los protegidos es un hibrido de géneros dramáticos aplicados al telefilme seriado. Su vocación es de comedia a noticia: la vida en una colonia de chalets adosados en la periferia madrileña, donde pasan cosas raras. “La comedia siempre se vende bien. Y si le sumamos unos toques fantásticos, tenemos el chollo televisivo asegurado”, Antena-3 debio decirse a sí misma, y a su engendro lo bautizó con el nombre de Los protegidos.

 

¿Hay algún colegio en el mundo -no ya en España- en el que puedan tener unos uniformes más chabacanos, charros y humillantes que los que tienen que vestir estos desprotegidos alumnos, frente a su indumentaria? Que los chicos y chicas de esta familia artificial y postiza, tengan poderes eléctricos, y se teletransporten en espacio o tiempo, o se hagan invisibles a su antojo, no está bien aprovechado, o meramente vinculado con la peripecia de los personajes, esclavizados por el contrario a una serie de acciones cotidianas -disparatadas a veces, trágicas en otros momentos- pero casi siempre enraizadas en la vida doméstica cotidiana.

 

¡No se hace, eso no se le hace aun galancito que ha pasado del anonimato a la cumbre del deseo patrio!, colocarle en el reparto a otro joven tan o más atractivo que él mismo, como antagonista en los capítulos de esta segunda temporada. De ser el Amo y Señor de la serie, (la audiencia acudía fielmente, por estar cerca suya un rato todas las semanas,) al Culebra le ha salido un rival muy, pero que muy serio, el misterioso Ángel que divide a la audiencia en sus preferencias. Hay que felicitar a la sagaz Carmen Utrilla por haber promocionado hasta la serie al joven actor Maxi Iglesias, (19 años), que viene a ser como una refrescante mousse de limón con rayaduras de menta, frente al bocadillo de chorizo tan nutritivo que resultaba y sigue resultando El Culebra. Los rasgos fríos y eslavos de Maxi Iglesias podrían presentarlo como el hijo natural de Nadiuska, esa Sophia Loren en rubio que surgió del frío de Alemania, en las pantallas españolas de la década de los setenta. Su rotunda y exótica belleza puede seguir disfrutándose cada vez que reponen en TV, Conan el bárbaro, donde interpreta -al comienzo de la película- a la madre del héroe trágico.

 

Resulta justo añadir que el Nadiusko -Maxi Iglesias- además de buena facha y grises ojos perturbadores, apunta cualidades dramáticas. De los tres galancitos de moda que suministra A-3 entre domingo y lunes, resulta el más dotado interpretativamente. Lástima que los guionistas de Los protegidos, no perciban con nitidez, que el duelo entre estos dos pares de ojos claros (de Ángel y Culebra), debería ser el verdadero motor de la serie. Así el público se ahorraría toda la vulgaridad que exhala el producto televisivo completo, ensimismándose por sugestivos senderos, que protejan sus verdaderos intereses nocturnos.

 

¿Y por cierto, pregúntase Faba: ¿Cuándo prohibirán -por decreto- esa musiquita insoportable de xilofoncito para gamberrada de bebé, con la que estúpidamente arrullan las supuestas escenas cómicas de esta serie? ¡Cuánto daño ha hecho la banda sonora de Mujeres desesperadas!, y lo peor aún, ¡Cuánto seguirá haciendo!

 

 

Crepúsculo a la española

Tele 5 se ha subido al carro de la televisión a fantasía, con su archipromocionada Ángel o demonio, que desde la semana pasada viene acompañando a los espectadores de la cadena del corazón en la noche de los martes. “Si parece que la audiencia pica con el misterio, ¿para qué privarnos de explotar este cebo fantástico?”, Tele-5 dixit. La Cadena que más sabe de realitys y de cómo fabricar espectáculo y entretenimiento. Acaba de ser presentado hace dos semanas su esperado producto fantástico, alineado con las series de Antena-3, con las que felizmente ya no compite en la misma noche y a la misma hora.

 

Ángel o demonio es un descarado intento de subirse al carro de ese reciclaje de vampiros de diseño adolescentes, que tanto furor hace en las pantallas grandes, llamado la saga Crepúsculo. Sofisticación e historias del bien y del mal, enfrentados en registros de alta comedia, es decir, entre clases adineradas y elegantes. Quizás el mayor acierto de la serie patria radique en la traslación del universo vampírico al del satanismo. Aunque no es un tema nuevo en la gran pantalla (La semilla del diablo, El corazón del ángel, La profecía, El día de la bestia, El exorcista… resultan tan célebres, debido a su alto voltaje demoníaco), sí lo es para una serie televisiva de producción hispánica. En el país que inventó la Inquisición, el diablo ha sido un convidado muy alabado desde siempre, y sin embargo -salvo Goya- pocos testimonios artísticos ha dejado el satanismo en la fundamentalista católica España. Quizá, por tenerlo demasiado cerca.

 

Ángel o demonio gravita entre las formas en que puede hacerse el mal, y la conducta protectora de los ángeles. Toda una dialéctica muy posible como material dramático. Las situaciones barajables son múltiples, y conducidas con astucia, olfato, y valentía para entrar en ciertos temas y oscuros cultos, podrían dar de sí mucho espectáculo fantástico. Pero no parece ser ése el rumbo que vaya a tomar esta serie. Si el primer capítulo planteó una tensión narrativa excitante y atractiva potencialmente, en el segundo ha decaído mucho la fuerza de la presentación, desapareciendo casi todas las iniciales sorpresas, en favor de un conjunto de tramas múltiples, que no quedan resueltas por entrega.

 

La elección de sus intérpretes tampoco resulta su mayor acierto. Sólo los dos ángeles, Natael (Manu Fullola) y su involuntaria aprendiz Valeria, (Aura Garrido), parecen estar a la altura de lo que se le exige a unos protagonistas. Lo  mejor de una serie con diablos tienen que ser los malos; si no, que se lo pregunten a Disney. A Mar Saura, ( por muy sofisticada y bella que resulte, y por muy bien que luzca las joyas y los trajes, le falta enjundia actoral para fascinar como La malísima, más allá de sus bien trazadas curvas. De los diablos masculinos, mejor no hablar; casi no existen. Y eso que el más joven de los diablillos en prácticas ha sido elegido, porque le da un cierto aire al vampírico y andrógino Robert Pattinson de la originaria saga Crepúsculo.

 

Viendo como está de adolescente el mercado televisivo de la noche, (cotiza a la baja), los productores de Ángel o demonio deberían comenzar a preocuparse de que las carnadas más apetecibles de su serie, resulten una actriz de 35 (Saura), y un actor de 32 años (Fullola), que además interpreta a un ángel, y que aparece escasamente en cada entrega. ¿Será ésa la razón por la que la mayoría del reparto de esta serie ha sido elegido con ojos claros?; ¿pensarán que así idealizan a los sobrenaturales ángeles, los morenos pueblos hispánicos?; ¿o será porque vende mejor la etnia anglosajona en nuestras pantallas, y nuestros actores deben parecer norteamericanos? Consolémonos con que el morenito lobezno de ojos oscuros de la saga Crepúsculo, Taylor Lautner (mañana cumple 19 años. ¡Felicidades!) haya superado en expectación y cotización al blancuzco y paliducho Pattinson (24 años), a pesar de su piel de diamante.   

 

En cualquier caso, desde este rincón bitacorero de testigo televisivo voluntario, que regenta y redacta Faba, son bienvenidas estas tres series de televisión a fantasía, con pretensiones de entretener a la audiencia, ofreciendo a sus ojos lo invisible, con su estimulante perfumes de sangre y carne tierna.