La tempestad

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Pienso en el Llobregat teñido de sangre; en las Ramblas tomadas por las ranas, en el Camp Nou infestado de piojos; en el Parlament invadido por la CUP. Imagino el granizo, el  fuego y las tinieblas...

 

Ha dicho Puigdemont tras el veto de la CUP que se marca un punto de inflexión, y que pasarán cosas graves. Cosas graves en la idiosincrasia del procés, se supone. Igual teme el President que se les vaya a caer el cielo sobre sus cabezas. Otra cosa no parece preocuparle demasiado a ese Govern. Por ejemplo la deuda. Aunque la deuda rebotaría en ese vergel capilar de Puigdemont. Yo no sé qué cosas graves pueden pasar en Cataluña. De la frase se deduce que nada grave ha pasado hasta el momento, por lo que a uno sólo se le ocurre acordarse de las plagas bíblicas. Pienso en el Llobregat teñido de sangre; en las Ramblas tomadas por las ranas, en el Camp Nou infestado de piojos; en el Parlament invadido por la CUP. Imagino el granizo, el  fuego y las tinieblas, y a Puigdemont, como a Pablo Iglesias o como a Yul Brynner, con los brazos en jarras en su palacio gótico asistiendo impotente al paso de las maldiciones. No imagino a los del procés cejando en su empeño. Sí, en cambio (no hace falta imaginárselo), tomando los carros en persecución del español (lo último que se ha visto ha sido también la persecución y la agresión de los españoles en las calles, a plena luz del día), que es lo que se ha estado haciendo desde el origen de los tiempos del procés, un término mitológico y sin embargo tan común como el calçot. En Cataluña se habla con familiaridad del procés como si se pudiera hablar familiarmente, como adultos provistos de todas sus facultades, del escudo de quien hizo a Próspero el Mago y le dio por criados a Calibán y a Ariel. Una cosa provinciana en el buen sentido, por supuesto, y también cosmopolita, mítica, animada, modernista, alegre, elevada y hasta sicalíptica. Cosas graves, dicen. Yo ya me estoy riendo de lo que significaba un punto de inflexión.