La terraza indiscreta

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Desde mi atalaya observatorio de quinto piso, observo con mis prismáticos el panorama nocturno en torno a las diez de la tarde. Gracias a la caída de la luz solar, cada terraza, balcón o ventana se enciende como una crisálida de luz con sus animalillos dentro. Los campos de visión son múltiples y aleatorios, pues deben dominarse desde este punto elevado más de 300 ventanas  y  terrazas, pero podrían reducirse a 3 flancos:  un  antiguo bloque  de apartamentos de 3 plantas de las que puedo observar sólo las 2 superiores; una serie de edificios trillizos de 12 plantas: y en el lateral un bloque de 10 plantas, con unos locales comerciales envidiables pues no cierran ni de día ni de noche.

 

En los apartamentos antiguos, los fines de semana pueden divisarse extrañas comunidades de habitantes. En la superior derecha habitan 3 hombres maduros sin compañía de mujeres. En la inferior, un cuarentón barrigudo y rapado con pinta germánica, se hace acompañar por 2 mozalbetes que tienen la mala costumbre de pasear completamente vestidos por el cuarto, mientras el mayor lo hace en calzoncillos. En  la 2ª planta  encuentro a la pareja más interesante. Ella es una rubia madura y onerosa, teñida y  brillante, y el muchacho de calzón larguísimo -como de raso blanco- muestra el mejor torso desnudo de la noche. Juvenil, agresivo, caliente, como un garabato de gimnasio que se alza de la cintura de sus pantalones brillantes, para elevarse en una arrogancia sexual de machito caliente siempre dispuesto a recibir una mamada.

 

En la casilla 3D del primer bloque de pisos de las tres torres hermanas se celebra una cena por partes, sólo un caballero y una dama que entra y sale de la terraza luciendo diferentes trajes. La 5G es el cuarto de un niño, lo delatan  los  móviles colgantes de techo y  paredes con formas de animales. El niño debe tener como 12 o13 años y pasa el tiempo convertido en silueta melancólica que mira a la calle. Puede esperar, tiene toda una vida por delante.

 

Cuanto más altos son los pisos, menos visión ofrecen al buitre del quinto piso que mira tras estos prismáticos. En el bloque de al lado, prácticamente la 2ª planta es la única que ofrece vistas suculentas. En el 2D una pareja de hombres treintañeros danzan su desnudez todas las tardes al regreso de la playa. El ir y venir desde la ducha a la cena, o a la sesión de prueba de vestimenta, va mostrando un catálogo de posturas anatómicas de lo más completa. Torso bronceado depilado de gimnasio en todas las poses. Y aunque son dos, siempre hay uno que hace de público y otro de modelo en pasarela; por  supuesto, el más joven de la pareja.

 

En el 2E una señora madura, con peso en hombros y espaldas -prácticamente una silueta cansada- apoya todo su cuerpo a través de los brazos en la baranda. Contrasta con el dinamismo luminoso del joven semidesnudo que en la casilla correlativa a la suya -por la izquierda- no para de cimbrearse bajo el foco de la lámpara. ¿Recibirá alguna energía la señora cansada, de lo que está sucediendo al otro lado de su tabique? ¿Se asomará precisamente a estas horas, porque intuye que de la casa de al lado, sale un chorro de alegría juvenil de veraneantes en tránsito?

 

En la casilla 2H, aparece iluminada una cocina. Sobre el fondo blanco y liso de la pared se recorta la silueta de una hermosa y redonda muchacha. Lleva un top de color violeta brillante, quizás seda o terciopelo, que resplandece bajo la luz verdosa del tubo fluorescente. Sus hombros morenos y torneados, así como sus  pechos prominentes, lucen un bronce gitano que hace resaltar su larga melena rubia. Hay algo fascinante en el paisaje cambiante de una mujer con pelo largo. Ella se peina en la cocina mirándose en algún espejo cercano, gozando de la hermosa imagen que fabrica sobre el cristal de mercurio. Cepillarse el pelo es para ella un placer superior al de masturbarse. Primero se hace una cola de caballo, y se la recoge. ¡Ay que ver como cimbrea esa cola de cabello, girando como un látigo alrededor de su joven cabeza hermosa! En primer plano por la izquierda se dibuja la silueta de su hombre. Parece estar orinando, pues lleva mucho tiempo pegado a una pared, completamente inmóvil, de espaldas a su compañera. Cuando el galancito comienza a moverse por el espacio resulta perturbador. Serio y en calzoncillos azul marino, sin reparar en la Venus de Botticelli que tiene en el cuarto. Debe ser que él se siente como mínimo el hijo de Zeus, porque aunque no sea un atleta, sí representa por sí solo a toda la masculinidad española cuando tiene en torno a 25 años. Mientras ella se hace un moño a lo Grace Kelly con su dorada y bailante cola, el mozo -que había  salido de cuadro- regresa con vaqueros puestos y el torso al aire. Luce un poquito de vello ibérico en la raya del pecho, y por el ombliguillo le corren las hormigas velludas hasta la hebilla del cinturón del vaquero. Tampoco vuelve a reparar en la ninfa de peinado cambiante con la que comparte el veraneo, el cuarto, y probablemente la vida de este tiempo. El joven despechugado parece empezar a reunir a productos comestibles sobre una bandeja, pues mira permanentemente hacia abajo. Cuando la tiene completa, hace mutis por la derecha y desaparece de escena.

 

En la casilla 2E la señora mayor sigue en sombra fija, quieta como una estatua. ¿Se habrá serenado, dormido o muerto? En la 2F el mozalbete caducado de 30 va por la prueba de la 7º camiseta ante su amante, quien se ha sentado en el borde de la terraza, y lo contempla como si su cabeza fuera una maceta. En los apartamentos de enfrente, el niñato del calzón blanco de raso ha desaparecido de la escena luminosa que protagonizaba. Queda un resplandor en el salón de ventanas abiertas. ¿Estará ya follándose a esa rubia gorda y puretona que parecía su madre? En las torres trigonométricas, la Doctora Amor del Sol se ha sentado con su amigo gordifludo, definitivamente con un traje rojo pasión, y se prueba una gorra de béisbol negra, al tiempo que acaba una copa, mientras su invitado sigue masticando el postre. En la 5M hay un grupo cenando en una terraza. Espaldas macho cruzadas por tirantes negros, mujeres en blusilla sin mangas, y algún que otro porcino caballero en camiseta zurraesposas imitando a Stanley Kowalsky. El niño de doce años sigue afinando su mirada kilométrica, contando aviones que despegan en el cercano aeropuerto, suspendida su silueta como una más entre sus móviles de animales colgados. La noche avanza, el calor también se alimenta y como la luna va creciente.

 

En giro de noventa grados, los prismáticos se detienen en la rubicundosa ninfa de los peinados, que está literalmente con el culo al aire, en escorzo hacia la ventana mostrando de frente toda su raja. ¡Qué frutales glúteos de mango y papaya!, ¡qué oscura cerviz separándolas!, ¡qué espectáculo más íntimo contemplado!; y mientras tanto, su machito en flor cenando viendo La Noria. La Venus rubenesca lleva de nuevo el pelo recogido en cola de caballo. Los equilibrios de la joven cimbrean su mata de pelo de lado a lado, como un péndulo. Centímetro a centímetro, y con inusitado esfuerzo, va embutiéndose en un pantalón vaquero de dos tallas menos. La bella da saltitos y tirones extremamente sensuales, mientras sus nalgas van siendo tragadas lentamente por la boca de serpiente del pantalón vaquero. Cuando Venus, al fin consigue ceñirse sus Levis, descubre que la cola de caballo le está latigando la espalda, por lo que decide soltársela de nuevo, para lucir como una Rita Hayworth de la costa del sol a comienzos del tercer milenio. De nuevo se lo cepilla con cumbre sensualidad, con la mirada fija en el mismo punto –el espejo-, como si le hiciera el amor a su hermoso cabello. Fabricaba la tercera cola de caballo de la noche, cuando cruzó el mostrenco de tetillas peludas al aire, como un suspiro por la cocina, sin mirarla. Se dirigía hacia el cubo de basura para tirar las sobras, mientras ella enfilaba la rueda concéntrica de su cabello hasta conseguir su perfecto moño esférico como un satélite de su cabeza. El galancito salió por la izquierda y regresó con una camisa blanca puesta, se echó algo a la boca, bebió un trago de agua, y tocando mágicamente la pared, la casilla 2G quedó completamente negra.

 

Se oyeron unas voces desde lo alto. En la casilla 5Z un hombre maduro de melena cana y descuidada, luciendo sus carnes fofas, hacía aspavientos con los brazos saludando a sus vecinos y a los viandantes, como si fuera una autoridad desde lo alto de una tribuna. Canturreaba y se jaleaba en voz alta, como si hiciera calentamientos. Poco a poco, su verborrea fue descifrable:

 

– ¡Soy la más, más que más, voy a triunfar!,
esta noche voy a ganar, y ya todos lo verán.
Me voy a pintar, me voy a peinar,
me voy a vestir, muy sensual,
voy a ser la más, voy a triunfar…

 

Cantaba sin dejar de mover los brazos como lo hacen las vedettes. La noche calurosa se iba llenando de bocinas de los atascos. Alguna voz que otra se oía distante, retumbando desde cualquier ventana abierta. (Los perros ya no ladran más que en el interior de los apartamentos; pasaron a mejor vida los callejeros.) Los ojos cuadriculados de los edificios cercanos, seguían despiertos, encendidos, abiertos y dispuestos a que cualquier mirada cuidadosa, descifrara hasta el corazón de sus electrodomésticos.