La toma del Real

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De cómo ser un arte popular sin caer en lo populista; barato y accesible pero caro para alejar a los indeseables. Cada anuncio de nuevas temporadas es el anuncio de una convulsión interna.

 

Estaba tan seguro de que me empezarían a pedir entradas como se puede estarlo de que un circo, de paso por tu ciudad, acabará ampliando fechas debido a la arrolladora aclamación popular. Es lo normal: por un oído escucho que esto de la ópera es inaccesible y carísimo y, por el otro, si no sobrará un huequín en un ensayo general. A lo segundo siempre respondo que no. Y a lo primero, que si por caro entendemos dar de comer a la gente que lo hace posible, pues que vale: si quieres un teatro, hazte con él. Respétalo, ámalo y apóyalo.

 

Con cada anuncio de una nueva temporada de ópera se nos vienen encima los análisis sobre la programación y, uncido a ellos, el eterno debate sobre cómo hacer de un arte elitista un arte popular, que la gente vaya a llenar alegremente funciones de cinco horas de Wagner. Este desenfreno democratizador ha llevado a que en algún teatro de cuyo nombre no quiero acordarme, y tarifazos jóvenes mediante, algún avezado espectador se sacase un abono y, varios manejos después, acabase viendo la función en la segunda fila y con noventa euros más de los que tenía al empezar en el bolsillo.

 

Entre las más recientes de estas catarsis programáticas se cuentan las del Teatro Real para 2014-2015 y De Nederlandse Opera, ambas producidas este lunes. La segunda, para empezar, ya ha cambiado algo: su nombre. Ahora se llama Dutch National Opera, una pista sobre su imparable internacionalización y, por tanto, especialización.

 

En algún foro sigo desmemoriado un lector comparaba ambas propuestas sin más, sin considerar que Pierre Audi, por ejemplo, lleva dirigiendo la flamante ópera (anglo) holandesa desde hace 26 años y Joan Matabosch, por su lado, unos 26 segundos el coliseo madrileño. Pero si quieremos jugar a esto, juguemos: en Ámsterdam se verán trece óperas, de las cuales ocho son nuevas producciones y cuatro están dirigidas por su director artístico. En Madrid, serán diez títulos, con dos nuevas producciones y varios estrenos en el teatro (como la famosa Death in Venice de Decker, defenestrada en su día por Gerard Mortier), amén de dos estrenos mundiales, como gustaba de colgar en su calendario el ya ex director belga.

 

En lo respectivo a los títulos en sí, todo apunta a que más de un espectador cabreado no ha logrado superar el impacto de ver colgado en el sitio del Real el infausto nombre de Verdi, y de esa zarzuelilla menor llamada La Traviata. Así, no: no a los hits, sí a óperas de Händel con aderezo de Berg (en efecto, este año cae Lulu en la tierra de los tulipanes) y Schönberg (Gurre-Lieder, un oratorio escenificado por primera vez en la historia).

 

Lo cierto es que el diseño de Audi, a ojos de cualquier aficionado o profesional, hace la boca agua e invita a la mudanza inmediata a Ámsterdam, por poco lucidos que estén los artistas e inspirados los directores. Y así llegamos al meollo circense del asunto: ¿cuántos aficionados de Madrid, o de los que esperaban saber qué programa el Real, serían capaces de unir las obras a sus compositores? ¿Tararean a Berlioz en la ducha? ¿Planchan con Rossini? ¿Silban a Berg cuando van a por el pan?

 

Existe en cierto sector del público madrileño (y español) una determinada necesidad de vanguardia forzada, de calzar a Stravinsky o a Prokofiev o a Mussorgsky donde y como sea para purgar el placer oculto que les produce ver una Aida o un Turandot à la Met, a lo bestia, con sus trajes y sus oros y sus cosas. Barcelona tiene un complejo menor en este sentido, quizás movida por la conexión wagneriana, quizás movida por una afición asentada y adulta que no se sonroja ante el placer culpable de otra Tosca.

 

Con que el aterrizaje de este espíritu en Madrid, menos acomplejado, más natural, de la mano de Matabosch ha perfilado una temporada del Real quizás mediática, pero que si yo tuviese hijos abrazaría con ganas para meterlos en este mundo: el mejor Mozart de primero, un Donizetti de segundo, una de las mejores óperas de Britten y del siglo XX para seguir, Gounod, ¡Hänsel y Gretel!… Espolvoreado sobre todo ello, los nombres de Carmen Maura, Agatha Ruiz de la Prada, Woody Allen (!) o Plácido Domingo. Pero también los de Peter Sidhom, Paul Daniel, Ivor Bolton, Laurent Pelly, Willy Decker, David McVicar o Sonya Yoncheva.

 

Esto sumado a un programa de apertura y colaboración con muchos tentáculos, de los que hacen que uno se tropiece con los Britten o los Humperdinck o los Verdi por la calle. Ese parece ser el pilar y eso tiene poco (por no decir nada) de censurable. Quizás viajen menos entendidos que a ese Ámsterdam de inmaculadas joyas, pero quizás, después de todo, acaben siendo los propios madrileños entendidos y no tanto los que por fin empiecen a saborear lo que pasa en medio de su propia ciudad. Quizás antes de colgarle al Teatro Real identidades vanguardistas como adornos a un árbol de Navidad, haya que colgarle el «de Madrid» que tan bien le sienta. Lo demás ya vendrá.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.