La torre herida por la luz

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La torre es arquitectura que se ha puesto de pie. Lo cuenta Juan Eduardo Cirlot en su imprescindible Diccionario de símbolos. El ser humano se asemeja más a los árboles que a los animales, que suelen desplazarse en horizontal. Por esta verticalidad compartida, las torres y las personas son hermanos, no hay más que ver dónde se sitúan sus ojos, y por donde resuena el campanario de su cerebro.

 

La torre es una escalerilla que se eleva, uniendo la tierra con el cielo. Una suerte de antena, (similar a los capirotes en punta, de magos, brujas y penitentes), por la que se emite una plegaria hacia inastancias más altas. Desde los egipcios, las torres han representado la elevación espiritual; eso sí con fuertes cimientos inyectados en la tierra.

 

Cada jardín es en sí mismo una residencia del espíritu. ¿Cómo no iba a tener la Huerta del Retiro su propia torre mística? Como corresponde a este insólito jardín, el único requisito que se le exigía a la torre representativa, era que fuese traslúcida. Si iba a ser en cierto sentido un Faro guía, debía emitir luz, o dejarse al menos atravesar por ella. La residencia en las torres comporta un proceso de metamorfosis constante, siempre subiendo y descendiendo, como símbolo absoluto de la supervivencia. Por eso, la torre herida por el rayo, resulta tan catastrófica; es nuestra propia vida la que está en peligro. 

 

Que este expositor de bolsas de caramelos, rescatado de la basura de una tienda, fuese además de plástico rojo, le convertía en un candidato idóneo para el puesto. Fue el primer objeto traslúcido con un color intenso que ingresó en un jardín que tendía a ser transparente, por encima de su numerosa colonia de piedras. 

 

Siempre se ubicó la torre roja en el centro de la terraza de babor de la Huerta. Lucía mejor, elevándose de las losas y las tiras de granito, amontonadas a los pies de la barandilla de hierro, pintada de verde mayo. Las dos cintas negras que flanquean la torre son los remates de goma de un cristal doble, apoyado sobre la barandilla metálica, y a través del cual se obtuvo este retrato de la torre luminosa. A la derecha un experimento de tiesto, con un tallo de hiedra plantada en media botella de aceite -invertida como una copa- que a su vez reposa en un bote de vidrio de conservas vegetales.

 

La torre de luz del Retiro está rematada por una suerte de frontón metálico invertido, que deja la torre mocha en lugar de apuntada. Se trata de un servilletero de aluminio, rescatado también por Faba del comedor del Hotel Platanus de Budapest, donde parecía sentirse inservible. Un telón de tejas viejas sirve de forillo a esta panorámica.