San Juan cuenta que Cristo, el Logos divino encarnado, fue rechazado por los suyos, y su suerte en el mundo desde entonces choca con la tozuda realidad de la injusticia que se apodera del mundo ante el aparente silencio de Dios, de los que nuestros tiempos son tristemente testigos.
Un ejemplo elocuente se encuentra en la figura del filósofo romano Ancio Manlio Torcuato Severino Boecio (480-524), autor de una obra célebre titulada La Consolación de la filosofía. Exiliado en Pavía, donde esperaba su enjuiciamiento y muerte por crímenes que no había cometido, el autor es asistido por la Filosofía, una dama de «rostro sereno y majestuoso» que le visita en su celda para infundirle ánimos y traer a su memoria la verdadera finalidad de la vida. Juntos reflexionan sobre el lugar de la fortuna y los bienes, la libre voluntad del hombre frente a la presciencia de Dios, por qué Dios permite que haya tantos males en el mundo, y el bien supremo que es el conocimiento de Dios.
Se trata de un camino filosófico, no teológico, ni siquiera cristiano, hacia el conocimiento de Dios, basado en la razón, una obra portentosa a la luz de la circunstancia personal de un reo de muerte que esperaba la tortura y la ejecución, que nos llena de asombro y admiración. No es probable que la argumentación del libro, al estilo de los diálogos platónicos con sus constantes digresiones, nos sirva de consuelo hoy, aunque su lectura, que tuvo un influjo decisivo en el cristianismo de la Edad Media, nos puede aportar, sin duda, mucho bien.
Particularmente poderoso es el alegato de Boecio contra la pasividad de Dios:
«En cuanto a mí, me he visto privado de mi fortuna, arrojado de todos los cargos, manchada mi reputación; y todo por hacer el bien. Paréceme contemplar los sacrílegos antros de los criminales desbordantes de alegre júbilo; a hombres viciosísimos tramando nuevas intrigas, mientras las gentes honradas se ven abatidas, atemorizadas por el riesgo de una aventura trágica; los criminales, amparados por la impunidad, se lanzan a perpetuar nuevos crímenes, alentados con la esperanza del premio que les aguarda. Al tiempo que el inocente no solo no puede contar con su propia seguridad, pero ni siquiera puede defenderse» (Libro I).
«Pero lo que más me apesadumbra es que, aun cuando haya un ser supremo lleno de bondad, que todo lo gobierna, pueda existir y quedar impune el mal en el mundo… Que esto suceda en el reino de un Dios que todo lo puede, que todo lo sabe y solo quiere el bien, es lo que suspende el ánimo y nunca se lamentará bastante» (Libro IV).

La perplejidad de Boecio refleja un sentimiento universal ante la adversidad. ¿Dónde está Dios cuando se sufre? ¿Por qué no interviene para prevenir el mal? ¿Existe Dios?
Boecio no fue el primero en denunciar el silencio de Dios. El epónimo protagonista del libro de Job, el libro más antiguo de la Biblia denunció la pasividad de Dios en términos inusualmente amargos y contundentes:
Si azote mata de repente,
Se ríe del sufrimiento de los inocentes.
La tierra es entregada en manos de los impíos,
Y él cubre el rostro de sus jueces.
Si no es él, ¿quién es? ¿Dónde está?
(9:23-24).
¿Qué respuesta se puede dar? La presencia de Dios es una quimera, y sus palabras meros juegos de espejos?
Conviene considerar la relación entre la palabra (logos) y las palabras.





