La Trapa

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Abadía de Nuestra Señora de Viaceli en la primera luz del día

Diferencia fundamental. Hay una diferencia fundamental entre Cantabria y Castilla-La Mancha, especialmente el corazón de La Mancha. En estos pueblos santanderinos pueden seguir elaborando en verano los famosos sobaos pasiegos, porque en estas benditas latitudes la temperatura es fresca y la mantequilla aguanta, no como en Arenales de San Gregorio, verbi gratia, donde enseguida la mantequilla se enrancia por los grados del tan tórrido periodo.

En estos tiempos convulsos en los que yo ya no escribo a mano más que la lista de la compra, todo ciñéndose al block de notas del teléfono móvil, al iPad o tableta, y al ordenador, sigo asistiendo, sin embargo, a las hospederías de los monasterios para descansar unos días entre sus muros vetustos.

En esta ocasión he escogido para mi estancia la Abadía de Nuestra Señora de Viaceli, en Cóbreces (Cantabria), habitada por una veintena de cistercienses, por otro nombre trapenses, donde casi todos los monjes cumplen una muy avanzada edad. El entorno es magnífico. En el verano la temperatura es suave, preciosas las calas marítimas, feraz un suelo ramoneado por el voraz apetito y la dicha serena de caballos y vacas.

El cisterciense, o trapense, más célebre es sin duda el egregio escritor Thomas Merton, autor de una copiosa y sumamente atractiva obra que no solamente aborda temas religiosos: el amor, la contemplación o esa perentoria necesaria fraternidad con Cristo, a quien Merton llamaba sencillamente hermano, resistiéndose muchas veces a llamarle monárquicamente Señor. De este autor es esta espléndida cláusula: «Nunca se ha dicho nada acerca de Dios que no haya sido dicho mejor por el viento en los pinos.» ¡Olé su gracia poética!. Y es que el ideal del silencio a que aspiraba Merton está cabalmente representado por el rumor del viento. Elocuente silencio, en su no-palabra, ricamente fructífero.

Thomas Merton nunca fue heterodoxo, aceptó la obediencia jerárquica, asumió el voto de pobreza como también el de castidad, aunque fue grandemente enamoradizo. Pero cuestionó algunos detalles de la vida monástica y de la situación de la Iglesia. Su autobiografía La montaña de los siete círculos, nada más publicarse (Merton ya siendo monje en la abadía de Getsemaní en Kentucky, EEUU) fue un best seller. Para ahondar en las numerosas claves emanadas de sus escritos, se recomienda vivamente el Diccionario de Thomas Merton, editado en España por Mensajero.

¿Por qué yo, descreído, ateo, agnóstico, o como se me quiera calificar, acudo a estos sitios? En primer lugar, me parecen alojamientos singulares. Sin ser hoteles, sus edificios se conforman como hoteles de cinco estrellas, con sus esplendorosas ventanas enmarcadas en diseños vistosamente ojivales; sus muros rebozados de llamativos tonos celestes, o elegantemente sobrios en sus valiosos sillares. Aunque en sus interiores domina una grata austeridad, en ocasiones llamativamente espartana. Y el que los huéspedes, alojados en pensión completa por el módico precio de 50 € diarios, tengamos que estar retirados en nuestras habitaciones como mucho a las diez de la noche tras el oficio de Completas, quita a la estancia el insulso carácter de turismo vulgar, obligado a la búsqueda compulsiva de restaurante y a la caza apremiante del ocio nocturno.

Dentro de lo que cabe, de mis límites, de mi escasa capacidad para la fe, la religión protestante me atrae más que el catolicismo. Por su idiosincrasia civil, el rechazo del celibato, la distancia con el sacerdocio, el abominar de jerarquía empeñadamente intermediaria (para el protestantismo, todos sus creyentes son de algún modo sacerdotes, tienen hilo directo con Dios, y la labor del pastor consiste en algo muy diferente a la del cura).

Sin embargo, del catolicismo me atrae la contundente liturgia que exhibe. La puesta en escena de esa liturgia quizás encubra una mentira, una mentira, o una ficción, tal vez hermosa; una plegaria machacona, en definitiva, que esconde una verdad, o la disfraza; verdad que debiera mostrarse más sencilla, más accesible. La mención insistente sobre el pecado la considero innecesaria en cuanto a la debida honestidad para precisar el posible hecho pecaminoso. Menciones llenas de intereses, como otras muchas,  inoculadas de machacón adoctrinamiento. Un monje del monasterio me señala que la alusión al pecado en el monacato y, en general, en la Iglesia Católica es muy excesiva; cargante alusión influida por el abrumador ambiente medieval. Pero en verdad la sensibilidad goza mucho viendo el agradable conjunto estético de los monjes cistercienses ataviados con sus armónicos hábitos, la muy fluyente música del órgano, el bello canto en el pausado latín del Salve Regina.

Creyentes y no creyentes que nos albergamos en las dependencias de la hospedería, intercambiamos sumo respeto y ejecutamos una sana cordialidad durante las comidas, en las frugales conversaciones que discretamente ponemos en marcha al salir de cada oficio, en ese disfrutar del jardín de la abadía en las últimas frescas horas de luz cántabra. Yo no persigo ajustar un perfecto ejercicio de hacer comunitario al venir aquí. Lo mío más bien es un andar solitario entre la gente. Y en esta leve y humilde trascendencia de mi caminar, gozo del suave vino del monasterio y el excelente queso cremoso que fabrican los monjes para sustentarse de su trabajo, como dictaminaban San Benito y San Bernardo, desdeñando el mecenazgo. Ora et labora. “Reza y trabaja” es el lema para aplicarlo al resuelto día.

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