“La tumba de Antígona”: El sacrificio como revelación

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Se está convirtiendo en una tradición no formulada que en los montajes de los grupos extremeños incluidos en la programación del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida aliente, por lo general, una ambición artística superior a la de no pocos de otros espectáculos presentes en el certamen. Eso ocurre con La tumba de Antígona, de María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904 – Madrid, 1991), elegida para cerrar la 68ª edición de la cita emeritense. Una propuesta encabezada por dos decididas zambranistas: Nieves Rodríguez Rodríguez y Cristina D. Silveira. La primera, además de ser autora de un buen puñado de obras estimables –La araña del cerebro, Por toda la hermosura, Lo que vuelve a casa (y otros árboles), Aquí duermen ciervos, La siembra de los números, Libro de la utopía…– , firmó un hermosísimo texto, La tumba de María Zambrano, estrenado en enero de 2018 en el madrileño Teatro Valle-Inclán con dirección de Jana Pacheco, y es una especialista en la obra de la escritora malagueña. Silveira, cuya amplia trayectoria profesional como directora y coreógrafa está íntimamente vinculada a la compañía Karlik Danza-Teatro desde su fundación en 1991, presentó, también en 2018, María Zambrano, la palabra danzante, un homenaje a la pensadora en línea con otros trabajos sobre mujeres relevantes que pusieron el foco en la pintora mexicana Frida Kahlo y la política y ecologista keniana Wangari Maathai.

Ana García en la piel de Antígona (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

La obra de María Zambrano, que fue en 1988 la primera mujer en ser galardonada con el premio Cervantes, es compleja y a la vez luminosa, deslumbrante y difícil por su vuelo metafórico y la hondura de su pensamiento. Primero escribió el ensayo Delirio de Antígona, publicado en 1948 en la revista cubana Orígenes, al que luego dio forma dramática en 1967 con el título definitivo de La tumba de Antígona. La figura de la princesa tebana fascinó tanto conceptual como personalmente a Zambrano, que vivió un proceso de identificación con la criatura a la que Sófocles insufló vida hace veinticinco siglos: la muerte en 1946 de su madre, a cuyo entierro en París no pudo llegar desde La Habana por problemas burocráticos, las torturas sufridas a manos de los nazis por su hermana Araceli, cuyo esposo fue fusilado por el régimen franquista, y otras desgracias del exilio hicieron de Antígona para la escritora una suerte de espejo y corazón fértil en el que latían las tensiones, el horror, la crueldad y el sinsentido de unos años oscuros.

Como escribe María José Santiago Bolaños en la introducción a la obra (Alianza, 2019, que es la edición que he manejado): “Si podemos mostrar un detonante biográfico en el proceso creativo de La tumba de Antígona, si la circunstancia es terrible en su identificación, María Zambrano es capaz, sin embargo, de trascenderla y concebir un verdadero tratado filosófico sobre la urgencia de un compromiso ético por la paz. Una paz que será verdadera si el perdón requerido para ella no es olvido, sino justicia”. Unas palabras muy pertinentes hoy y, desgraciadamente, casi en cualquier época.

Camilo Maqueda (Creón) y Ana García (Antígona) en un momento de la función (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

María Zambrano concita en un diálogo con la protagonista a varios personajes de la obra de Sófocles a quien refuta desde las primeras líneas del prólogo que escribió para su pieza, una referencia preciosa para vislumbrar la profundidad de las raíces y las claves de su pensamiento, sus hallazgos, la radical originalidad de sus planteamientos y sus preocupaciones filosóficas. “Antígona, en verdad, no se suicidó en su tumba, según Sófocles, incurriendo en un inevitable error nos cuenta”, escribe la pensadora y así, sitúa la voz de la heroína en la profundidad de la tumba donde ordenó enterrarla viva Creón, un no lugar acuciante, un espacio mental suspendido en una zona indeterminada, ni en la vida ni en la muerte. De esta forma, la hija y lazarillo de Edipo recibe a diversos personajes de la tragedia, ya sean vivos o muertos: su padre, sus hermanos Eteocles y Polinices; Hemón, su prometido; Yocasta, su madre; su hermana Ismene; su aya Ana, el tirano que decretó su castigo por haber violado la orden de no enterrar a Polinices…

Es conveniente conocer de antemano el argumento de la obra para no perderse en los laberintos del vehemente delirio de esa Antígona que, sabiéndose “nacida para el amor” y “devorada por la piedad”, deambula bajo el volcán de una conciencia que busca el sentido de su destino y lo encuentra en el sacrificio como revelación, un concepto presente en la almendra esencial de muchas religiones y que puede contemplarse también desde los puntos de vista antropológico y filosófico. Señala María Zambrano en el prólogo citado: “El sacrificio sigue siendo el fondo último de la historia, su secreto resorte”; así, la protagonista se libera de la maldición que carga su linaje y se abre a la libre individualidad.  “Mas lo que el sacrificio de Antígona ofrece es la conciencia”, y el fin de ese sacrificio es que “[…]quedase para siempre de manifiesto la diferencia entre la ley de los hombres, la de los dioses y la ley verdadera que se cierne sobre ellas: la ley por encima de los dioses y de los hombres, más antigua que ellos…”, agrega más adelante la escritora marcando un itinerario siempre iluminado por la antorcha de la razón poética.

La estupenda versión que han hilado Nieves Rodríguez y Cristina Silveira es muy fiel al original, que rebajan ligeramente de extensión ajustando con buen criterio este texto complejísimo y muy rico que sirve de base a un bello espectáculo en el que la acción de actores y bailarines se conjuga en enriquecedoras perspectivas paralelas, de manera que lo hablado se duplica en lo danzado estableciendo una suerte de diálogo que prolonga el sentido del conjunto, armonizado por el entonado vestuario de Marta Alonso Álvarez en gamas blancas y negras en las que restallan el rojo de la sangre y el de los uniformes de los fratricidas Eteocles y Polinices. La magnífica iluminación de Fran Cordero se ajusta como una piel a la respiración del texto y la austera pero imponente escenografía de Amaya Cortaire aprovecha coherentemente los espacios del teatro romano. Bien también las aportaciones videográficas de Félix Méndez y Alex Carot, precisas, hermosas y justamente medidas para no invadir la función con un protagonismo postizo.

Silveira coloca a Antígona en la zona de la orchestra, un espacio con el suelo cubierto de ceniza; sobre él, en el proscenio, si sitúan bailarines y actores que, cuando procede, descienden al sepulcro por las grandes losas de mármol dispuestas como escalones y a las que se accede atravesando el dintel formado por dos solemnes columnas truncadas negras de perfil cuadrangular. 

Vista general del montaje en la que se puede apreciar el trabajo escenográfico de Amaya Cortaire (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

La envolvente partitura de Álvaro Rodríguez Barroso y el violín de Aolani Shirin, a veces acariciador y otras punzante, ponen fondo sonoro a este buen montaje en el que el sonido, al menos en la noche del estreno, no parecía estar bien ajustado, lo que tal vez lastrara la interpretación de Ana García, una Antígona omnipresente, trémula o enfurecida, que está mejor en el tono reflexivo que en el grito airado, en ocasiones ininteligible por entrecortado y falto de articulación; igual le ocurre a la harpía encarnada, entre otros cometidos, por Tania Garrido, espectacular en su arácnido lenguaje corporal, pero también indescifrable en sus parlamentos, que parece aullados. A la que sin embargo da gusto escuchar es a Mamen Godoy, que compone un aya formidable en la bonita escena que la reúne con la protagonista. También entonado el Edipo de Camilo Maqueda y el resto de los actores y bailarines.

Esta exigente propuesta concluye, tras reconocer Antígona que el amor es su tierra prometida, con un emocionante testimonio sonoro de la propia María Zambrano: “Al ir dándolo, se fue formando la palabra con su cuerpo, con su peso, con su ser, comenzó a existir ella: la palabra. La palabra ha sido en mí desde el principio, en mi pensamiento y en mi alma, eso justamente, el principio. Porque a la palabra, en verdad, siempre que se la considera, aparece como un prólogo, un prólogo de algo que va a venir”.

 

Título: La tumba de Antígona. Autora: María Zambrano. Versión: Nieves Rodríguez Rodríguez y Cristina D. Silveira. Dirección y coreografías: Cristina D. Silveira. Colaboración artística: Susana de Uña. Composición musical: Álvaro Rodríguez Barroso. Escenografía: Amaya Cortaire. Iluminación: Fran Cordero. Vestuario: Marta Alonso Álvarez. Videografías: Félix Méndez / Alex Carot. Coproducción: Festival Internacional de Teatro de Mérida y Karlik Danza-Teatro. Dirección de producción: David Pérez Hernando. Intérpretes: Ana García, Cristina Pérez Bermejo, Elena Rocha, Lara Martorán, Camilo Maqueda, Mamen Godoy, Tania Garrido, Jorge Barrantes, Simón Ferrero, Sergio Barquilla, José Antonio Lucia, Francisco García y Aolani Shirin (violín) . 68 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro Romano de Mérida (Badajoz). 17  de agosto de 2022.

 

Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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