La tumba de Gregor Samsa

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Marcos Bontempo

El despertar es el momento más delicado del día: uno tiene que retomar la vida donde la dejó la noche anterior y no siempre se consigue. Es lo que le ocurrió a Gregor Samsa la infausta mañana en que amaneció convertido en un insecto. La butaca de cuero, el escritorio, el armario, el cuadro, todas las cosas del dormitorio, permanecían donde costumbre, pero al abrir los ojos él ya no era el mismo que los cerró.

Jamás le había ocurrido nada parecido, ni en sueños. Su existencia transcurría de acuerdo con un orden regular, reflejo de una forma de ser colectiva en la que tanto los sentimientos como la felicidad individual se supeditaban a las obligaciones sociales y familiares. La única excepción, quizá porque le faltaba establecerse sexualmente, era el pequeño cuadro de la dama con visón y manguitos que colgaba de la pared, un capricho que enmarcó personalmente a fin de regularizar también sus reprimidas ansias de aventura. Por supuesto, no se trataba del original. Su sueldo no permitía soñar con semejante lujo. La imagen la había recortado de una revista donde se afirmaba que la dama representada era el arquetipo de la moderna mujer vienesa: “deliciosamente viciosa, encantadoramente pecadora, fascinantemente perversa”. Klimt la había pintado tres años antes, en 1909.

A Gregor le costó aceptar la realidad de lo que vio al abrir los ojos: su vientre abombado segmentado por durezas con forma de arco y una multitud de delgadas patitas saliendo de ahí. Su primera reacción fue pensar que debía continuar durmiendo y concluir el sueño. Interrumpirlo abruptamente había sido una imprudencia. Claro que no estaba soñando: el sonido de las gotas de lluvia contra la plancha metálica del alféizar era la prueba. Tampoco se sentía enfermo. Quizá lo mejor fuera esperar un poco en vez de perder los nervios. Fue al responder a su madre, quien le instó a levantarse, cuando comenzó a preocuparse. Su voz no era su voz. Tal vez si aguantaba otro rato en la cama sus fantasías terminaran desvaneciéndose. Nadie deserta de repente de la condición humana. El temor a perder el tren hizo, no obstante, que cambiara de planes y tratara de levantarse.

Pero no fue fácil. Su cuerpo había cambiado y era incapaz de dominarlo. Cualquier acción provocaba el desorden de los miembros. Debía tranquilizarse. A fin de cuentas, nadie está libre de padecer una alucinación. Durante aquella noche llena de sueños turbulentos debió de caer en alguna trampa mental de la que ahora no sabía escapar. Se le ocurrió entonces abrir la puerta y esperar la reacción de la familia. Igual todo estaba ocurriendo únicamente en su cabeza. Pero el plan de mover el picaporte resultó más fácil de concebir que de ejecutar. ¿Y si pedía ayuda? Entre su padre y la criada seguro que tendrían fuerzas suficientes para ponerlo en pie, aunque al imaginar la escena no pudo evitar sonreírse (¿sonríen los insectos?) pensando en lo grotesco de la situación.

Mientras reflexionaba acerca de sus próximos movimientos llegó el gerente de la empresa donde trabajaba. Aquel hombre parecía haberse presentado en la vivienda para reprenderle por su ausencia y, de paso, insinuar maliciosamente que su conducta podía estar relacionada con la tardanza en entregar ciertos cobros que el jefe le encomendó días atrás. Esto le enfadó. Gregor siempre había cumplido estrictamente sus deberes. Para lo único que jamás disponía de tiempo era para sí mismo. No obstante, entendía que su tardanza era difícil de justificar. Estaba seguro, en cualquier caso, de que cuando se conocieran sus dificultades para desplazarse con la nueva apariencia nadie daría crédito a lo que acababan de escuchar. Que al asomar su cuerpo a la sala provocara la huida despavorida del gerente, el desmayo de la madre y la violenta reacción del padre, turbado con el tamaño de la inesperada criatura que surgió tras ella, pone de manifiesto la dificultad que para él mismo tuvo que representar reconocerse en su nueva condición de insecto a escala humana.

No es preciso decir lo que le costó acostumbrase a la nueva situación. La transformación no había sido completa. Aunque aparentemente se trataba de una regresión a una forma de vida menos compleja, la conciencia seguía allí. Esto dificultó las cosas, pues primero necesitó que su cuerpo y su alma volvieran a acoplarse y después tuvo que asumir que su organismo hubiera perdido la sintonía con la realidad social que hasta entonces había identificado con la realidad. Desde pequeño algo de él se había resistido a encajar en el mundo, pero aquello era demasiado. Una cosa es sentirse un bicho y otra serlo de veras. Sus circunstancias concretas no permitían presagiar nada por el estilo. Tras años comportándose como se esperaba de él lo normal es que hubiera aprendido a integrar cualquier faceta de su personalidad, incluidas aquellas que había reprimido. Algo oníricamente excepcional debió de pasar aquella noche para que sus monstruos personales no se disiparan con la luz del Sol y convergieran sobre su cuerpo hasta transformarlo en la masa gelatinosa que ahora era. Él, de todas maneras, seguía siendo el de siempre, Gregor Samsa, viajante de telas. ¿Acaso se concentró con demasiada intensidad en sí mismo y, al igual que las ostras, produjo con sus amargas reflexiones la monstruosa perla que ahora era?, ¿o es que llevaba otro ser en su interior que terminó emergiendo a la superficie y relegándole a él a las profundidades de la conciencia? La transformación, con todo, no hizo tambalear su confianza en la vida. En vez de huir y apartarse de la familia, pensó con alivio que ya no tendría que fingir más, pues todo cuanto escondía en su interior había encontrado la manera de exponerse a la luz.

¿Qué pasó aquella noche? Nadie lo sabe. Podemos imaginarlo antes de dormir, tumbado en la cama mirando el techo, absorto en sus pensamientos, el típico carrusel de imágenes sueltas que precede al apagón de la conciencia. Quizá escuchó la voz del sereno o el taconeo de alguna buscona en la calle, pero, demasiado cansado tras otra larga jornada de trabajo, cuesta creer que nada de esto despertara su atención. A medio camino entre la vigilia y el sueño, en ese punto en el que la realidad empieza a desvanecerse, puede que evocara los problemas de la oficina o el encuentro casual en las escaleras con una mujer desconocida que le recordó a la dama de Klimt. ¿Entraría la luz de las farolas de la calle? La posibilidad de que la habitación estuviera iluminada parcialmente introduce en la historia otro elemento de horror, pues significaría que, de no estar dormido, Gregor habría tenido que ver los cambios acontecidos en su cuerpo mientras se iban produciendo. Por suerte no fue así. Su desgracia, como ya dijimos, consistió en ser incapaz de retomar la vida donde la dejó antes de cerrar los ojos, perder su acostumbrada consistencia de hombre para convertirse en algo gelatinoso, inconsútil, invertebrado.

¿Cómo pudo producirse un fenómeno tan extraordinario? Los especialistas no encuentran respuesta. El material inconsciente puede irrumpir en la conciencia causando daños irreparables. Afortunadamente, estamos bien preparados para controlarlo. Sólo los locos son títeres a merced de sus fantasmas. Para lo que no estamos preparados, en cambio, es para una metamorfosis. El cuerpo humano ha evolucionado demasiado. Hay que profesar algún tipo de arcaica superstición para dar crédito a tal posibilidad. Pensemos, por ejemplo, en la licantropía. Otra opción sería la metempsicosis, aunque el requisito indispensable en este caso es morir, sin lo cual el alma jamás pasa a otro organismo. Aunque es inusual que las almas recuerden vidas anteriores, se han dado casos de individuos ilustres con una memoria capaz de remontarse hasta ocho existencias atrás. Claro que lo que le ocurrió a Gregor no puede considerarse metempsícosis. Si se hubiera muerto y después reencarnado en un escarabajo en castigo por la nimiedad de su existencia no habría conservado la conciencia. Además, nunca se desconectó de su humanidad. El pudor con que reaccionaba cada vez que alguien entraba en el cuarto así lo confirma. Los animales desconocen el pudor, viven como si siguieran en el paraíso. Aquel bicho que se ocultaba rápidamente bajo el sillón cada vez que alguien aparecía por su dormitorio tenía que ser por fuerza más que un simple insecto.

Él, por su parte, prefirió no hacerse preguntas que podrían desembocar en una conclusión angustiosa ¿De qué era símbolo aquel cuerpo horrendo?, ¿por qué perduraba su alma de hombre dentro de un organismo que bloqueaba cualquier pretensión de obrar humanamente? Pensar que su caída en la insignificancia era un anticipo de lo que le ocurriría a millones de judíos veinte años después le hubiera resultado insoportable. Claro que ya no podía comunicarse. Transformarse en insecto era ingresar en un orden donde sobran las palabras. Cualquier cosa que intentara decir se convertía en un silbido chirriante, más parecido al zumbido de los élitros que a la voz articulada. Despojado de esta, daba igual que tuviera o no alma, estaba listo para ser barrido cuando llegara el momento.

La reacción de la familia fue, no obstante, mejor y más generosa de lo que se dice. Basta con pensar en el comportamiento de Grete, la hermana. Desde el primer instante se preocupó por su bienestar. Lo primero que se propuso fue mantener en la medida de lo posible las costumbres de la casa. Había que hallar una forma de integrar a Gregor en la normalidad, la vieja normalidad. Por desgracia, tardó en advertir que él continuaba allí. Si lo hubiera sabido desde el principio las cosas habrían sido menos dolorosas. Durante algunos días lo trató como a un animal doméstico, con un cariño distante, no exento de temor y, a ratos, de repugnancia. Así al menos lo interpretó él. Sus padres, en cambio, aunque preocupados, habían dejado de inmiscuirse en sus asuntos y no se atrevían siquiera a penetrar en el cuarto. Grete asumió la tarea de cuidarlo. Y no era tarea fácil: su aspecto le disgustaba, su extraño olor le resultaba insoportable y, cada vez que él hacía movimientos inesperados, no podía evitar dar un respingo. La situación se complicó más cuando ella quiso sacar los muebles del cuarto para facilitarle los desplazamientos. Gregor tembló con la posibilidad. Se aferraba a su pequeño mundo como el viajero sediento se aferra en el desierto al espejismo que lo impulsa a seguir adelante. La madre, prudentemente, propuso dejarlo todo en donde estaba a fin de impedir que perdiera sus antiguas referencias. ¿Era esto lo que le estaba sucediendo sin que él lo advirtiera? Sumido en una nada paradisíaca, Gregor notaba que eran cada vez más infrecuentes los momentos de lucidez. Para dejar claro que estaba de acuerdo con su madre, se encaramó al cuadro de Klimt. Grete comprendió la intención, aunque no pudo evitar que la señora Samsa viera a su hijo bajo aquella apariencia monstruosa. El resultado fue un barullo de gritos, desmayos, idas y venidas que concluyeron cuando el padre, armado con un frutero repleto de manzanas, obligó al hijo malherido con una de ellas a confinarse en el cuarto del que nunca debió salir.

Mantener abierta la puerta de la sala para que Gregor pudiera ver y oír a la familia reunida fue, con todo, una prueba de que seguían considerándolo parte de ella. Verdad que, debido a la fatiga que acumulaban, solían mostrarse poco animados. Los trabajos que ahora debían de hacer para suplir el salario de Gregor apenas les dejaba tiempo para ocuparse de él. Con la reducción del presupuesto hubo que despedir a la criada y contratar a una viuda, una mujer de pelo banco y desgreñado, altísima y huesuda, a la que en ningún momento le extrañó la presencia de aquella criatura a las que los Samsa llamaban “hijo”. Gregor pensaba que la situación económica podría resolverse trasladándose a una vivienda más pequeña, idea que todos compartían, pero: ¿cómo moverlo sin llamar la atención? Que esto se planteara como problema no le hizo ninguna gracia. El resentimiento empezaba a apoderarse de él y, en vez de ver las dificultades, pensó que si no lo hacían era porque estaban mucho más preocupados por el qué dirán que por su bienestar. A fin de cuentas, la cosa era tan sencilla como meterlo en una caja con agujeros a fin de que entrara el aire.

La decisión de la familia para salir del atolladero económico fue aceptar tres huéspedes. A Gregor tampoco le gustó nada la idea, especialmente porque a partir de ese día sus padres y su hermana se trasladaron a la cocina, dejando la sala de estar a los nuevos inquilinos. La lejanía tuvo ciertamente un efecto negativo, pues contribuyó a que fuera perdiendo la identidad humana. Su conciencia se apagaba como una lámpara de gas y sólo volvía a iluminarse cuando alguien la prendía de nuevo. La tarde que Grete empezó a tocar el violín –su sueño de hermano mayor había sido pagarle los estudios en el conservatorio– se sintió nuevamente un hombre. De hecho, llegó a preguntarse si podía considerarse en verdad un animal a la vista de las emociones que sentía al escuchar la música. El entusiasmo, no obstante, le indujo a cometer la imprudencia de abandonar la habitación y dejarse ver por los tres extraños. Como era previsible, a estos no les agradó lo que vieron. Más aún, les pareció un escándalo. “En vista de la repugnante situación que reina en esta casa y familia”, comenzó a decir uno de ellos. Lo que les escandalizaba no era la presencia de un escarabajo del tamaño de un muchacho, sino la situación misma, es decir, la connivencia con ese bicho, el comportamiento de los Samsa hacia él.

Generalmente damos por sentado que cualquier existencia singular puede y debe encajar en las formas sociales establecidas, aunque esto sólo ocurre categórica y absolutamente cuando se trata de existencias mediocres, de individuos débiles que encuentran en el adocenamiento su fortaleza. Gregor no era así y, por eso, su vida resultó al final un fracaso. Los Samsa, ajenos a sus dificultades anímicas, jamás se preguntaron si aquello que le había sucedido a su hijo tenía algún significado. Quienes sí lo hicieron fueron los huéspedes, tres hombres normales y corrientes que quedaron atónitos con lo que vieron: la reencarnación monstruosa de un ser maldito, una especie de castigo, de humillación inexplicable cuyo origen debía de buscarse más allá del orden de las cosas humanas.

El episodio, de todas maneras, fue determinante para el desenlace de la historia, ya que animó a Grete a dar el paso decisivo: por más que les doliera, dijo, había que librarse de Gregor. En honor a la verdad, no empleó ya ese nombre, ni siquiera se refirió a él usando el pronombre, lo llamó simplemente “eso”: “había que deshacerse de eso”. Después de pensarlo largamente había llegado a la conclusión de que aquella criatura gelatinosa y famélica no era ya su hermano. Pero lo era, claro que sí, aunque tan débilmente que cuando el pobre Gregor regresó a su habitación, apenas sin fuerzas debido al hambre (nada de lo que le servían resultaba idóneo para el paladar de un insecto), todavía tuvo lucidez suficiente para pensar que lo mejor que podía ocurrirle a sus familiares es que muriera. Y eso, por cierto, sin darle demasiadas vueltas, como un animal, fue lo que hizo acto seguido.

Marcos Bontempo

El cuerpo exánime lo encontró la asistenta a la mañana siguiente. La familia reaccionó con indiferencia, por no decir con alivio. Se habían quitado un peso de encima. Del mismo modo que al principio les costó admitir que Gregor estuviera viviendo en el cuerpo de aquella criatura, ahora se negaron a aceptar que allí hubiera muerto su amado hijo. Visto retrospectivamente, y esto es lo que se hace siempre que un hecho lo cambia todo, el fallecimiento de Gregor tuvo lugar meses atrás, aquella infausta mañana de domingo en la que, por primera vez, no pudo levantarse para ir a la oficina. Nada de sorprendente tiene, por eso, que los Samsa se desentendieran del asunto y tuviera que ser la asistenta la que se ocupara del cadáver. Todos estaban cansados de la historia. Incluso Kafka, a quien debemos nuestras noticias sobre lo ocurrido, prefirió cerrar el asunto sin relatar el episodio del enterramiento. El problema, para nosotros, es que ya no disponemos del testimonio de los testigos. Habríamos tenido muchas más posibilidades de saber algo si el señor Samsa no hubiera mandado callar a la asistenta cuando esta quiso relatarle los detalles de la operación y, sobre todo, si no lo hubiera hecho con tan malos modos que ella se ofendió y salió de la vivienda dando un portazo para no regresar más, aunque un siglo después lamentarlo es una pérdida de tiempo.

¿Por qué el señor Samsa no quiso saber qué había hecho la asistenta con el cadáver? Sin duda porque ya no lo consideraba el cuerpo de su hijo. En caso contrario, le hubieran cantado el kadish y lo hubieran sepultado debidamente. Los restos de la criatura había que tratarlos como si fueran basura. El problema es que, al margen de lo que pensara la familia, era necesario trasladar el bulto y, llegado el momento, explicar la desaparición de Gregor. Legalmente hablando estaba vivo y, por supuesto, continuaba siendo un ser humano. Los Samsa, como es natural, prefirieron no comunicar nada de lo sucedido a las autoridades. Si estas hacían averiguaciones explicarían que su hijo estaba de viaje en el extranjero o que desconocían su paradero. Pero: ¿y el gerente?, ¿y los huéspedes? Cualquier comentario suyo podía desencadenar consecuencias desastrosas. Es posible que fuera este el motivo por el que decidieron deshacerse del cuerpo discretamente, sin darle importancia, como se hacía con los animales domésticos, cuyos cadáveres se arrojaban al campo o al vertedero municipal, lugar donde también solían acabar los suicidas. Claro que, a la vista de las circunstancias, y dado que nadie podía garantizar que el monstruo no retornara a su fisonomía original, debemos suponer que el señor Samsa dio carta blanca a la criada para que procediera como juzgara conveniente, bien enterrando el cuerpo, bien quemándolo para no dejar vestigios de ninguna clase.

Pero: ¿a dónde lo llevó? Trasladar una caja con un insecto de enorme tamaño a un horno público hay que descartarlo. Si no quería llamar la atención, lo normal es que fuera al cementerio. Que el señor Samsa no quisiera saber nada de los detalles no significa que no hubiera ordenado el traslado a un lugar sagrado. Él era un hombre religioso, como el resto de la familia. Ahora bien, descontado el viejo cementerio (completamente lleno después de que durante cinco siglos fuera el único lugar de Praga donde se permitía sepultar a los judíos, pueblo cuya ley prohíbe destruir las tumbas o trasladarlas), lo razonable es pensar que la asistenta acudiera al cementerio nuevo, igual que hizo la familia de Kafka cuando murió. El problema allí era encontrar un sepulturero que se prestara a romper el hielo con la pala para cavar una tumba donde ocultar aquella inefable criatura. ¿Lo intentó? Yo lo dudo. Para cualquier empleado de la institución habría representado un riesgo, y no sólo desde el punto de vista legal, también religioso.

Cuando la asistenta abandonó la casa de los Samsa sosteniendo con dificultad la caja en la que reposaban los restos del bicho de sus amos probablemente pensó que no merecía la pena molestarse mucho con aquello. Ella no había conocido a Gregor antes de la transformación, quizá ni siquiera creyera que tal cosa hubiera sucedido –evidentemente, sus amos no estaban bien de la cabeza. ¿Encarnarse en un monstruo infrahumano, en un insecto?, ¿cabe imaginar un destino más abyecto, un fracaso más grande?, ¿qué clase de persona tuvo que ser aquel individuo para que algo así sucediera? Estas o parecidas preguntas fueron a buen seguro las que se hizo aquella mujer mientras atravesaba los cientos sesenta y nueve metros del Puente Checo (la vivienda de los Samsa estaba enfrente) y buscaba luego en la deshabitada orilla opuesta alguna zanja a la que arrojar el cadáver e incinerarlo rápidamente. Yo sospecho que el lugar tuvo que estar cerca de donde hoy se alza la capilla de Santa María Magdalena, entonces treinta metros al sur, aunque es difícil hacerse una idea de cómo era aquel espacio, pues la zona fue reformada en 1956 para dejar sitio al monumento de un monstruo mucho más monstruoso, un monstruo con aspiraciones demiúrgicas: Joseph Stalin.

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