La tumba de las sirenas

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Ya nadie cree en la existencia de las sirenas. Todo el mundo las tiene por una superstición, fruto de la ignorancia, el temor o la fantasía de los navegantes. Que lo primero que se nos venga a la cabeza al pensar en ellas sea la famosa estatua de Copenhague —un monumento de bronce, un souvenir, la prueba definitiva de que algo pertenece a otra época— no es ninguna casualidad.

Inspirada en un relato de Andersen, la sirena de Copenhague contempla melancólicamente las gélidas aguas del Báltico desde unas rocas situadas en la bahía del puerto de la ciudad, cerca del palacio de Amalienborg, residencia de invierno de la familia real danesa. Lleva allí cien años. Un rico industrial, entusiasmado con la bailarina Ellen Price, quien había cosechado un gran éxito con un ballet basado en aquel relato, encargó al escultor Eduard Eriksen que la representara en ese papel. Ella se negó a posar desnuda y tuvo que ser la esposa del artista quien lo hiciera, pero la cabeza y el rostro son los suyos. El resultado es una bella muchacha sumida en la nostalgia a las que las piernas, todavía envueltas en un tegumento transparente con forma de cola de pez, no se le han terminado de liberar.

El personaje que popularizó Hans Christian Andersen al publicar en 1836 Den lille Havfrue (La pequeña sirena) perdió su cola de pez, convirtiéndose así en mujer, cuando, enamorada de un apuesto príncipe al que salvó de morir ahogado, consiguió que la bruja del mar le proporcionara un filtro mágico. Naturalmente, la bruja puso condiciones. Si no lograba enamorar al príncipe, él tendría que morir. La única forma de evitarlo sería que ella muriera en su lugar. Pero el príncipe prefirió a otra, una princesa, y la sirenita, desesperada, decidió arrojarse al mar para desaparecer convertida en espuma. No obstante, al abrir los ojos creyéndose muerta, descubrió atónita que se había convertido en una sílfide, un espíritu del aire. El amor la había salvado.

El cuento de Andersen, célebre en su época, y todavía más en la nuestra gracias a la versión edulcorada de Disney, refleja el cambio acaecido durante el siglo XIX en la visión de las sirenas. Estas habían sido imaginadas desde la Edad Media como criaturas marinas, mitad mujer, mitad pez, que vivían en los arrecifes y atraían a los marineros con su voz y sus encantos (encantos aparentes, pues sólo mostraban el rostro, la melena y el pecho, ocultando bajo las aguas la nacarada cola llena de escamas) para hacerlos naufragar y devorarlos a continuación. Los literatos del siglo XIX, entre ellos Andersen, transformaron esta imagen en algo poéticamente más aceptable al fusionar las figuras míticas de la sirena y la ninfa. Estas eran criaturas sin alma que anhelan aparearse con los hombres para garantizarse una vida en el más allá. Su insaciable apetito sexual, equivalente femenino de la lujuria del sátiro, respondía, de acuerdo con la interpretación hegemónica en el mundo cristiano, más a la urgencia de participar en la gloria divina que a la búsqueda morbosa del placer físico. Lo que hicieron los autores decimonónicos, imbuidos de romanticismo, fue relacionar la capacidad seductora de las sirenas con la ninfomanía y despojarlas de su mortífera voracidad. De monstruos antropófagos, que se servían de la música y la belleza como señuelo erótico para atrapar a los hombres, pasaron a ser criaturas excluidas del plan divino obsesionadas por encontrar, a través del amor, el camino de la vida eterna. El problema es que la única forma que conocen de seducir a los hombres es rendirlos eróticamente, algo que lleva aparejada su perdición, pues el abismo de la lujuria comunica directamente con el infierno. Las sirenas, en consecuencia, siguieron siendo criaturas peligrosas, aunque no en el sentido de la supervivencia física de las víctimas, sino de su destino en el más allá. Ciertamente, no fue el caso de la sirenita de Andersen, dispuesta a sacrificarse por su príncipe, pero sí el de otras variantes coetáneas, menos interesadas en hacer el bien que en conseguir sus propósitos. Recordemos que el siglo XIX, preámbulo de la liberación femenina, fue la época gloriosa de la femme fatale, la mujer fascinante que usa su sexualidad como instrumento de poder.

Los especialistas sostienen que el precursor de este cambio en la concepción de la sirena fue un escritor barroco español, Tirso de Molina, creador en el siglo XVII de la figura de don Juan. Yo no me atrevo a afirmarlo, pero si fuera así se trataría de una coincidencia muy significativa. Por un lado, el seductor despiadado que destruye la reputación de las mujeres; por otro, la seductora sin alma que destruye a los varones arrastrándolos a la perdición. El drama que da vida a esta es La ninfa del cielo. Su protagonista, la condesa de Valdeflor, deshonrada por el duque de Calabria, decide echarse al monte y asesinar hombres en venganza por su doloso comportamiento con las mujeres. Aunque Tirso atribuye a la condesa rasgos típicos de las sirenas y las ninfas, puede que la conexión con ellas sea manifiesta sólo para nosotros que conocemos la posterior evolución de ambos mitos en el imaginario europeo. Por la misma razón, los lectores de la novela negra sueca actual también podrían advertir en el texto de Tirso rasgos típicos de esas heroínas escandinavas contemporáneas que, asumiendo el papel de vengadoras clandestinas, hacen pagar muy caro a los abusadores sus excesos con las féminas. En cualquier caso, para él, como para nosotros, las sirenas eran híbridos mitad peces, mitad mujeres, algo en lo que discrepaba de los poetas de la antigüedad, a quienes tampoco podemos dar demasiado crédito, por mucho que fueran ellos los primeros en ocuparse de relatar su historia.

Y es que nadie puede decir a ciencia cierta cómo eran las sirenas. Quienes tuvieron el infortunio de tropezarse con ellas no lo contaron y el resto habla de oídas. El único que realmente podría haber dicho algo, el astuto Ulises, oyó su canto, pero no pudo verlas. Los griegos daban por sentado que eran híbridos de pájaro y mujer. Así aparecen representadas en mosaicos y piezas cerámicas. En algunos vasos corintios tienen incluso brazos en vez de alas, algo lógico si, tal como parece, tocaban la lira y la flauta. La transformación de criaturas aéreas en criaturas acuáticas se produjo tras la caída del Imperio Romano, en una época en que los mares volvieron a ser peligrosos debido a los piratas y a la inseguridad de las costas. Los eruditos, convencidos de que las cosas que acontecen en la historia tienen que ver más con los materiales que ellos estudian que con la vida de los seres humanos, sostienen que el declive del paganismo y el consiguiente olvido de los mitos llevó a confundir la figura de las sirenas con la de Escila, una hermosa ninfa que fue convertida en monstruo marino con torso de mujer y cola de pez de la que emergían seis feroces fauces de perro. Escila moraba en una de las orillas de un estrecho paso (al otro lado lo hacía Caribdis, otra criatura igual de inquietante) y era una amenaza para las embarcaciones que, empujadas por las corrientes, tenían a la fuerza que acercarse a la una o a la otra. Pero al margen de las teorías de los sabios, parece natural que a los monstruos vinculados al mar se les asignara rasgos de los seres acuáticos. Es la perspectiva griega la extraña. Basta para comprobarlo con contemplar un cuadro de Arnold Böcklin: Las sirenas (1873). Nadie ha sido nunca tan fiel a la descripción helénica. La pintura representa a dos sirenas perfectamente conscientes del horror de sus extremidades inferiores. Encaramadas en un escollo y parapetadas tras una roca que impide verlas de cuerpo entero, muestran a los tripulantes de un velero aquello que saben que puede atraerlos y ocultan lo que, sin duda, les horrorizaría: medio tronco de ganso y unas repugnantes patas de gallina. En el suelo, a su espalda, descarnados como si los hubieran roído varias veces, yacen un montón de huesos y tres calaveras, vestigios de un antiguo festín. Igual que las gallinas entre sus excrementos, ellas viven sobre los despojos de sus víctimas, una costra sedimentada de restos calcáreos que brilla siniestramente a la luz del sol.

Arnold Böcklin, “Las sirenas” (1873)
John William Waterhouse, “Ulises y las sirenas” (1891)

Menos fiel, pero también en la estela griega, es la imagen de John William Waterhouse en Ulises y las sirenas (1891). Aunque las representa como águilas con cabeza de mujer, el pintor se apartó del texto homérico al hacer que un grupo de siete sirenas aladas sobrevuelen el barco de Ulises. Que se sepa, las sirenas jamás abandonaban su escollo. Atraían a las naves con su canto y esperaban a que estas chocaran contra los arrecifes para apoderarse de los náufragos. Téngase en cuenta que su poder nunca radicó en su aspecto, claramente monstruoso, sino en su música. Ni Ovidio, que las imaginó cubiertas de plumas doradas, patas de ave, rostros de doncella y voz humana; ni Apolonio de Rodas, para quien se trataba de seres alados similares a los ángeles, pensaron en ellas como criaturas capaces de fascinar con su presencia. Darwin, el arte de vanguardia y el cine de ciencia ficción nos han acostumbrado a todo género de monstruos –amalgamas inesperadas, híbridos, mutantes, etcétera–, pero nuestros antepasados no compartían esta tolerancia hacia seres que, más que de las manos bondadosas del Creador, parecen salidos de la aberrante fantasía de sus vástagos. Pensemos, por ejemplo, en el Minotauro, fruto de la lascivia zoofílica de Pasifae. A este tipo de engendros execrables –aunque qué culpa tienen ellos de los desvaríos sexuales de sus progenitores–, pertenecen los seres formados por órganos naturalmente incompatibles entre sí: arpías, esfinges, gorgonas, centauros… La sirena náutica tiene pecho de mujer y, por ende, pulmones, pero, al mismo tiempo, cola de pez, atributo que le impide vivir en la tierra. Podríamos decir que una parte de ella está pensada para desenvolverse en el mar y la otra es incompatible con eso. Esta dificultad para ser aumenta si se piensa en sus relaciones eróticas con los humanos. Aquí vuelve a producirse una contraposición aporética. La sirena, como todos los monstruos recién citados, está formada por dos mitades incompatibles, como si hubiera sido concebida para existir en dos mundos, pero… no hay más que un mundo.

Menos problemático que el aspecto de las sirenas es el de su ubicación. Los poetas de la antigüedad estaban seguros de que su morada se hallaba en un promontorio rocoso próximo a la isla de Circe, en el estrecho de Mesina o el golfo de Nápoles, frente a las ciudades de Cumas y Paestum. Desde allí lanzaban el anzuelo de sus cantos a los navíos que pasaban cerca enloqueciendo a los tripulantes con promesas de placeres embriagadores. Si un barco picaba, ya no se lo volvía a ver más. La fascinación de la música lo empujaba como un suave y dulce viento hasta los arrecifes donde naufragaba irremediablemente. Lo que sí se veía desde lejos, aunque nadie supiera interpretar la naturaleza real de aquella visión, era el resplandor blanquecino de los huesos de sus víctimas. ¿De dónde venía a las sirenas esta atroz combinación de monstruosidad antropofágica y genio musical?, ¿cómo aprendieron a utilizar la dulzura del canto para atraer a los hombres a un banquete en el que ellos eran el único plato? La respuesta, para los antiguos poetas, es genealógica: las sirenas eran hijas de una de las Musas, probablemente Melpómene, y de un gigante arcaico, Forco, quien engendró multitud de monstruos, entre ellos las Gorgonas y las Grayas, tres horribles brujas que compartían un ojo y un diente.

Cuestión no menos misteriosa es la de su canto. Los biógrafos de Tiberio aseguran que este preguntaba a los eruditos que se acercaban a Villa Iovis, su palacio en el promontorio oriental de la isla de Capri, por la naturaleza de la música de las sirenas. Desde allí el emperador podía contemplar las Sirenusas, el archipiélago de pequeñas islas rocosas donde, al decir de algunos poetas, moraron aquellas. Otra vez es Ulises el único cuya información habría podido servirnos de algo, pues sólo él, entre los humanos escuchó su canto y no pagó con la vida por ello. Lo que sí sabemos con certeza es que las sirenas no sólo eran conscientes del poder de su música, sino que llegaron incluso a vanagloriarse de ese poder desafiando a las Musas. El resultado fue muy malo porque cayeron derrotadas y, en castigo por su atrevimiento, las Musas las despojaron de sus plumas y se hicieron con ellas unas coronas ceremoniales. Pausanias, el viajero del siglo II, afirma haber visto esas coronas en el templo de Hera en Beocia. Hay que imaginar a las sirenas desplumadas como pollos para hacerse una idea de la terrible humillación de que fueron objeto. A la fealdad cubista de sus cuerpos habría que añadir la ridiculez de sus formas desnudas. No se olvide que es posible que antes del episodio que acabamos de narrar tuvieran algo así como unas alas de ángel. En el Museo del Bardo de Turquía hay un mosaico del siglo IV a. de C. que representa a las sirenas precisamente de esa manera. Pero no fue su única derrota. En las Argonaúticas órficas, una obra del siglo IV, se relata cómo la nave Argo, donde iba Orfeo, se aproximó al islote donde moraban las sirenas. Estas iniciaron sus cantos para atraerla, pero Orfeo, hijo de Apolo y la musa Calíope, contrarrestó su música con una composición todavía más hermosa que las hizo callar. Sólo un argonauta, engatusado con sus arrumacos lascivos, se lanzó al agua ansioso por estar con ellas, aunque una diosa las privó de aquel premio llevándolo a una playa lejana. El autor de las argonáuticas asegura que, a causa de la derrota, las sirenas se precipitaron desde la cumbre al mar convirtiéndose en rocas –las Sirenusas–, algo que no pudo suceder así porque tiempo después pasó por allí Ulises y las sirenas estaban vivitas, y si pudiera decirlo sin confundir al lector, coleando.

Del poema homérico se deduce que lo realmente importante del canto de las sirenas era la letra, no la música. Su voz era paralizante y su música mortífera, pero la clave de todo estaba en su capacidad para envanecer a los oyentes. Qué clase de canción pueda ser esa que logra arrebatar a un grupo de marineros pulsando en cada uno de ellos la tecla suelta de la vanidad es difícil de imaginar. Uno comprende perfectamente la desesperación de Tiberio. Ahora bien, son las propias sirenas quienes, en el duodécimo canto de la Odisea, dan a Ulises una explicación de lo que van a cantarle: por un lado, sus hazañas; por otro, aquello que necesitaría saber para vivir sin incertidumbre, pues ellas conocen “todo cuando acontece en la fértil tierra”. Para Ulises, que llevaba años fuera de casa, tener la posibilidad de saber cómo iban las cosas en Ítaca debía ser más que tentador. No digamos conocer lo que le reservaba el destino. Yo no descartaría que la sucesión de aciertos que le permitió regresar sano y salvo a casa y derrotar a los pretendientes que acechaban a Penélope no fueran fruto del conocimiento que le proporcionó haber escuchado la canción de las sirenas.

El secreto musical de las sirenas, en una época que estimaba la gloria por encima de todo, consistía probablemente en halagar a los oyentes convirtiendo sus vidas en motivo digno de orgullo (hoy, con la inflación narcisista que sufrimos gracias a la tecnología, costará poco comprender lo fácil que les resultaba engatusar al público de esta manera) y ofrecerles, a la vez, un saber seguro sobre el futuro, algo equivalente a lo que podía revelar en dosis mínimas la Pitia del oráculo de Delfos: ese tipo de saber que, en las perspectiva del hombre antiguo, permitiría a quien lo tuviera vivir sin temor a transgredir los límites. El único problema es que solo soñar con la posibilidad de alcanzar tal saber constituía ya una terrible transgresión, pues no es posible que el hombre se vuelva un dios, y el precio por tratar de materializar ese sueño, en el caso de los navegantes, era estrellarse contra las rocas desde las que lanzaban sus cantos las embaucadoras sirenas.

Ulises fue el único que lo consiguió. Avisado por Circe, se hizo atar al mástil de su barco, tapó los oídos de sus acompañantes con cera, y pasó al lado de la isla de las sirenas para darse el placer de escuchar su canto. El héroe gritó y pataleó pidiendo a los remeros que enderezaran la nave en dirección a ellas, pero estos no le hicieron caso hasta que estuvieron lejos del alcance de sus melodías. Por su parte, las sirenas no tuvieron otro remedio que suicidarse arrojándose al mar. Un antiguo oráculo había dictaminado que vivirían sólo mientras nadie se resistiera a su canto (ni las Musas ni Orfeo cuentan porque son seres de su mismo rango). Se trata de una condición inherente a los monstruos (y a los mitos): no pueden ser desacreditados. En el undécimo capítulo del Ulyses, Joyce ejemplifica lo que significa el descrédito con un pedo de Leopold Bloom. Este ha pasado un rato en una taberna dirigida por dos camareras desgreñadas y provocativas, una de las cuales, queriendo dar una nota sensual a su cháchara cachonda, restalla la liga que aprieta su muslo. Bloom, Ulises moderno, demora la vuelta a casa porque sabe que su esposa Molly lo engaña con un pretendiente, pero aunque siente la atracción de la carne, la indiferencia de los otros clientes del bar, sordos a causa del alcohol, le ayudan a enfriar las insinuaciones de aquellas. El ruidoso pedo cierra el capítulo y socava absolutamente el supuesto encanto erótico de las camareras, sirenas dublinesas muy venidas a menos.

Homero (y Joyce) habla de dos sirenas; el resto de los poetas de la antigüedad mencionan tres: Parténope, Leucosia y Ligeia. La primera cantaba, la segunda tocaba la flauta, la tercera la lira. Según Licofrón, cuando se suicidaron sus cadáveres aparecieron en diversos lugares de la costa del Tirreno. Parténope fue arrastrada por las olas hasta la playa de Megaride, en Nápoles. Los habitantes de la zona la enterraron allí, en el promontorio donde actualmente se alza el Castel dell´Ovo. Junto a la tumba se erigió un templo y con él vinieron fiestas y juegos que originaron la ciudad de Neápolis (Nápoles). Leucosia apareció en la isla que ahora lleva su nombre, frente a Sorrento. La tradición asegura que la propia isla es, en realidad, el cuerpo petrificado de la sirena, pero seguramente lo que ocurrió es que fue sepultada allí. Hay que admitir, no obstante, que vista desde el aire la isla parece una sirena. Finalmente, los restos de Ligeia fueron arrastrados hasta la desaparecida ciudad de Terina, en Calabria, donde le construyeron un sepulcro junto al mar con un monumento en el que se podía ver, por lo visto, a una doncella alada. Nadie lo ha encontrado, aunque circula entre los eruditos el texto en italiano de la lápida que supuestamente lo cubría, un epitafio sospechosamente inspirado en Licofrón.

Castel dell’Ovo, Nápoles. Foto: Martin Belam. Fuente: Wikipedia
Isla de Leucosia o Gallo Lungo, en el archipiélago de las Sirenusas (ahora de Li Galli)

Hoy por hoy, resulta improbable que encontremos vestigios de estos enterramientos. La única posibilidad de dar con algo sería en Nápoles, pero para ello habría que derribar el castillo normando del siglo XII, excavar los cimientos de la fortaleza romana donde estuvo preso el último emperador de Occidente, apartar los improbables vestigios de la villa original de Licinio Luculo, el vencedor de Mitrídates del Ponto, y finalmente confiar en la buena suerte. En fin, un palimpsesto arqueológico que como todo palimpsesto plantea el problema de si no será mejor dejar las cosas como están y conformarse con leer únicamente la última página, que es como decir, quedarse en la superficie.

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