La tumba de Teseo

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De niño, cuando leí por primera vez la historia de Teseo, pensé, igual que hizo (y yo supe mucho después) mi admirado Thomas de Quincey, que aquel hombre había sido un gran bribón y un mal tipo. No sólo se aprovechó de Ariadna, abandonándola cuando ya no le convino, sino que, para alzarse con el trono de su padre, acabó astutamente con él, tan astutamente que nunca nadie se ha atrevido a acusarlo de parricidio. Yo desconocía entonces la naturaleza de las relaciones existentes entre ellos y los graves problemas que podrían haber surgido con la muerte del monarca –lo único que sabía es que Egeo era rey del Ática y Teseo su heredero–, pero, en mi ingenuidad de niño hechizado por la lectura de una aventura deslumbrante, tuve la sospecha de que algo no encajaba bien en ella. El libro bellamente ilustrado que me inició en los placeres de la mitología griega, una versión juvenil a la que hace mucho que perdí la pista, se limitaba a relatar como una abuela las peripecias del héroe en Creta y el triste final de su progenitor, un anciano que se suicidó a causa del olvido de su hijo al no sustituir las velas del barco en que regresaba a la patria tras matar al Minotauro.

Por aquel tiempo, el tiempo de Teseo, un tiempo mítico, imposible de precisar, los habitantes del Ática, derrotados en algún conflicto previo acerca del cual el autor de mi libro no decía una sola palabra, se habían comprometido a entregar durante nueve años a Minos, rey de Creta, un tributo anual de siete mancebos y siete doncellas. El destino de todos ellos, según se rumoreaba, era servir de alimento al Minotauro, un monstruo mitad hombre, mitad toro, que vivía confinado desde su nacimiento en un agobiante complejo arquitectónico edificado expresamente para él: el laberinto. Las posibilidades de escapar de allí eran nulas, y no sólo debido a su ferocidad de engendro contra natura –era hijo de  Pasifae, esposa de Minos, y un toro blanco por el que la reina sintió una invencible pasión que logró satisfacer gracias a un ingenio ideado por Dédalo–, sino por las características demenciales de la construcción. Obra también de Dédalo, el laberinto tenía una entrada, pero no una salida. Era, por así decir, una construcción porosa, aunque solo hacia dentro, no hacia afuera. Su mismo constructor podría haber quedado encerrado para siempre en ella de no haber previsto que Minos intentaría eliminarlo a fin de evitar que divulgara los secretos del complejo. Si pudo escabullirse cuando el rey bloqueó con él dentro la última puerta fue porque previsoramente había confeccionado y ocultado unas alas gracias a las cuales logró superar los muros volando. Precisamente en la huida tuvo lugar el conocido episodio de la muerte de Ícaro, su estúpido hijo adolescente, quien, al verse flotar en el aire, olvidó las advertencias paternas e intentó aproximarse al Sol, una imprudencia que hizo que se derritiera la cera que proporcionaba consistencia a sus alas y cayera desde gran altura al mar. Su pie derecho pataleando antes de ser engullido por las aguas aún puede verse en un paisaje de Brueghel el viejo que se exhibe en los Museos Reales de Bellas Artes de Bruselas.

Diez años después de aquella primera lectura infantil, en mi época universitaria, entré en contacto con otros textos mejor documentados y descubrí que el mito de Teseo, al igual que la mayor parte de los mitos de la tradición griega, era algo más que una mera invención poética. Bajo las palabras de los poetas, oculta tras su efervescente belleza, había una realidad histórica cuyas huellas principales era posible rastrear. Por ellos supe que el laberinto había sido en realidad una fortaleza inexpugnable; los jóvenes rehenes, el premio con que se agasajaba a los triunfadores de los combates que se celebraban cada año en Creta en memoria de Androgeo; y Tauro, el nombre del vencedor de los primeros certámenes, un general de Minos que, por lo visto, mantenía relaciones con Pasifae. Para un joven de mi edad, la edad de Ícaro, ninguna de esas aclaraciones desmitificadoras fue decepcionante; al contrario, lo que en aquel período de la vida más me estimulaba era participar del poder de la ciencia para apartar los velos que encubren la desnuda verdad. Tuvo que pasar mucho más tiempo para que añorara la felicidad de las lecturas infantiles. Aún no había experimentado los efectos demoledores del desencanto, eso que acontece cuando la delectación de las cosas bellas e ideales se ve ensombrecida por la irrupción incontrolable de la realidad, ni imaginaba tampoco una caída desde el cielo luminoso de la razón al oscuro océano de la nada donde chapoteamos los hombres contemporáneos. Aparentemente no había perdido el entusiasmo infantil y disfrutaba como un chiquillo con autores como Filocoro, un historiador ateniense del siglo III a. C. que ningún niño en sus cabales habría soportado dos minutos seguidos.

La confrontación de las fuentes originales, o lo que los profesores en su inocencia de colmillo retorcido consideran así, con aquella versión juvenil que tantas dudas y tan profunda huella dejó en mí, sirvió para hacerme entender que la discreción con que solía relatarse el episodio de las velas que provocaron la confusión del rey Egeo, causa de su supuesto suicidio, se debía a la costumbre académica de atenerse principalmente a las informaciones suministradas por los historiadores atenienses. Estos tuvieron siempre a Minos por un tirano sanguinario que, alentado por su pasión por la guerra, sumió en la esterilidad la tierra de sus vecinos. Teseo, en cambio, les parecía un héroe avispado e intrépido que había cometido sin duda algunos errores (¿quién no?), pero cuyas virtudes sobrepasaban sus excesos. La parcialidad de los autores atenienses resultaba aún más obvia cuando se cotejaban sus tesis con las de Homero y Hesíodo, principales referentes de la cultura helénica. El primero acusó a Teseo en la Ilíada de ser un tipo cruel e ingrato, algo que explica por qué en Atenas, pese a haber sido Pisístrato quien ordenó fijarla por escrito, no se apreció nunca la epopeya aquea. Hesíodo, por su parte, tampoco escribe una palabra buena sobre él, al contrario de lo que ocurre con Minos, a quien juzga, igual que Homero, un legislador ejemplar, digno de ocupar un puesto en el tribunal supremo del inframundo. ¿Sufrieron también los poetas forjadores de mitos las consecuencias de esa perniciosa enfermedad del alma que consiste en anteponer el sentimiento (en este caso patriótico) a la verdad?

Pero mejor que entrar en estériles divagaciones, limitémonos a evocar los hechos tal como nos han sido transmitidos por nuestros antepasados. Ni que decir tiene que no podemos precisar el momento exacto en que ocurrieron. Lo único que sabemos es que se acercaba la fecha en que los habitantes del Ática debían suministrar a Minos el tercero de los nueve tributos pactados con él. La consternación era muy grande, aunque esta vez, mezclada con ella, iba una queja: ¿por qué el rey no contribuía también al sacrificio colectivo? Los años anteriores nadie había dicho nada porque se ignoraba que tuviera un descendiente. La aparición de Teseo, un muchacho hecho y derecho, nacido en Trecen y criado junto a su abuelo materno, cambió las cosas. Si era realmente su hijo: ¿no debería formar parte del contingente de jóvenes enviados a Creta? Egeo no lo creía así, y esto es una prueba indirecta de que no albergaba la menor duda acerca de su identidad. Teseo le había mostrado al llegar las sandalias y el puñal que él mismo había ocultado con ese fin bajo una pesada roca en su aldea natal. Armado sólo con el puñal, había logrado abrirse paso hasta el Ática. Era una hazaña notable. Alejarse de la patria resultaba entonces muy arriesgado. De hecho, tuvo que hacer frente a dos fieras (la cerda de Cromion y el toro de Maratón), y a varios despiadados bandidos (entre ellos el gigantesco y pérfido Procusto). Sus adversarios de verdad estaban, sin embargo, en casa: era los disgustados aspirantes al trono. Pensando en ellos fue por lo que decidió ofrecerse como voluntario para ir a Creta, gesto que acalló a los murmuradores e hizo olvidar su condición de extranjero recién llegado.

La expedición salió de puerto en el momento previsto. Hay que imaginarse abajo el mar griego, sereno y transparente, y arriba un cielo diáfano, de un azul intenso, sin imperfecciones. Desplazándose lentamente, la nave inicia su singladura por unas aguas todavía sin nombre. El viento hincha la vela negra que lleva en señal de luto. Teseo ha pactado con su padre antes de zarpar que si mata al monstruo, escapa del laberinto y regresa sano y salvo, arriará en el camino la vela negra y enarbolará otra blanca. No hay problemas durante el viaje. Los dioses parecen no querer añadir más tribulaciones a los navegantes. Al llegar a Cnosos, capital de la isla, Ariadna, hija de Minos, se enamora de Teseo. Es un flechazo detrás del cual se adivina la presencia de Eros. Como el amor es un sentimiento que a la vez que nos empuja hacia la persona amada nos aleja de las que ya amábamos, la muchacha traiciona a su padre y ofrece al recién llegado la espada con que abatirá al monstruo y el hilo que le permitirá orientarse en el laberinto. Filocoro, el historiador ateniense, estaba convencido de que todo esto es leyenda. La presumible verdad es que Teseo peleó contra Tauro, el general de Minos, y lo venció, puede que con ayuda del propio Minos, ansioso de poner fin al adulterio de Pasifae.

El viaje de vuelta no fue, en cambio, tan plácido como el de ida, y eso a pesar de que regresaban contentos a la patria y cielo y mar volvieron a permanecer serenos en su inconmovible inmensidad. Primero atracaron en Naxos, donde Teseo abandonó a Ariadna. Unos dicen que cuando la joven se dio cuenta de la traición, herida porque él prefirió a Fedra, su hermana, tomó la decisión de suicidarse con un lazo; otros, que se unió a un sacerdote de Dioniso, o quizá al propio Dioniso, algo que podría traducirse al lenguaje actual como que se entregó a una vida disipada. La segunda parada fue Delos, en donde Teseo enseñó a los naturales el Baile de la Grulla, baile cuyos pasos mostraban la manera de orientarse y salir del laberinto. Por último, la nave tomó rumbo a Atenas. Fue entonces cuando tuvieron lugar, o mejor dicho, no tuvieron lugar, los hechos que acabarían con la vida de Egeo: el olvido de la promesa de reemplazar la vela negra por otra blanca si todo salía bien. Poetas e historiadores parecen no extrañarse con semejante despiste, pero: ¿cómo admitir que, con lo áridas y salitrosas que resultan las horas en el mar cuando la nave avanza empujada por un fuerte viento de cola y una interminable placidez acuna las aguas, nadie recordara que había que enarbolar la vela blanca que avisaría del éxito de la expedición? Cuesta de veras creer que ni Teseo ni sus compañeros repararan en el fúnebre color del velamen. A Egeo, desde luego, no se le pasó por la cabeza la posibilidad de que fuera un olvido, una equivocación. En cuanto vio al barco aproximarse a la costa de esa guisa, sumido como estaba desde hacía semanas en la tensión de la espera, perdió los nervios y se arrojó sin pensárselo desde el acantilado donde se encontraba, ahogándose en las aguas de un mar que, a partir de aquel aciago día, fue llamado con su nombre.

Yo, a pesar de ser un chiquillo inocente que aún no había leído a Filocoro, el historiador gracias al cual la escondida verdad había encontrado la forma de atravesar la coraza del mito y llegar hasta nosotros, no podía creer que Teseo hubiera olvidado sustituir las velas del barco. No lo podía creer entonces y, si les soy franco, tampoco ahora. La felicidad de la vuelta a la patria o la falta de lucidez adolescente no bastan para explicar que nadie advirtiera lo inaudito de avanzar bajo una vela que, debido a su oscuridad, parecía el ala extendida de un monstruo aéreo. Cuando menos resulta sospechoso. No digo que Teseo contara con que Egeo se suicidaría al constatar su fracaso, pero sí, tal vez, con que ello movería a alguno de los frustrados aspirantes al trono a dar algún paso decisivo. Matar al rey arrojándolo por un acantilado era literalmente una forma de precipitar las cosas. Si Teseo había muerto en Creta y Egeo fallecía (el suicidio sería el pretexto con que acallar a los maledicentes), el dominio del Ática pasaría a manos del valiente que aprovechara la ocasión, es decir, del asesino. Este tipo de crímenes eran usuales en la época. El mismo Teseo murió así. El problema para el criminal que intentara hacerse con el trono es que al ver llegar a Teseo sus planes debieron de desmoronarse de golpe. Los implicados, si los hubo, no tuvieron otro remedio que guardar silencio. ¿Cómo oponerse al vencedor del Minotauro? Habían perdido, o mejor dicho, habían sido incitados por alguien más astuto a realizar una acción que, en vez de proporcionarles la ventaja que deseaban, allanaba el terreno justamente a su principal enemigo. Igual que un experto jugador de ajedrez sabe forzar al adversario a elegir el movimiento que le conducirá a la derrota, Teseo movió las piezas (o mejor, no las movió), para que su progenitor fuera asesinado y los asesinos se vieran obligados a enmascarar el crimen con la ocurrencia, luego convertida en versión oficial, del suicidio.

¿Qué dice Filocoro de todo esto? Nada. En vez de emprender una investigación sobre los acontecimientos que convirtieron a Teseo en rey del Ática, aceptó ahora el mito en su integridad y se limitó a deshacerse en elogios comentando los logros del nuevo monarca como gobernante. El rey ha muerto, viva el rey. Hay que reconocer, además, que Teseo fue muy hábil al emprender inmediatamente uno de los proyectos políticos de consecuencias más decisivas para la historia de Occidente: reunir en una ciudad a los habitantes del Ática y dotarla de un gobierno popular. Por sospechoso que resultase su comportamiento, fundar Atenas son palabras mayores. ¿Quién hurga en el pasado de un líder destinado a cambiar la historia? Sus gestas posteriores palidecen comparadas con esto. Ni siquiera parece relevante la ayuda que prestó a Hércules contra las amazonas. El lector tal vez se acuerde de lo que sucedió. Se trata del noveno trabajo impuesto por Euristeo a Hércules: sustraer el cinturón de Hipólita, la reina de las mujeres guerreras. En Grecia, desatar el cinturón de una mujer era tanto como manifestar su dominio sobre ella; por eso formaba parte del ritual de boda. Las amazonas, sin embargo, los lucían con orgullo, en prueba de su libertad e independencia. De ahí que a Hércules le costara sobremanera llevar a cabo su empresa. Tras navegar hasta Temiscira, en la costa sur del mar Negro, logró derrotar una tras otra a las amazonas con ayuda de Teseo hasta que encontró a Hipólita y se apoderó de su cinturón (algunos cronistas aseguran que matándola). Más aficionado que Hércules a las mujeres, Teseo, a quien se ha considerado también un depredador sexual, se prendó de una de ellas y se la llevó como botín a Atenas. Se llamaba Antíope, era muy hermosa y, al parecer, tenía rango de princesa. El héroe primero la trató como esclava y luego como concubina. Fruto de sus relaciones con ella fue Hipólito, cuyas peripecias con Fedra, su calenturienta madrastra, ha dado argumento a varias tragedias. Pero las amazonas, ignorando que Teseo y Antíope se habían enamorado, organizaron una expedición al Ática para rescatarla en la que cayeron derrotadas. Los historiadores dicen que ella luchó del lado ateniense contra sus propias hermanas, pero ya sabemos qué poco fiables son los historiadores cuando hablan de la patria.

Aunque Teseo tuvo en el curso de su vida otras muchas oportunidades de mostrar sus cualidades como guerrero y estadista, señal de virtud en aquellos belicosos tiempos, prefirió siempre los combates amorosos. El deseo erótico, o quizá solo sexual, lo desvió del camino de la virtud una y otra vez. Herodoto se lo reprocha. Sus historias con las mujeres no lo dejan, además, en buen lugar. Ya he mencionado el caso de Ariadna. Peor aún fue el secuestro de Helena, la bellísima Helena que desencadenaría la guerra de Troya, cuando era niña. Él y su amigo Piritoo la vieron bailar en el templo de Diana de Esparta y quedaron tan conmocionados con su hermosura que no vacilaron en llevársela. Luego se la echaron a suertes. El afortunado fue Teseo. Como la chiquilla no estaba en edad de “contraer matrimonio”, una expresión que en los tiempos actuales convendría traducir de otro modo, encargó a su madre que la custodiara. Los familiares de la niña descubrieron, no obstante, donde estaba y la rescataron. Para los atenienses, que sin comerlo ni beberlo se habían visto envueltos en una guerra indeseada, Teseo dejó de ser el héroe admirable que los salvó de Minos para convertirse en un engorro. Es lo malo de ser gobernados por uno de esos sujetos que prefieren ponerlo todo patas arriba a dejar el mundo como se lo encontraron. Diversos percances calamitosos del estilo del anterior alimentaron la animadversión de sus compatriotas y le obligaron finalmente a huir de la ciudad. El lugar que escogió como refugio fue Esciros, donde tenía amigos (y posesiones), pero estos, en vez de acogerle bien, hicieron con él lo mismo que hicieron otros con su padre: despeñarlo por un barranco mientras le mostraban unos terrenos que deseaba comprar.

La muerte de Teseo no conmovió a los habitantes de la ciudad que había fundado hasta muchos siglos después. Parece que en algún momento los atenienses perdieron la memoria de sus orígenes. Al igual que otras muchas ciudades, pero no tan egregias como ella, se olvidaron de recordar. Las cosas cambiaron completamente cuando Atenas empezó a convertirse en una potencia. La necesidad de construirse un pretérito heroico hizo volver los ojos sobre Teseo. Su figura fue adquiriendo cada vez más relevancia hasta convertirse en un auténtico mito nacional. Durante la decisiva batalla de Maratón, algunos combatientes aseguraron haber visto su sombra luchando contra los persas (una especie de Santiago Matamoros en versión pagana). Derrotados estos, la pitia del Oráculo de Delfos aconsejó en el año 476 recoger sus huesos y guardarlos en la ciudad con la veneración que merecían. La tarea llevó tres años. Primero hubo que conquistar la isla de Esciros, hazaña que se atribuye a Cimón, un hábil estratega interesado en reelaborar el pasado ateniense a fin de dar pábulo a las ambiciones imperialistas de la ciudad (la toma de Esciros fue, de hecho, el primer paso, justificado con la excusa de que vengaban así el asesinato de su héroe nacional). El siguiente movimiento fue hallar la sepultura de Teseo, algo improbable de no haber contado con la ayuda divina, pues fue un águila de Zeus la que, con su pico, escarbó el lugar donde estaba el cuerpo, un cuerpo más grande de lo normal acompañado por una lanza de bronce y una espada. Ni que decir tiene que nadie discutió la identidad de los huesos. Por último, hubo que trasladarlo todo a Atenas para ser sepultado en un santuario construido con ese fin junto al Gimnasio. En tiempos de Plutarco, el recinto continuaba siendo asilo para esclavos y mendigos que buscaban la protección del héroe. Allí se reunía también la multitud una vez al año después de celebrar la hecatombe conmemorativa del regreso de Creta. La figura de Teseo había alcanzado un prestigio casi sagrado en Atenas. Los lectores de Platón recordarán que la demora en la ejecución de Sócrates se debió precisamente a que el día anterior al juicio fue enviado en procesión a Delos el barco que usó el héroe para marchar a Creta. La costumbre es que mientras el barco estuviera fuera de la ciudad no hubiera ejecuciones de ningún tipo. De ello dependía la suerte del pasaje. Todas estas prácticas prueban la gran significación política que adquirió Teseo a medida que se iba haciendo más remoto su recuerdo

Hemos dicho que el santuario donde moraban sus restos se hallaba junto al gimnasio. Por Pausanias, el autor de la primera guía de la historia (Descripción de Grecia), sabemos que este se encontraba pegado al ágora y que la tumba contenía pinturas de Polignoto alusivas a la lucha de atenienses y amazonas y la batalla de los centauros y los lapitas, ocasiones ambas en las que Teseo había participado. Un estudioso del asunto, el profesor Takis Catsimardos[1], enumera hasta cuatro posibles localizaciones en el entorno del ágora. La más verosímil es la que sostiene que el sepulcro del héroe estaba junto al Leocoreo (un monumento dedicado a las tres hijas de Leo que dieron su vida por la ciudad a petición de un oráculo), el Altar de los Doce Dioses y el Odeón de Agripa, que en tiempos de Pausanias seguía siendo, en efecto, gimnasio. Conocemos, pues, el emplazamiento exacto, pero no tenemos forma de acceder a él para comprobar si se trata del lugar que nos interesa. Los huesos del fundador de Atenas yacen en el subsuelo de la ciudad, bajo los estratos moderno, turco, bizantino y romano. Son, considerados en cierta forma, lo que la realidad respecto del mito, es decir, algo situado muy abajo, a la profundidad del misterio. Lo más lejos que podemos llegar tratando de imaginar la tumba es recordar ahora la evocación del santuario que hicieron los artistas del XVIII, cuando las ruinas eran un tema artístico y no, como hoy, la cosa misma.

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[1] Mi buen amigo Vicente Tellez, a quien acudo siempre en busca de ayuda y consejo cuando me ocupo de asuntos de la antigua Grecia, se ha tomado la molestia de encontrar y traducir para mí su artículo: Ο Κίμων, η Σκύρος και ο τύμβος στην αρχαία Αμφίπολη.

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