La vaca que mató a Bienvenida

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Lejos de Madrid todo parece más amable. Hay muchos faros enormes que no se reconocen porque crecen hacia dentro, como el iceberg de Hemingway.

 

Hace unos días uno supo (le dijeron) que el faro más grande de España estaba en Chipiona. Pero ha sido regresar a la actualidad y surgirle las dudas. Muchas dudas, como las de su mujer en una tienda de vestidos de San Sebastián, donde, sentado en un sillón de cuero y tomando un café con hielo servido por las dependientas, uno se sentía Richard Gere en esa tienda de Rodeo Drive en la que le hacían la pelota, mientras ella se probaba como Pretty Woman, por supuesto. Lejos de Madrid todo parece más amable. Hay muchos faros enormes que no se reconocen porque crecen hacia dentro, como el iceberg de Hemingway. Por ejemplo el de los Pujol, que en estos días adquiere una relevancia de temporada como aquellas pulseras de Pajín, quien amenaza con volver ante un pavor del pueblo como el de los habitantes de Lago en ‘Infierno de Cobardes’. Power Balance, que así se llamaban las pulseras, es lo que han tenido los dueños de la Generalidad durante treinta y tantos años, un milagro que ahora se prestan a desenmascarar un poco al estilo de Lance Armstrong (nadie subió puertos a más velocidad que don Jordi), otro poco al de Milli Vanilli (incluso se le adivina al trasluz un residuo de lo que fueron las rastas, que también crecían hacia dentro: una melena interna) y un poco más al de Jenaro García y su Gowex. A uno le da por pensar que Cataluña, en realidad toda España, está construida al modo Gowex. Hasta los que vienen a salvarla, como Pablo Iglesias, empiezan con un falseamiento de las cuentas (de las proclamas), porque si uno no falsea en política podría ser un verdadero emprendedor. Dice Mas que “no se puede renunciar a nada más” como si no existieran cuentas en Andorra; y es que hasta las renuncias se falsean, el Power Balance que además de al ataque también utilizan en la defensa. Uno ve la cabeza de Pujol en lo alto de un acantilado girando trescientos sesenta grados y alumbrando al pueblo de Cataluña con fogonazos intermitentes en los que, según la dirección, se puede leer Jordi Jr., Oleguer, Oriol, Marta Ferrusola… y así. Un faro muy honorable que se apaga entre “el dolor, la pena y la compasión”, transformando la Costa Brava en Mansa, que es más peligrosa, menos previsible como la vaca que mató por la espalda a Bienvenida. Ahora sólo queda Artur, que no es una baliza sino un toro embolado, y más que guiar despista con sus derrotes.