La Venecia del Tirreno

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El simbolismo de Venecia es tan grande que algunas ciudades ubicadas en otras latitudes son conocidas como un avatar de Venecia. “Las Venecias del Norte” (Amsterdam, Brujas, Gante, Hamburgo, San Petersburgo, Estocolmo; “las Venecias de China”: Suzhou, Tongli y Zhouzhuang; e incluso una “Venecia portuguesa”, Aveiro. Sin olvidar, naturalmente, las otras Venecias de la laguna veneciana (Chioggia, Burano, Murano, Torcello) y del Adriático (Dubrovnik, Rovinj, Piran o Trogir). En el Mar Tirreno se encuentra la “Venecia de Toscana” o “La pequeña Venecia”: Livorno. Poco queda de la Livorno altomedieval, los restos de una torre construida por la legendaria Duquesa de Toscana, Matilde de Canossa. A principios del siglo XII la República de Pisa construyó un fuerte cuadrangular llamado Quadratura dei Pisani. Porto Pisano fue destruido tras la derrota en Meloria en 1284 de la flota pisana a manos de la flota de la República de Génova, un acontecimiento que selló el declive de la otrora poderosa república pisana. En 1421, tras pasar por las manos de los Visconti de Milán y Génova, la ciudad fue adquirida por Florencia para convertirla en el gran puerto de la República de Florencia que eclipsase a los de sus rivales Génova, Siena o la misma Pisa. Algo queda de aquella Livorno preflorentina en la Fortezza Vecchia.

Pero el acontecimiento que marcó el destino de Livorno fue que el Gran Duque de Toscana, Fernando I de’ Medici, la convirtiera en puerto franco mediante las leggi livornine. Esa decisión convirtió a la ciudad en un auténtico imán para colonias de mercaderes de los principales polos comerciales del Mediterráneo y allende este mar. Había comunidad turca, persa, árabe, griega, armenia. Pero, además, por mor de ese estatus, se convirtió en puerto de acogida de minorías perseguidas que allí encontraron un lugar donde refugiarse y reanudar su vida, poniendo sus conocimientos, su laboriosidad y su afán creador al servicio del estado toscano y de una ciudad que se convirtió en una de esas ciudades mosaico, que jalonaron las riberas del Mediterráneo, como la propia Venecia, Alejandría, Istanbul o Tánger.  Esas minorías fueron los judíos españoles y portugueses (muchos de ellos se dirigieron a Amsterdam o al Imperio otomano, donde se les acogió con los brazos abiertos); hugonotes o calvinistas y luteranos que huían de las guerras de religión que asolaban Francia y gran parte de Europa; también llegaron muchos griegos ortodoxos que habían abandonado el Imperio otomano. A todas estas minorías se unieron también los miembros de las colonias consulares de las principales naciones europeas, lo que dio al calidoscopio de Livorno una policromía que prácticamente ha llegado hasta la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial. En 1606 el Gran Duque Fernando I le confirió la categoría de ciudad y otro soberano de la misma dinastía, Fernando II, construyó una nuevo rione o barrio en terrenos ganados al mar: la Venezia Nuova. Esta decidida apuesta por Livorno como polo comercial formó parte de un ambicioso programa de reformas emprendidas por estos soberanos en Toscana, como la desecación de amplias zonas pantanosas, la construcción de una red de caminos en la Toscana Meridional, en la Maremma, la plantación de moreras a lo largo de los caminos del Gran Ducado, siguiendo el ejemplo de Milán, para favorecer la industria de la seda. A todo ello hay que añadir el fortalecimiento de las relaciones diplomáticas y militares con la Monarquía Católica de los Habsburgo españoles en el marco de su estrategia italiana, por no olvidar un proyecto de creación de una colonia toscana en la Guayana que no se llegó a materializar.

De todo aquel esplendor, quedan pocos recuerdos. Los crímenes de las leyes raciales del fascismo italiano y su corolario, la deportación a los campos de exterminio de los judíos de Livorno, junto con la destrucción provocada por los bombardeos norteamericanos al final de la Segunda Guerra Mundial terminaron para siempre con aquella Venecia toscana que soñaron los Medici. Pasear de madrugada por las calles desiertas de una ciudad que tiene por todas partes costurones de aquella destrucción me recuerda aquellos subtítulos de cine mudo de Underground, de Emil Kusturica: “1941. Los alemanes bombardean Belgrado. 1944. Los norteamericanos bombardean lo que los alemanes habían dejado en pie de Belgrado”. Con un matiz. En Italia casi en exclusiva bombardearon los norteamericanos para liberar a los italianos de los alemanes… a costa de destruir sus ciudades: Nápoles, Tarento, Bolonia, Milán, Florencia, Livorno, o incluso pequeñas poblaciones de dudoso valor estratégico, como Pitigliano. La presencia judía en la ciudad hoy en día es testimonial, aunque se reconstruyera una mastodóntica sinagoga. Es importante recordar que Livorno, a diferencia de la mayor parte de las ciudades italianas en las que se establecieron judíos, no tenía gueto, pues estos vivían mezclados con el resto de los livorneses. Ese fue el caso de la familia del pintor de origen sefardí Amedeo Modigliani, quien nació en 1884 en Livorno, en Via della Barriera Maremmana 8 (Hoy Via Roma), donde una placa recuerda el nacimiento en esa casa de uno de los más ilustres hijos de Livorno.  En 1921 se fundó en esta ciudad el partido comunista más poderoso de Europa Occidental: el Partido Comunista Italiano. Pasear de madrugada por las rivas de sus canales, sus plazas y sus amplias avenidas es un ejercicio de aprendizaje de la melancolía, misteriosa afección que no tiene antídoto y que se reactiva cuando uno menos se lo espera.

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