La vida con los ojos de los nietos (II)

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A causa de un viaje a la provincia (léase Berlín) del que regresaré el lunes 19 ya bien entrada la tarde, el nuevo post de mi Diario recién lo subiré a este blog en la medianoche del sábado 24 al domingo 25. Y aunque podría decir como dicen los carteles de las obras públicas: PERDÓN POR LAS MOLESTIAS, prefiero ofrecerles los fragmentos de este diario en que hablé de mis nietos, a partir del nacimiento en enero 2010 del cuarto de ellos, Henri Jonas. Estoy seguro de que muchos de ustedes se lo van a pasar en grande con este recuento de recuerdos. Vale. Y sigue la coletánea.

 

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Después de almorzar en La Modicana, Carlitos me dejó a la puerta de la clínica donde antier dio a luz Montse. Y he pasado allí una hora con el niño y los padres. Mi regalo de Reyes: tener a Henri Jonas por primera vez en mis brazos, y acunarlo suavemente, cantándole pianísimo el «arroró mi niño, / arroró mi sol, / arroró pedazo / de mi corazón».

 

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Nieve en las calles, a pesar de que hoy ha salido el sol. Tomo el autobús para ir a lo de Montse, tan sólo he visto a Henri dos veces desde que nació, hace 44 días. Apenas llego, lo tomo en mis brazos y ya no lo suelto sino para almorzar una bullabesa que me descongela Montse mientras lo acuno a Henri, como hice con sus hermanos y con Vincent, cantándole muy suavecito, para no perturbar su sueño, el Moritat de Mackie Messer en Die Dreigroschenoper. Qué criatura tan adorable este niño, cuánto estoy deseando que comience a gatear, y luego a caminar, que será cuando empiece a pasar horas y días en nuestra casa, como los otros tres críos, rejuveneciendo  nuestras paredes, nuestro espacio, nuestra vida.

 

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Estoy desayunando, leyendo en el diario los últimos escándalos en el asunto del derrumbe del Archivo Histórico de Colonia (sería para reírse a mandíbula batiente si no fuera algo de mear y no echar gota), cuando me llama Montse preguntándome si puedo echarle una mano e ir un par de horas a su casa y hacerme cargo de Henri mientras ella se ducha y pone un poco de orden en el hogar. Le digo que salgo para allá en el próximo bus (no me atrevo con la bici, hay todavía mucho hielo en el camino), y en menos de 24 horas vuelvo a tener al crío en mis brazos. Es una bendición de los dioses sentir ese peso, ese olor, esa piel, esa respiración en la que sube y baja el pijamita blanco y azul a la altura de su corazoncito chiquito, y a veces se sonríe sin abrir los ojos mientras lo miro como hechizado por su presencia, y luego abre los ojos y le acerco a los labios la mamadera y sorbe, sorbe, sorbe, no deja ni un mm³ de leche, y lo levanto un poco para que eructe, y eructa, y después vuelve a cerrar los ojos y duerme como si ese fuera su oficio, su irrenunciable vocación. Henri de mi alma, qué dulcemente trabajas tú contra mi depresión…

 

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Con Henri, amoroso –que hoy cumplía dos meses–, he pasado media mañana, porque Montse tuvo que ir al centro a hacer unas gestiones. Eso sí, antes de irse, la sargento Montse me ordenó muy tajantemente que no se me ocurriera darle el biberón a su criatura antes de las 10.30 a.m. Pero Henri, angelote mío, se pasó todo el tiempo apoliyyyando (=dormir, el verbo más gráfico del lunfardo), así es que me vine de vuelta a casa con la pena de no haberle visto el color de los ojos. Exagero, claro está: alguna vez parpadeó, y yo estaba al loro.

 

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Un colombiano, mejor: un paisa, le cuenta a otro, ambos amigos y lectores míos: «Leyendo el diario de Ricardo Bada, uno se encuentra con su alegría ennietecida a cada renglón. Se le siente la felicidad cada [vez] que lo «encartan» con Henri. En cambio cuando habla de su salud, pareciera que lo único que lo abstiene de seguir el camino de José Asunción [Silva] es la falta del arma o de que el médico de cabecera, su amigo, le pinte el punto preciso bajo la tetilla». Lo sé, es medio esquizofrénico. Pero a mi diario no le miento, y las cosas están así, no hay más vueltas que darle. Y abro otro mail, esta vez es de Pepa, desde Huelva, y curiosamente también habla de mis nietos: «Leo tu Diario, y  sé de la benefactora ternura que te producen tus nietos. Son la vida ¿verdad?  No sabemos qué hay en ellos, pero nos sentimos revivir al lado de un bebé… En mi pueblo (¿te acuerdas? Villeneuve des Petites Chateaux) se dice que el aliento de los niños chicos huele a pan recién salido del horno. Adorable metáfora, sobre todo teniendo en cuenta el exquisito pan que se hace por aquellos pagos». Me río recordando lo de ese nombre francés del pueblo de Pepa. Y es que yo siempre defendí la tesis de que los carteros españoles, y el Correo español, se encontraban entre los mejores y más eficaces del mundo, y lo probé, por ejemplo, con las cartas y tarjetas que le escribía a mi gran amigo Ernesto, padre de Pepa y médico de Villanueva de los Castillejos. Y en la dirección, siempre:

Monsieur le Docteur

Ernesto Feria Jaldón

Rue El Mudo

Villeneuve des Petites Chateaux (Huelva)

Espagne

No se perdió ni una sola. Quod erat demonstrandum.

 

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Me llama Montse temprano en la mañana, que si puedo cuidar a Henri mañana por la tarde, «Sí», y que si hoy puedo echarle una mano durante una hora en que tiene que salir de compras, «Sí», le digo también. Y allá que me voy aunque el tiempo me falta por los cuatro costados, con la traducción del catálogo de una exposición sobre Wolf Vostell: un trabajo mercenario pero súper bien pagado, sólo que urgente, antes de fin de mes tiene que estar todo traducido, y no es poco ni fácil. Henri duerme la hora y media que su mamá está ausente y que yo me la paso mirándolo a él y al colgante PEACE en la ventana del saloncito que da a la calle. Sí, los hijos nuestros, la gente del 68, mamaron con la leche materna muchos conceptos tales como paz, solidaridad, tolerancia. Y ahora viene un monseñor arzobispo y nos culpa indirectamente de los desvíos sexuales de sus curas, la madre que lo parió. Estoy pensándolo cuando descubro sobre la mesa del comedor, tapado con papel de estaño, un bizcocho de chocolate que está diciendo mismamente “comedme”. No resisto la tentación y corto dos trocitos a lo largo. Cuando regresa Montse le confieso mi pecado y me mira sonriente: «Espero que Oskar no lo haya medido antes de irse a la escuela, lo vi con una cinta métrica». Y luego es ella quien me cuenta que Oskar, ayer, a la pregunta de si se había cepillado los dientes, «me contestó –dice Montse– la respuesta de las respuestas»: «Sí, y yo mismo puedo dar testimonio de que lo hice».

 

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Toda la mañana traduciendo, luego almuerzo temprano y siesta temprana, para a las 3.30 p.m.  salir a lo de Montse y hacerme cargo de Henri. Duerme cuando llego, y se despierta sobre las 4.30, diez minutos más tarde berrea hambriento y le doy el biberón, que sorbe como si le fuera la vida en ello, con ansia, con prisa, sin pausa. Trato de frenarlo intentando retirarle la tetilla de la mamadera, pero en vano, sorbe con más fuerza aún. El resultado es previsible. Al terminar la faena, de repente su cabecita se pone rojo salmonete (a la parrilla), se le inflan los carrillos y la mirada se le congela casi vidriosa. Le golpeo suavecito la espalda, y el estruendoso eructo va acompañado de un vómito que lo deja medio exhausto. Lo limpio y lo paseo arrullándolo por el comedor, la cocina, el saloncito, vigilado por los ojos recelosos de Meggie, a la que despertó el fragor del eructo. Luego, mi angelito se duerme arranado, entre sonrisas, y yo espero el regreso de Montse enfrascado en la lectura de las memorias de Marcos Ana: me las mandó Félix, que es buen amigo suyo, tanto que le sacó una dedicatoria personal que me enorgullece y obliga.

 

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Desde las 10.00 a.m. con Henri hasta el mediodía. Acaba de tomar el biberón, me aclara su mamá, «así que si lo paseas y lo meces un poco, se dormirá en seguida». Y el pobrecito mío parece que la hubiese oído. Lo paseo meciéndolo y cantándole suavecito el romance de ciego de Mackie Messer y otra canción de Brecht [«Der Mensch lebt durch den Kopf, / der Kopf reicht ihm nicht aus, / versuche es nur; von deinem Kopf / lebt höchstens eine Laus! (El ser humano vive gracias a su cabeza, pero su cabeza no le alcanza; inténtalo: ¡de tu cabeza apenas si puede vivir un piojo!)»], y un ratito después está mi Henri dormido y no sé yo si no debo de ir pensando ya en patentar mi método brechtiano de inducción al sueño infantil.

 

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Hace tanto calor –y ni siquiera es mediodía– que la espesa miel del bosque, la que uso para mis tés, fluye ahora como si fuese agua mineral. Henri, por su parte, suda como un bejino (así decía mi abuela Remedios, y no he conseguido desentrañar la etimología de esa palabra), pero desde luego es una bendición tenerlo en casa. Es tan criatura todavía: seis meses y una semana, aunque por el volumen ya podría ser un año y medio, o más. Qué corpachón  tiene Y acá andamos con él pasándonoslo el uno al otro a cada rato, hasta que nos cansamos de cargarlo, porque pesa el muy jodido, y lo dejamos en el suelo. Aún no gatea, pero ya se revuelve y echa mano a todo lo que esté a su alcance. Y los payasos Dinylova y Rikardoff boyan todo el tiempo a su alrededor inventando cualquier clase de morisquetas para hacerlo sonreír, porque Henri se sonríe con ganas y parece inundar de luz el lugar donde se halla, con esa sonrisa suya.

 

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Oskar, que ayer se ofreció a cocinar para nosotros, y hasta estuvo sofriendo papas salteadas, que le quedaron crocantitas y apetitosas, Oskar es, creo, el primero de mis nietos que ha entendido la función de la compu en mi vida: no es un juguete, como para él, su hermano mayor y su primo, sino una herramienta de trabajo. Hoy, cuando me vio preparándome el almuerzo (un carpaccio fresco del día, directamente de la carnicería, con aceite de oliva virgen y parmesano rallado), mientras Diny dormía su siesta, quiso saber si ahora, y hasta el final de mi propia siesta, podía sentarse a surfear con mi compu. Le dije que sí, y cuando pasé camino de la cama y descubrí que tenía abierta la ventana de youtube le pregunté si había visto y, sobre todo, oído alguna vez a una chica gringa de nombre Taylor Ware, cantando jodeln (los gorgoritos tiroleses) en un concurso de jóvenes talentos. Me dijo que no y le programé el video correspondiente. Se rió muchísimo. Luego, hace un rato, cuando estábamos cenando, y Diny mencionó que la semana próxima tendremos con nosotros a Paul, dejó caer como quien no quiere la cosa si sería posible que él regresara otra semanita con nosotros en agosto. Es la verdad: acá se siente en casa.

 

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Desde hoy tenemos a Paul con nosotros en casa, pero me temo que será por poco tiempo, pues él se las debe de prometer felices pensando que en la casa de los abuelos todo el monte es orégano, y lo que el pobrecito mío no sabe es que Montserrat, la sargento madre, nos ha rebajado a 0,0 la cuota de siembra de esa herbácea vivaz. Y así, Paul deberá estar en casa de vuelta al toque de queda, a las 9 p.m., ni un solo minuto más, tolerancia cero. Y como parece que Paul ya tiene una amiga, que Oskar es el único que sabe quién es (pero no revelaría su nombre ni en la hoguera de Torquemada), pues eso de las 9 p.m., llevado a rajatabla, pienso yo que lo de pasar el resto de la velada con dos de los tres más ancianos de la tribu, no le resultará compensación bastante a estar bajo el propio techo, en la propia habitación, etc. Veremos.

 

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Pasaron a despedirse Angie, Chico y Vincent, que salen de vacaciones por una semana a Frisia, a una granja, donde van a ser los primeros huéspedes que alojen en su vida unos campesinos que quieren agenciarse unos ingresos suplementarios. Se ha puesto de moda lo del turismo rural, y en este caso, además, la granja está muy cerca del Mar del Norte, así es que también podrán pasear por las marismas (no es una zona de playas). Después de la cena en común y una media hora con Vincent viendo un programa infantil en la tele, me puse a buscar hasta encontrar en mis archivos de papel los poemas de Brigitte que traduje allá por 1980, y los transcribí a pantalla, y las manos se me echaron a temblar mientras estaba copiando “Y si el poeta fuese”, e imaginaba a nuestra pobre amiga flotando inerte en la corriente del Danubio, el lugar que ha elegido para despedirse de este puto mundo: «Y si el poeta / fuese sólo como una piedra / brincando sobre las aguas. // Que alguien lanzó de modo que la piedra / no se hundiera enseguida». Brigitte

 

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Como todos los viernes, Diny estuvo en casa de Montse desde muy temprano en la mañana. Pero al regresar, alrededor de las 6 p.m., no vino sola, sino acompañada de Oskar, que pasará el fin de semana con nosotros. Abrazando a Oskar al llegar, conversando con él acerca del portátil que se ha traído para no tener que decomisar mi compu, viéndole cenar esos big macs made in Omas Country que se manda a bodega, me siento feliz, me siento como si tuviera un hijo que aún no se ha ido de la casa. Este niño me cambia todos los esquemas. Bendito sea.

 

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Montse llama para saber cuándo pueden pasar a recoger a Oskar. Convienen ella y Diny en que sea después de la cena. Comenta Oskar al enterarse: «Entonces cenemos lo más tarde posible».

 

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Amoroso Henri, se me cae la baba con él. Hoy, cuando llegué de regreso de Weiß, de trabajar comm’il faut con una compu comm’il faut, antes de entrar a la sala me saqué los tenis y me puse las chancletas forradas de Frank, en el guardarropas del vestíbulo. Cuando entré en la sala, Henri, en el suelo, gateó inmediatamente hacia mí, como ayer, y se me alegró el corazón al ver (creer) que me reconocía. Hasta que de un modo confuso advertí que lo que el pobrecito mío reconoce son las chancletas de Frank y piensa que ha regresado su papá. Esta es otra de las buenas cosas que se aprende como abuelo: a ser humilde.

 

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Hoy por la mañana estuvo Diny bañando a Henri, y cuando le llevé el albornoz para que lo sacase de la tina y lo tendiese sobre la cómoda de su ropita, para secarlo y vestirlo, le dijo al niño: «¿Ves, Henri?  Si fueras Paul, o si acaso Oskar, y hasta si fueras Vincent, tu abuelo estaría ahora al lado mío con la cámara sacándote una foto tras otra, pero a tí no te han tocado las vacas gordas». Y a decir verdad es que sentí muy avergonzado, porque es cierto. El número de fotos que se sacan a los hijos y a los nietos se encuentra en una proporción inversa a medida que crece el número de los mismos. Bestia estúpida el ser humano.

 

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Pasé antes de cenar por lo de Montse, para saludarla y saludar a los viajeros parisinos. Henri dormía en su cuna, arriba, ni siquiera lo vi. Tampoco a Paul, que no llegó de vuelta mientras estuve en la casa. Sí que pude darle un beso a Oskar, justo cuando su madre acababa de contarme y mostrarme el regalo que él había comprado para su hermanito Henri: un perro de peluche que le costó 29 euros en la tienda Disneyland de los Campos Elíseos. Y qué beso no le dí a esta criatura maravillosa que se gasta quién sabe cuánto de sus ahorros sólo para darle una alegría al peque de la familia. Oskar mío queridísimo, corazón de oroY pensar que unos científicos de Bonn dizque han descubierto que el altruismo se debe a un defecto genético

 

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Diny estuvo ayer repasando la pila de diarios acumulados en estas dos semanas de ausencia y me ha dejado recortado sobre el plato del desayuno un artículo donde se afirma que en este pais se producen al cabo del año unas 300.000 hospitalizaciones (de las que 25.000 terminan mortalmente) a causa de los cócteles de medicamentos que ingieren los enfermos. Luego, como compensación, cuando regresa de la compra, me cuenta que aprovechó para pasar por casa de Montse y me trae la maravillosa noticia de que Henri ¡¡toca la guitarra!!  Una guitarrita con una sola cuerda que le han regalado y con la que parece feliz, todo lo feliz que se puede ser a los once meses de edad e interpretando el más intuitivo Concierto de Aranjuez de toda la historia.

 

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Tuve que ir a la ciudad y al subir al bus en mi parada me encontré con Montserrat, que iba a Rodenkirchen. Me cuenta que Henri ya está diciendo rudimentariamente “Mamá” y “Papá”. Pero por la noche, cuando Diny regresa de la casa de Montse, donde es presencia fija todos los viernes, me entero de la primera hazaña verdadera de mi Henri en el mundo del conocimiento relacionado: “Mamá” y “Papá” son conquistas banales, apenas proceso de identificación de dos vocablos nominativos con dos personas. En cambio decir “bü” (contracción de “bügeln” al nivel verbal de un niño de un año y diez días), eso sí que tiene mérito. Henri, hoy, al ver llegar a su abuela Diny empezó a decir “bü, bü, bü”, relacionando su presencia con el hecho de que ella es la única persona en su casa a quien ha visto planchar [=bügeln].

 

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Me llama Montse diciéndome que como el día amaneció soleado quiere salir de compras con Henri, a Rodenkirchen, que si los acompaño. Y claro que sí. Me subo al bus en que vienen de Sürth y ya en el bus empiezo a jugar con Henri, y luego, cuando bajamos ante el ayuntamiento de R’kirchen me hago cargo del cochecito, es la primera vez que voy empujándolo, y Montse reflexiona que cuando nació Paul, y hasta su primer año, rara era la semana que no pasara un día con nosotros, incluyendo la pernocta, mientras que Henri, en todo un año, tan sólo ha dormido una vez en nuestra casa. Y sí, los tiempos lo cambian todo. Cuando Paul nació yo estaba todavía activo laboralmente, y mi gran alegría era si al volver a casa me encontraba con que nos habían traído al niño aunque ello me costara tener que devolver a las estanterías todos los libros que quedaban al alcance de sus manitas. Y entonces establezco una coincidencia de lo más rara. Lo mismo que Henri ahora dice “bü bü bü” (por bügeln=planchar), para identificar a Diny por la actividad que le ve desarrollar todos los viernes, el primer sustantivo que aprendió a decir Paul con un conocimiento relacionado fue Opa=abuelo pero no señalándome a mí, sino a un libro: me identificaba con ellos. La rara coincidencia es que bügeln y Bücher (=libros) comienzan por la misma sílaba. [Posdata dos horas más tarde : La cagué. Me falló la memoria. Como tendría que haberlo escrito es así: «el primer sustantivo que aprendió a decir Paul con un conocimiento relacionado fue Buch=libro, pero no señalando a un libro sino a mí : me identificaba con ellos»].

 

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Mediodía. Suena el teléfono, es Oskar. «Abuelo, estoy saliendo para allá». «¿Vienes para acá?» «Eso es». «Momentico, eso no lo podemos decidir tú y yo solos, tengo que consultarlo con tu abuela, que está hoy muy atareada». «Pásame a la abuela». Le llevo el teléfono a Diny, que anda en la cocina preparando el ágape con que obsequiará mañana tarde a sus compañeras del grupo de amnistía internacional. «Oskar, para ti». Al cabo de un par de minutos llega a mi despacho y me devuelve el teléfono sonriendo: «Viene para acáy con el boletín de notas de la escuela». Qué cabrón. Es como Hacienda. Viene para recaudar. La madre que lo parió. «¿Cuánto?» le pregunto a Diny. «Een tientje». “Een tientje” sería literalmente “un diezcito”, es como le decían en los Países Bajos al billete de 10 florines, sólo que en neerlandés se vuelven diminutivos hasta los gigantes de Swift. 10 euritos, pues, Oskar… ¡¡¡por puros 3+ y un solo 2–, ayyyy, los abuelos somos el colmo del relajamiento moral!!!

 

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Me cuenta Diny la última de Oskar. Se le acercó con cierto misterio y le preguntó: «Abuela, ¿tú me podrías conceder un crédito?» «¡¿Un crédito, yo a ti?! ¿Y para qué?» «Sí, tú a mí, sería para poderme comprar un buen disfraz de Carnaval, es que no quiero tocar mis ahorros» (Oskar está ahorrando a fin de comprarse una compu como la mía). Diny, tras una breve pausa: «Un crédito siempre hay que devolverlo con intereses». «De acuerdo, pero ¿me lo concedes?» Diny se lo ha concedido, claro está. Al tipo de interés normal en estos casos. Oskar querido, es impagable.

 

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Llega Diny de regreso de casa de Montse y me cuenta que estando en la cocina le oyó decir a Oskar, que andaba de canguro con Henri: «¡Ah, Henri, feliz tú que tienes toda la vida por delante!» Diny acudió de inmediato y le pregunta a Oskar: «¿Y tú?»  Oskar: «Yo ya tengo 11 años, abuela». Y sí, un mensaje  de Horacio en una botella invisible: «Eheu, fugaces!»

 

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Me lo cuenta Diny. Ayer por la tarde estuvo cuidando de los niños hasta medianoche, Montse & Frank fueron a una fiesta. Suena el teléfono en el living, abajo, Diny descuelga, se identifica («Hansen, donde la familia Ritter») y una voz masculina con acento “turco” le dice: «Me llamo Abdullah Biçaküğlu, soy miembro del consejo rector de la nueva mezquita de Colonia, y en el marco de un programa de difusión y entendimiento multicultural desearía invitarla a una visita guiada de las obras, para que las conozca». A Diny le pareció algo raro pero le dio las gracias, lamentó no estar interesada, y colgó. ¡Qué cabrón!  Quien la llamaba era Oskar, desde el otro teléfono, en el segundo piso de la casa. Lo malo es que Diny asegura que eso de las bromas telefónicas es algo ya engastado en los genes familiares por culpa del abuelo. ¿Si será verdad?  Me hace recordar los hermosos versos de José Manuel de Lara: «Y si el tiempo borrase hasta mi nombre, / ese día sabrás, hijo, que el hombre, / cuando deja su sangre, no se ha ido».

 

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Henri & Oskar en casa. Los quince meses de Henri son comestibles a besos. Ya había perdido la costumbre de tener críos tan chicos en casa [Vincent pronto cumplirá los ocho años], una de las experiencias más deliciosas y divertidas que la vida nos puede regalar. Y Oskar (a) Abdullah Biçaküğlu, el ilustre miembro del consejo director de la nueva mezquita de Colonia, es Oskar: irrepetible. Le guiño el ojo y le hablo en “turco”. Se ríe el muy cabrón.

 

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Durante las pasadas vacaciones en Cerdeña, un día Paul le preguntó a Frank que cuál era, de todas las ciudades que había conocido, la que más le gustó, y su buen padre le contestó que Lisboa. A lo cual su buena madre añadió que Madrid era también muy hermosa, y quiso saber por qué Paul preguntaba eso. A lo cual Paul respondió que los abuelos le prometieron llevárselo un día con ellos de viaje, y que en ese caso le gustaría que fuese a Madrid o Lisboa. Así me lo cuenta Diny, durante el desayuno, que se lo contaron la mañana de ayer, cuando estuvo en lo de ellos para devolverle a Oskar sus ahorros, custodiados acá en casa durante las vacaciones. Y se produjo el siguiente diálogo : Montse: «Tal vez lo mejor sería Madrid, porque al abuelo ya le cuesta caminar». Diny: «Hasta podría ser que no viajase con nosotros». Paul: «¡Ah, si el abuelo no viene con nosotros, entonces vamos a América [=USA]!» Diny: «¡Ahí no vuelvo yo a ir ni por todo el oro del mundo!» Oskar (en un aparte, a Diny:) «Abuela, ¿también puedo ir yo de viaje con vosotros?»  A todo esto, Henri seguía planchando («bü bü») una camisa del padre.

 

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Paul cumple años. 14. Nos reunimos con él en su casa, para festejar. Pero es con Henri con quien más festejamos. Con sus adorables 16 meses. Cuando llega Oskar me siento a su lado para ver un programa de Star Wars. Al rato le digo que me parece una cosa muy extraña, todo transcurre en un paisaje donde no se ve ni un solo árbol, la gente que actúa no acude nunca a un partido de fútbol, y además se la pasan peleando sin descanso, no hacen ni la más mínima pausa para comer un sandwich. Desconcertado por mis argumentos, desconecta el programa y pone un DVD que sí me divierte, El diario de Greg, y compartimos diversión mientras Montse les cuenta a Diny y a Rebeca, muerta de la risa, que convencí a Oskar de que cambie de programa diciéndole algo tan elemental como que los guerreros de Star Wars no hacen una pausa para comer un sandwich.

 

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Montse llama a Diny a las 8 a.m. y Henri debe poseer un sexto sentido que le avisa de que su madre está hablando con su abuela, porque inmediatamente empieza a gritar «Bü! Bü!» hasta conseguir que Montse le pase el teléfono y él le pueda decir a Diny, de ese modo concentrado, que está planchando [=bügeln], y Diny le asegure, muy formal, que el viernes irá ella a hacerle compañía en esa tarea de tanta responsabilidad para el buen gobierno de la república. Bü bü

 

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Llama Oskar para disculparse de que no podrá venir este miércoles porque se ha citado con un amigo. Me sale la voz triste cuando le digo que la abuela y yo estaremos inconsolables al saber que no vendrá hoy. Él lo interpreta como que hago teatro, que es un chiste mío. Lo que no sabrá nunca es que al menos por lo que a mí respecta se lo he dicho completamente en serio. Y triste.

 

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Diny, la enamorada de Henri. Llegó hace cinco minutos a despedirse de mí antes de acostarse, se quedó mirando la foto del niño que tengo exactamente enfrente de mis ojos y el rostro se le iluminó: «¿No es verdad que Henri es una bendición del Cielo?  Esa sonrisa, esa receptividad, esa simpatía»  Le tendí un pañuelo y me miró interrogativa. «Para la baba», le expliqué. Se fue enfurruñada y tuve que levantarme e ir a pedirle perdón. Y asegurarle que tiene más razón que un santo, como decía mi abuela Remedios, que era una sabia.

 

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Oskar viene derecho de la escuela a nuestra casa, esta noche duerme acá. Le preparo el almuerzo y comemos juntos. Él su pasta rociada de jugo Maggi, yo mis langostinos con salsa holandesa. Le invito a que los pruebe. Trabajos de amor perdidos, ninguno de mis nietos (aunque habrá que ver Henri, todavía tan crío) ha heredado mis genes gustativos, al contrario que mis hijas, sobre todo la Rebecota, ella podría vivir a base de boquerones, almejas y choco frito. Y pan.

 

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Oskar en casa, se vino derecho de la escuela acá. No quiere que le cocine pasta, no tiene hambre, sólo quiere comer una tostada, pero resulta que nada más quedan dos rebanadas de pan que no es de molde y que, además, por mor del inesperado calor, ya se dañaron. Dice que si le puedo cocer un huevo. Y sí, le ofrezco un huevo en copa, a ver si logro arrimarle algún refinamiento gastronómico, sobre todo pensando que nuestros egg coddlers de Royal Worcester son una preciosidad de las que se meten por los ojos abriendo al apetito nada más verlas. Pero trabajos de amor perdidos. Mis nietos se niegan a la cultura culinaria. Banausen! [=¡Filisteos!]

 

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Oskar en casa, desde que salió de la escuela, y como mañana (Corpus Christi) es día de fiesta en Renania, tan católica de labios afuera, desde que llegó a casa anunció que esta noche no se iba a acostar antes de las 11, porque mañana se puede quedar en la cama hasta que se le canten las bolas. No lo dijo así, claro. Pero lo podría haber dicho así, de conocer la expresión. Se me ocurre que un aspecto importante de su felicidad debe consistir en eso: vivir con los abuelos, y el día siguiente, festivo. Acaba de darme un beso y despedirse de mí (son las 11.11 p.m.) para irse al catre. Adoro a esta criatura. Es algo así como un cuarto hijo que me dio la vida en su persona. Siento los ojos húmedos y no, no es de tanto fijarlos en la pantalla

 

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Henri en casa desde las 8.30 a.m. Qué delicia verlo como un explorador recorriendo nuevos territorios. Y a trancas y barrancas, entre sus visitas a mi despacho para controlar que sigue la luz prendida (a pesar de que hace sol y no la necesito, pero él goza viéndola lucir sobre mi testa) y/o para comunicarme mensajes tan secretos que no me atrevo a confesarle que desconozco la clave en que me habla, a trancas y barrancas termino de contestar casi todos los casi 200 mails que acá llegaron durante mi ausencia, y de transcribir a pantalla las notas de mi cuadernito durante esos cinco días.

 

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Luego vendrá Oskar y tengo que tener una larga plática con él, acerca de la compu que se quiere comprar. Vamos a ver si lo convenzo de que no sea una como la mía, con pantalla panorámica, según dice Montse que él quiere, sino que sea una portátil, hay una oferta buenísima en Aldi.

[No necesité convencerlo, él quiere una portátil como la de Diny, su mamá está pues bastante atrasada en información filial. El problema es que el padre ha hecho depender la compra de las notas que saque en la escuela. Le pregunto qué tal chance hay de que sí pueda comprarla, y me dice que buenas. Lo que me jode del asunto es que a lo peor, cuando tenga su compu propia, nos deje de visitar un día a la semana, esos días que son ahora los rayos de sol en mi vida].

 

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Montse llama a ver si está Diny para saber si guarda algunas hombreras de aquellas que estaban de moda en los ochenta, porque mañana va con Frank a un baile de disfraces en el ambiente de aquellos años. Diny no está pero, le digo, con lo hormiguita que es tu madre, me apuesto mi única corbata de Armani a que sí conserva algunas. Aprovecha Montse entonces para contarme la gran novedad. A Paul lo vino a visitar una amiga, y los dos le pidieron permiso para sacar a pasear a Henri en el cochecito, hasta el Rhin. Me quedo sin habla. Luego, al recuperarla, le suplico que haga una foto de semejante momento histórico: ¡Paul empujando el cochecito!

 

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Oskar en casa. Está almorzando mientras yo rallo queso parmesano para la minestrone que se anda calentando en el fogón. «Oskar, si sacas buenas notas este año en la escuela, ¿tu padre te autorizará por fin que compres la compu?» «Ya está autorizado, sacaré un promedio 2 [la nota mejor es el 1]». «Y cuando la tengas, la compu, ¿ya no vendrás más acá los miércoles?» «Claro que seguiré viniendo». «¿Seguro?» «Seguro». «¿Y por qué?» «Porque yo no vengo aquí sólo por la compu de la abuela» «¿Sino?» «También para estar con vosotros.» «Gracias, hijo». Adoro a este niño; tenerlo en casa es como tener un rayo de sol, la ilumina con su presencia.

 

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Hoy, en el diario, por la mañana, mientras desayuno, en la página de chismografía leo una cita divina de una de mis actrices predilectísimas, la Susan Sarandon, ya de 64 años: «¡Me alegra malcriar a mis nietos! A escondidas haré con ellos todo lo que los padres les tengan prohibido». ¡Susan, colega, choca esos cinco! 

 

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Comida familiar en el bistró del Velderhof en Pulheim, con vistas al campo de golf. Estamos al completo, ocho adultos, tres nietos mayores, y Henri presidiendo una cabecera de la mesa, con Frank y conmigo flanqueándolo. Qué crío adorable. Y la cocina hace honor a su fama. Además hubo suerte con el vino, tenían en la carta un Rueda Verdejo, que es el blanco que prefiere Diny, y entre ella y yo (y un poco Frank) nos mandamos a bodega una botella, y todo fue semejante a como en el poema “En la plaza”, que es el mío predilecto de Aleixandre: «No te busques en el espejo, / en un extinto diálogo en que no te oyes. / Baja, baja despacio y búscate entre los otros. / Allí están todos, y tú entre ellos. / Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete». Y afuera, la lluvia.

 

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Llega Oskar para pasar con nosotros dos semanas de sus vacaciones escolares. Es una alegría muy grande para mí, especialmente en un día como el de hoy. Vamos a ver qué programa cultural le tiene organizado la abuela, porque es evidente que no se puede pasar todos y cada uno de los quince días delante de la compu.

 

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Esperando la llegada de Henri, que sube la escalera con la abuela, Oskar se me puso al lado y se empinó en las puntas de sus piés para decirme: «Ya soy más alto que tú». Qué cabrón. Luego es un espectáculo de los más lindos, verlo pasear por el apartamento con Henri en brazos, se nota a la legua que los dos se quieren mucho. Lo pienso al mirarlos mientras me miran sonrientes desde la puerta de mi cuarto, recién al acabar de leer “Una Universidad no es una iglesia”, la columna de Diego Aristizábal, siempre tan convincente. Cuando se van Oskar y Henri, camino de otras aventuras domésticas, le envío a Diego un e-mail premeditadamente lacónico: «Un país (y/o una institución) anda realmente mal cuando es necesario escribir tamaña evidencia».

 

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Vino Frank para llevarse a Henri, pero mañana lo tendremos de nuevo con nosotros, mientras ponen punto final a la tarea de la reforma de su casa. Y ya Oskar me arrancó la promesa de que también mañana iremos a la heladería, los tres (Henri, él y yo) y después al jardín de recreo de los niños, junto al cementerio. Hoy pasamos allá ± una hora por la tarde, y fue de nuevo una sensación de dulce desgarro regresar a casa atravesando por entre las tumbas, tanta muerte abajo y tanta vida arriba, las de estas dos criaturas maravillosas, únicas. Y yo empujando el cochecito.

 

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El juguete preferido de Henri en esta casa es el viejo teléfono que está junto a la pantalla de mi compu, directamente en la esquina de la mesa, a unos pocos centímetros del dintel de la puerta. Llega, me mira, sonríe de esa manera desarmante que tiene y que lo vuelve comestible a besos, alarga la mano, descuelga, se lleva el auricular a la oreja, dice «Mama», y en vista de que no le contesta Montse, cuelga y se va. Y al rato, igual, Y no me canso nunca de ver este espectáculo del que suelo ser el único espectador. Criatura tan querida. Sobre todo porque es evidente que no quiere hablar con la madre por echarla de menos, sino para platicarle lo bien que se lo está pasando con Oskar y los abuelos. Es el rey de la casa.

 

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Voy con Oskar al centro, tiene que hacer el cambio de una compra, un CDRom defectuoso, y me ofrecí a acompañarlo, a ver si de camino, en Saturn, compro de una maldita vez el regalo para Graciela. Tanto en el tranvía como en la zona peatonal estoy un par de veces tentado de explicarle –con ejemplos a la vista– cómo hay mujeres que no entienden que con esos culos y esas piernas no deberían salir a la calle en hot pants, porque se convierten en insultos móviles a la Estética. Me contengo todas las veces. Y después de hacer el cambio del CCRom decidimos regresar a casa, él porque quiere instalar inmediatamente su nuevo juego en la compu de Diny, yo porque no soporto un minuto más en un medio urbano, me falta el aire, me asfixio, andando entre la masa empiezo a sentir todos los síntomas característicos de un ataque de claustrofobia.

 

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Cumpleaños de Diny, y la familia al pleno en casa, menos Rebeca, que no pudo tomarse libre en su trabajo. Café y una tarta de ciruelas horneada por Montserrat y que estaba de chuparse los dedos, hasta yo, que no soy tartófilo. Pero la estrella de la tarde no ha sido la tarta, sino Henri primero, y Paul después. Henri nos ha divertido hasta desternillarnos de risa, especialmente pronunciando a su manera la palabra “aspiradora”, “Staubsauger” en alemán, que en su versión se oía algo así como “Chtapsuaga”. Y luego, en algún momento, a Paul se le escapó el siguiente exabrupto dirigido a su madre, en relación con no sé qué discordia que tienen entre ellos, sus padres con él: «Lo que pasa es que ustedes son unos burgueses que no nos entienden a la gente joven, que pensamos de otra manera». A lo cual yo solté unas carcajadas homéricas que todos asumieron como prueba inequívoca de mi locura galopante, hasta que me pude calmar y le dije a Paul: «Gracias, hijo, ¡qué dulce es la venganza!  Esas mismas palabras nos las dijo tu madre a tu abuela y a mí, hace unos treinta años, en esta misma sala». Se quedaron muy pensativos, madre e hijo, y yo me vine a mi cuarto, como penitencia: tendría que haber omitido lo de la venganza.

 

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Durante la cena, Oskar anuncia que mañana volverá a casa de sus padres, porque se ha citado con un amigo de la secundaria, que ahora vive en Wesseling y vendrá expresamente a visitarlo. Al ver mi cara de desilusión, me consuela diciéndome que regresará aquí el domingo para el almuerzo familiar por el cumpleaños de Diny y se quedará a dormir esa noche en casa, para ir al día siguiente al cine con la abuela. Estoy tan hecho a su presencia entre nosotros que me invade una gran tristeza al saber que se nos va. Pero es ley de vida, no puedo entrañarme tanto con alguien que sé que pertenece a otro círculo, por muy cercano que ese círculo me resulte. Para terminar de rematar este día de mierda, la tormenta y la lluvia no cesan desde hace horas. Menos mal que el intervalo entre los rayos y los truenos me tranquiliza, la computadora está a salvo.

 

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Llama Oskar, que esta noche viajará con su padre, en tren, a Basilea, y desde allá regresarán los dos en bici, siguiendo todo el tiempo el camino de sirga del Rhin. La distancia en línea recta son 379 km, y la real, por la orilla del río, 494. Esperan estar de vuelta el sábado. Pero la llamada de Oskar tiene que ver con que ha perdido su iPod y cree que ha sido acá, en casa. La abuela pone el piso patas arriba, sin encontrarlo. Oskar aparece al rato, para contribuir al desbarajuste, y se va muy triste. Sólo para mí es una alegría porque así tuve la posibilidad de darle un beso de despedida.

 

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Paul ha regresado del viaje a Holanda con su grupo juvenil de la escuela. No ha traído nada más que un regalo, un colgante de llavero para Diny, con esta leyenda en neerlandés: LA ABUELA ES LO MEJOR. Y Frank y Oskar han llegado ya con sus bicis a Espira, aunque según parece no terminarán el resto de trayecto pedaleando, sino que embarcarán en un crucero, en Maguncia, y bajarán por el río hasta Wesseling, a un par de km de casa. Lo sabíamos de antemano: 494 km son demasiado para un chico de once años. Pero bueno, jamás podrán echarle en cara que no lo intentó. Grande mi Oskar, coño, si fuera español dirían de él que es “un chicarrón del Norte”.

 

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Dos grandes alegrías hoy. La primera, enterarme de que Oskar regresó anoche a casa con Frank, e hicieron en la bici casi 400 km de los 494 de la distancia Basilea-Colonia; recién en Maguncia subieron al tren, hasta Coblenza, y luego en Remagen, hasta Colonia Sur, desde donde sin parar, por la orilla del Rhin y a toda pastilla, pedalearon hasta Sürth; estoy súper orgulloso de él. Y la segunda es que hoy subió a la página de Nexos mi primera columna Twitter’s Digest. Cheers!

 

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Diny recibe (le toca su turno) la visita de su grupo ecologista, y la costumbre es que la anfitriona lo agasaje con un brunch. Ergo, el marido debe partir al exilio. El país Montserrat me concedió derecho de asilo a cambio de ocuparme hasta el mediodía con un ciudadano suyo de 19 meses que responde al nombre de Henri [de segundo nombre Jonas, como el de la ballena]. De modo que allá que fui. Encontreme además con un ciudadano de 14 años, enfermo simultáneo de una otitis y de una conjuntivitis al gliso derecho, y que responde al nombre de Paul. Arribó al poco, procedente de la institución lectiva donde lo liman y pulen, otro ciudadano montserratiano, de 12 años, de nombre Oskar, que saludome a la manera esquimal, refregándome la nariz contra la indefensa mejilla. Y la verdad es que me lo pasé en grande en ese exilio, máxime que el país anfitrión obsequiome con baguette recién salida del horno y una guarnición de trucha ahumada. Alabado sea el santísimo sacramento del altar. (¡Y esas sonrisas y risas de Henri, por todos los dioses, son algo tan indescriptiblemente hermoso y reconfortante!, ¡qué bendición para todos es esta criatura que parece un rayo de sol barzoneando por toda la casa!)

 

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