`La vida de las mujeres´

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Leí varios libros de Alice Munro últimamente, y descubrí que la diferencia en el placer que me proporcionaron puede residir en la traducción. No es sorprendente, claro, aunque pocas veces lo he sentido tan claro. Por ejemplo, Amistad de juventud trasluce torpeza, obstáculos; constantemente te obliga a preguntarte qué diría el original cuando el sentido no está claro-. Y muchas veces entiendes el sentido pero el lenguaje es redundante, incómodo. Sin embargo es un libro ambicioso, como seguramente todos los suyos: te presenta todo el mundo físico, exterior, y también los personalísimos mundos interiores de sus personajes.

 

Me impactó, en los tres que he leído hasta ahora, el descubrimiento de Canadá como un país inmerso en ese quehacer doloroso y contradictorio: etnias y religiones variopintas tratando de acomodarse al telón de fondo británico, en una naturaleza no precisamente idílica que lo condiciona todo. Es cualquier cosa menos autocomplaciente. Si no tuviera la horrible costumbre de no apuntar lo que me llama la atención (y en cambio limitarme a doblar las páginas), hoy les hubiera traído algunos ejemplos para que vieran que no soy demasiado injusta. Hay que ser más exigente con las traducciones y pagarlas mejor.

 

Sin embargo, La vida de las mujeres discurre suave mientras lees sin preguntarte qué diablos quiere decir esto, y la cosa es que es un libro magnífico, se te queda dentro con más huella que el otro, sencillamente porque la versión a tu lengua ha cumplido su misión, transmitir y significar. La sinceridad a veces descarnada con la que Del, la protagonista, refleja su mundo, en especial a su madre, y su crecimiento en ese mundo que siente estrecho y mediocre, nos desvela de pronto cosas latentes, que no sabemos pero sí sabemos que están ahí:

 

Del se resiste a acompañar a su madre al velatorio de un familiar y la madre insiste:

 

“Nadie quiere –dijo ella con franqueza- a nadie le gusta ir. Pero tienes que hacerlo. Has de aprender a afrontar las cosas algún día


No me gustó cómo lo dijo. Su brusquedad y su celo me parecieron falsos y ramplones. No me fiaba de ella. Siempre que la gente te dice que tendrás que afrontar algo algún día y te empuja con toda naturalidad hacia el dolor, la obscenidad o la revelación indeseada que te acecha, en sus voces hay una nota de traición, un frío y mal disimulado júbilo, algo ávido de tu dolor. Sí, en los padres también; en los padres sobre todo.”

 

Y a vueltas con su madre, la adolescente Del lo tiene tan claro que deslumbra:

 

“Creía que era idiota y sin embargo la admiraba frenéticamente, y le agradecía cada pequeña palabra incolora que me arrojaba. Ella alcanzaba una cota de ornamentalidad femenina, de artificialidad perfecta, que yo ni siquiera había sabido que existía; al verla comprendí que yo nunca sería guapa.”

 

Los dos libros están en Debolsillo.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.