La vida es sueño… o no

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Una de las consecuencias que más me molesta del insomnio es aquella que dice que engordas. Hombre, si al menos me diera algún paseo a la nevera, cosa que no… Me hacéis coincidir con Emilia Landaluce que preferiría, entonces, que me llamaran puta a que me digan que he engordado. Lean, lean Las dietas y la libertad, de Landaluce. Siempre es mejor que te pillen arreglada y con tipín, como Concha Velasco que confesaba que seguía pintándose los labios para irse a dormir. Y mejor engancharte al dolce farniente con glamur que no a la teletienda, Concha. José Luis Garci no me soluciona el tema tampoco: «Te levantas y te sirves una copa». ¡Error, aquí ya engordas! «Y te pones Fort Apache,  de John Ford», vale, ahora sí, o Tú y yo, donde Deborah Kerr y Cary Grant quedaron en alcanzar el séptimo cielo, «pero sobre todo quedaron en no irse a la cama». Con affaires así, demorando entre tus brazos a Cary Grant, a cualquiera no le entra insomnio. Para Dickens sería pan comido lo del Empire State, total, un paseo aquí más lejos que otro qué más da, después de las caminatas que se entonaba cada madrugada por Londres para alcanzar el buen dormir. Eso si no te pilla en plena pandemia y con toque de queda. A Dickens me habría gustado verlo sorteando las multas que te arreaba el policía nocturno.

Al cabo de una hora entre sábanas, comprendo que la tarea no será fácil una noche más y me pasa como en el dentista cuando me dice «ahora no te muevas ni tragues» y justo te tragas el agua que sale y aspira el irrigador, que de noche me pongo a pensar en las cosas que me quitan el sueño ¡tenía que haber puesto la lavadora a las tres de la madrugada! El ensayo de David Jiménez es un libro, de eso que llaman ahora, espejo. Un libro que parece que te lee y en el que te reconoces a la vez que lo lees. Entre lo complejo y divertido. Con un sentido del humor que aparta la condescendencia y gravedad del momento y repleto de un lenguaje esculpido, con referencias sensatas muy alejadas de la impostura que domina hoy en día.

Como de alguna manera trabajamos con el lugar común de la experiencia, al igual que David Jiménez aporta la posibilidad de tácticas y establece un relato único que respira verdad, pienso en hacer como María Dolores Pradera, que se cantaba nanas a sí misma hasta que se quedaba dormida. Claro que ella jugaba con ventaja, cantaba como los ángeles. Fernando Fernán Gómez, sin embargo, conciliaba el sueño recitando por orden cronológico las películas que había rodado. Cuando llegaba a Ana y los lobos, que no a las ovejitas, se solía quedar dormido, aseguraba. A propósito de esa imagen matrimonial, no se pierdan el humor de David hablando de su pareja durmiendo plácidamente a su lado. Asistimos a su cotidianidad nocturna como quien asiste a la nueva de Woody Allen.

No lo voy a negar, a una le embarga también una profunda frustración cuando lo comento al día siguiente en el desayuno o cuando giro la cabeza y mi pareja duerme como un tronco. «¿Tú también eres de la hermandad?», te pregunta, ¡cómo cantan estas ojeras que luzco, ni Leonor Watling!, pienso. La cara es el espejo del insomnio. Antes de dormir nada de leer móvil ni contestar mails… Estimulada por los consejos me monto mi particular atril con uno de los almohadones, pero la novela que prometía hacerme soñar cuando la saqué de la biblioteca se desvanece en su trama tras sólo 20 páginas y me asaltan las preguntas ¡sobre todo quién me mandaría hacer caso al suplemento cultural! ¡Se hace presencia la hiperactividad mental!  ¡caray, mi mente ya es una pista de coches de choque! Si ya lo decía Cervantes sobre Alonso Quijano, «del mucho leer, y el poco dormir se le secó el cerebro, de tal manera que vino a perder el juicio». En ese desierto de almohada que escribió Plath, el autor se pregunta «¿Qué pasaría si no nos importara dormir?» y me acojo al tópico, mal de muchos … entre ellos escritores y otra gentes del mundanal socialité ruido cuando asegura que «el mal dormir simplemente ocurre. No es un castigo divino, es lo que te ha tocado». Porque el autor diferencia entre el mal dormir y el maldurmiente que padece el insomnio con los ojos como los búhos (de ahí el subtítulo, «sobre el sueño, la vigilia y el cansancio»). Y lo agradezco tras leer lo de San Pablo a los tesalonicenses «no nos entreguemos al sueño como los demás, sino estemos en vela», ¡quién me mandaría a mí ser tan obediente y tan aplicada!

En definitiva, con un estilo ágil, desenfadado, a pesar de los rigores del género ensayístico, David Jiménez muestra un estilo narrativo hábil y juicioso, que ya conocíamos por sus artículos en prensa, y un marcado arte para el ingenio y el humor. Un libro para descubrir a los que duermen bien que hay un mundo insomne ahí fuera y a los que lo padecen para que sepan que no están solos. El verbo distendido sirve para modelar un presente lleno de experiencias relativamente comunes y un futuro (dado que esto ya no tiene arreglo) incómodo a la hora de meternos en la cama cuando queremos dejarnos llevar en brazos de Morfeo.

Si sirve de algo, si usted se encuentra en esas noches de desasosiego, esas noches eternas, ¡fuera pastillas! echen mano de Schubert y su Viaje en invierno

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